Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Noche barroca en Cantabria: el sueño del caballero


Un atardecer de agosto en la costa oriental de Cantabria. En el santuario de la Virgen de Latas, en Loredo, una virgen gótica, de tantas que jalonan el camino de Santiago a través del litoral cantábrico, y un delicado retablo barroco presiden uno de los muchos recitales, en este caso de arpa con autores del siglo XVII, que forman parte del internacionalmente acreditado festival de música de Santander. El municipio de Ribamontán al mar, al que pertenece Loredo, presenta en la dispersión de sus barrios algunos discretos carteles informadores de esta actividad musical. En ellos llama poderosamente la atención el título genérico que da nombre al concierto: El sueño del caballero. Un título que está, sin duda, pensado para que lo asociemos al lienzo pintado por Antonio de Pereda hacia 1670, y que puede contemplarse en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Es una de esas pinturas alegóricas en las que un joven y apuesto caballero se ha quedado dormido junto a una mesa en la que se agolpan objetos de toda condición. Hay allí joyas y dinero, naipes y armas, pero también un reloj, una vela apagada, una calavera, una máscara de teatro... No pasaría de ser un variopinto y a la vez extraño bodegón, si no viéramos también al lado a un ángel que despliega un mensaje en latín, que en castellano sonaría así: La fama de las grandes hazañas se desvanecerá en un sueño.

¿Un mensaje sombrío y pesimista? No me lo parece al contemplar el cuadro, ni tampoco al escuchar las notas del arpa barroca en una iglesia de Cantabria. No, el Barroco no me infunde pavor; y no creo en ese tópico al uso de que estamos ante una época tenebrista, en la que se debía amar la muerte más que la vida. Las armonías desplegadas por la música del arpa, o la profunda minuciosidad en el tratamiento de los objetos en el lienzo de Pereda, no me llevan a creer que aquellas gentes prefirieran morir antes que vivir. Tampoco doy por sentado que aquel tiempo era un mundo de sueños, locuras y muerte; un mundo de fingimientos y apariencias, de teatralidad e hipocresía. Sin embargo, encontraremos no pocos los lingüistas o los historiadores del arte que sentenciarán ante El sueño del caballero: era aquella una época en la que los hombres tenían fe en la religión, pero no razón para la vida; en que no ofrecían explicaciones sino que se limitaban a ofrecer consuelos sobrenaturales. Vistas así las cosas, esos estudiosos suscribirán en el sentido más riguroso y desconsolador de la expresión que la gente del Barroco creía que el mundo es un escenario, tal y como afirmaran Shakespeare y Calderón. Y no será tampoco extraño que los expertos piensen que hay un dios del Barroco, más parecido a un Saturno devorador del tiempo que a Cristo, que es un mero espectador privilegiado de la representación, que no interviene en absoluto en ese teatro del mundo. Terminada la escena, las máscaras se desvanecerán en la nada. ¿No hay una máscara en El sueño del caballero? Si es verdad que dónde hay máscaras, hay hipocresía, la sentencia condenatoria de la cultura barroca ha sido emitida y es inapelable.

Mas El sueño del caballero no es una ilustración de un relato “gótico”, en la línea de los popularizados por los escritores anglosajones del XIX. Creerlo así es pura superficialidad, sino que debemos entenderlo como una advertencia, un consejo dirigido a jóvenes o a viejos, a quienes son creyentes y a los que no lo son; algo que se resume en esta frase: es preferible ser a tener. De otro modo, la carrera del joven caballero del XVII está destinada a convertirse en mero sueño o ilusión fugaz, si sólo se afana por las cosas materiales. La mesa, repleta y desordenada, está llena de bagatelas de usos múltiples, muchos de ellos inútiles tras un breve transcurrir del tiempo. El lienzo es un alegato contra los caprichos del ser humano; es un modo peculiar de esa época de fustigar lo que más tarde se llamaría la “feria de las vanidades”.

El cuadro, y la música barroca de este arpa que lo toma como pretexto, son expresión de una belleza, la del Barroco, que hunde sus raíces en lo sagrado. Nos recuerdan, aunque algunos afirmen lo contrario, que no es cierto que los seres humanos no tenemos elección, que no somos libres y que no vivimos en una cáscara flotante que se despeña por abismos de la nada. Pero esa belleza no es exclusivamente barroca. Detrás de ella, está el legado secular de Atenas, Jerusalén y Roma. Legado de una Europa viva en el escéptico e incierto tiempo presente.

Antonio R. Rubio Plo.

 

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