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Noche barroca en Cantabria: el sueño del caballero
Un atardecer de agosto en la costa oriental de Cantabria. En el
santuario de la Virgen de Latas, en Loredo, una virgen gótica, de tantas
que jalonan el camino de Santiago a través del litoral cantábrico, y un
delicado retablo barroco presiden uno de los muchos recitales, en este
caso de arpa con autores del siglo XVII, que forman parte del
internacionalmente acreditado festival de música de Santander. El
municipio de Ribamontán al mar, al que pertenece Loredo, presenta en la
dispersión de sus barrios algunos discretos carteles informadores de
esta actividad musical. En ellos llama poderosamente la atención el
título genérico que da nombre al concierto: El sueño del caballero.
Un título que está, sin duda, pensado para que lo asociemos al lienzo
pintado por Antonio de Pereda hacia 1670, y que puede contemplarse en la
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Es una de esas pinturas
alegóricas en las que un joven y apuesto caballero se ha quedado dormido
junto a una mesa en la que se agolpan objetos de toda condición. Hay
allí joyas y dinero, naipes y armas, pero también un reloj, una vela
apagada, una calavera, una máscara de teatro... No pasaría de ser un
variopinto y a la vez extraño bodegón, si no viéramos también al lado a
un ángel que despliega un mensaje en latín, que en castellano sonaría
así: La fama de las grandes hazañas se desvanecerá en un sueño.
¿Un mensaje sombrío y pesimista? No me lo parece al contemplar el
cuadro, ni tampoco al escuchar las notas del arpa barroca en una iglesia
de Cantabria. No, el Barroco no me infunde pavor; y no creo en ese
tópico al uso de que estamos ante una época tenebrista, en la que se
debía amar la muerte más que la vida. Las armonías desplegadas por la
música del arpa, o la profunda minuciosidad en el tratamiento de los
objetos en el lienzo de Pereda, no me llevan a creer que aquellas gentes
prefirieran morir antes que vivir. Tampoco doy por sentado que aquel
tiempo era un mundo de sueños, locuras y muerte; un mundo de
fingimientos y apariencias, de teatralidad e hipocresía. Sin embargo,
encontraremos no pocos los lingüistas o los historiadores del arte que
sentenciarán ante El sueño del caballero: era aquella una época en la
que los hombres tenían fe en la religión, pero no razón para la vida; en
que no ofrecían explicaciones sino que se limitaban a ofrecer consuelos
sobrenaturales. Vistas así las cosas, esos estudiosos suscribirán en el
sentido más riguroso y desconsolador de la expresión que la gente del
Barroco creía que el mundo es un escenario, tal y como afirmaran
Shakespeare y Calderón. Y no será tampoco extraño que los expertos
piensen que hay un dios del Barroco, más parecido a un Saturno devorador
del tiempo que a Cristo, que es un mero espectador privilegiado de la
representación, que no interviene en absoluto en ese teatro del mundo.
Terminada la escena, las máscaras se desvanecerán en la nada. ¿No hay
una máscara en El sueño del caballero? Si es verdad que dónde hay
máscaras, hay hipocresía, la sentencia condenatoria de la cultura
barroca ha sido emitida y es inapelable.
Mas El sueño del caballero no es una ilustración de un relato
“gótico”, en la línea de los popularizados por los escritores
anglosajones del XIX. Creerlo así es pura superficialidad, sino que
debemos entenderlo como una advertencia, un consejo dirigido a jóvenes o
a viejos, a quienes son creyentes y a los que no lo son; algo que se
resume en esta frase: es preferible ser a tener. De otro modo, la
carrera del joven caballero del XVII está destinada a convertirse en
mero sueño o ilusión fugaz, si sólo se afana por las cosas materiales.
La mesa, repleta y desordenada, está llena de bagatelas de usos
múltiples, muchos de ellos inútiles tras un breve transcurrir del
tiempo. El lienzo es un alegato contra los caprichos del ser humano; es
un modo peculiar de esa época de fustigar lo que más tarde se llamaría
la “feria de las vanidades”.
El cuadro, y la música barroca de este arpa que lo toma como pretexto,
son expresión de una belleza, la del Barroco, que hunde sus raíces en lo
sagrado. Nos recuerdan, aunque algunos afirmen lo contrario, que no es
cierto que los seres humanos no tenemos elección, que no somos libres y
que no vivimos en una cáscara flotante que se despeña por abismos de la
nada. Pero esa belleza no es exclusivamente barroca. Detrás de ella,
está el legado secular de Atenas, Jerusalén y Roma. Legado de una Europa
viva en el escéptico e incierto tiempo presente.
Antonio
R. Rubio Plo.
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