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Reflexiones desde la Alhambra:
Mitos orientales y dioses solitarios
De muy pocas ciudades se puede decir que son a la vez una y varias, que
guardan en su interior mundos diferentes y que son paralelos porque no
suelen encontrarse. Son ciudades en las que hay valorar no sólo los
libros que hablan de ellas sino también los libros de sus gentes o de
sus piedras, unos “textos” que no se agotan, ni siquiera en estos
tiempos en los que se nos pretende vender que el presente es eterno. Tal
es el caso de Granada, donde cualquier rótulo de calle o una placa en un
edificio restaurado sirve para despertar el recuerdo, una memoria que no
se acaba en sí misma sino que sirve también, si conservamos nuestra
capacidad crítica, para sacar enseñanzas sobre nuestro complejo
presente.
En la Granada de los últimos dos siglos ha sucedido un poco como en la
Florencia o la Roma de ese mismo período: por allí han pasado potentados
anglosajones, estrellas del espectáculo o escritores curiosos. Allí se
han vendido bien sustantivos de éxito garantizado: “embrujo”,
“misterio”... Son conceptos imaginativos que deben mucho a la pluma del
voluble y melancólico vizconde de Chateaubriand en El último
abencerraje; o a la más realista del gran observador Washington Irving
en sus Cuentos de la Alhambra. Entre unos y otros han contribuido a
alimentar la leyenda y el mito oriental, “alhambrista”. No deja de ser
curioso que nuestro tiempo, que presume de escéptico en tantas cosas,
quiera creer –también de alguna manera por intereses políticos o
económicos- en lo que alguien llamó “el mito de Al Andalus”, un mito
cultivado de forma tan acrítica como, por ejemplo, los mitos de la
España imperial en la inmediata posguerra.
En ese mito quiso creer –al menos con su literatura- el argentino Jorge
Luis Borges, hombre de infinitas lecturas y exquisita educación
anglosajona. Tras su visita a la Alhambra en septiembre de 1976,
escribió unos versos que hoy figuran en una inscripción a la entrada del
monumento. Esas palabras siguen reviviendo el mito oriental, pues nos
habla de un rey Boabdil pacífico y despreocupado, con su paraíso
particular de jardines, surtidores y bellezas ocultas tras las celosías.
Los versos del poeta lamentan también el triunfo de las lanzas sobre los
alfanjes, que acabaron con lo “grato”, uno de los adjetivos más
empleados por el escritor. Al leer la inscritpción, me sentí algo
decepcionado por el autor de El Aleph, un libro que combina por igual
acabadas combinaciones de erudición e imaginación. En las palabras de
Granada había, por encima de todo, imaginación. De la decepción pasé a
una cierta tristeza al leer además estas palabras: “grata la plegaria
a un Dios que está solo”.
Decir de un Dios que está solo, es considerarlo inaccesible para el ser
humano, es hacerlo lejano e inalcanzable. Es afirmar, sobre todo, que
ese Dios no tiene ningún Hijo. Y si no tiene Hijo, tampoco tiene hijos.
Como mucho, tendrá siervos, y entonces no será extraño que algunos de
sus siervos quieran asumir el papel de Prometeo, que busca liberarse de
una deidad tan cruel como indiferente al destino de los hombres. Por ese
camino, algún que otro aprendiz de Prometeo aspirará a convertirse en
superhombre y proclamará a los cuatros vientos sus teorías sobre la
evolución social y política del hombre. Esas teorías presumen de ser
universales y colectivas, pero en realidad se asientan sobre un
individualismo radical que, pese a todas sus bellas palabras,
forzosamente tendrá que ser insolidario. Esta es la “lógica” del Dios
que está solo. La soledad no es precisamente una virtud; no es rasgo
definidor de la libertad. Un Dios que está solo genera inevitablemente
ateos, o si se prefiere deístas o agnósticos.
Antonio
R. Rubio Plo. |