Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Reflexiones desde la Alhambra:

Mitos orientales y dioses solitarios


De muy pocas ciudades se puede decir que son a la vez una y varias, que guardan en su interior mundos diferentes y que son paralelos porque no suelen encontrarse. Son ciudades en las que hay valorar no sólo los libros que hablan de ellas sino también los libros de sus gentes o de sus piedras, unos “textos” que no se agotan, ni siquiera en estos tiempos en los que se nos pretende vender que el presente es eterno. Tal es el caso de Granada, donde cualquier rótulo de calle o una placa en un edificio restaurado sirve para despertar el recuerdo, una memoria que no se acaba en sí misma sino que sirve también, si conservamos nuestra capacidad crítica, para sacar enseñanzas sobre nuestro complejo presente.

En la Granada de los últimos dos siglos ha sucedido un poco como en la Florencia o la Roma de ese mismo período: por allí han pasado potentados anglosajones, estrellas del espectáculo o escritores curiosos. Allí se han vendido bien sustantivos de éxito garantizado: “embrujo”, “misterio”... Son conceptos imaginativos que deben mucho a la pluma del voluble y melancólico vizconde de Chateaubriand en El último abencerraje; o a la más realista del gran observador Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra. Entre unos y otros han contribuido a alimentar la leyenda y el mito oriental, “alhambrista”. No deja de ser curioso que nuestro tiempo, que presume de escéptico en tantas cosas, quiera creer –también de alguna manera por intereses políticos o económicos- en lo que alguien llamó “el mito de Al Andalus”, un mito cultivado de forma tan acrítica como, por ejemplo, los mitos de la España imperial en la inmediata posguerra.

En ese mito quiso creer –al menos con su literatura- el argentino Jorge Luis Borges, hombre de infinitas lecturas y exquisita educación anglosajona. Tras su visita a la Alhambra en septiembre de 1976, escribió unos versos que hoy figuran en una inscripción a la entrada del monumento. Esas palabras siguen reviviendo el mito oriental, pues nos habla de un rey Boabdil pacífico y despreocupado, con su paraíso particular de jardines, surtidores y bellezas ocultas tras las celosías. Los versos del poeta lamentan también el triunfo de las lanzas sobre los alfanjes, que acabaron con lo “grato”, uno de los adjetivos más empleados por el escritor. Al leer la inscritpción, me sentí algo decepcionado por el autor de El Aleph, un libro que combina por igual acabadas combinaciones de erudición e imaginación. En las palabras de Granada había, por encima de todo, imaginación. De la decepción pasé a una cierta tristeza al leer además estas palabras: “grata la plegaria a un Dios que está solo”.

Decir de un Dios que está solo, es considerarlo inaccesible para el ser humano, es hacerlo lejano e inalcanzable. Es afirmar, sobre todo, que ese Dios no tiene ningún Hijo. Y si no tiene Hijo, tampoco tiene hijos. Como mucho, tendrá siervos, y entonces no será extraño que algunos de sus siervos quieran asumir el papel de Prometeo, que busca liberarse de una deidad tan cruel como indiferente al destino de los hombres. Por ese camino, algún que otro aprendiz de Prometeo aspirará a convertirse en superhombre y proclamará a los cuatros vientos sus teorías sobre la evolución social y política del hombre. Esas teorías presumen de ser universales y colectivas, pero en realidad se asientan sobre un individualismo radical que, pese a todas sus bellas palabras, forzosamente tendrá que ser insolidario. Esta es la “lógica” del Dios que está solo. La soledad no es precisamente una virtud; no es rasgo definidor de la libertad. Un Dios que está solo genera inevitablemente ateos, o si se prefiere deístas o agnósticos.

 

Antonio R. Rubio Plo.

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