Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

 

Nación, patria y universalidad en Juan Pablo II

  

Pocas personas tienen el privilegio de entrar por la puerta grande de la historia en vida, y algunas ven incluso desvanecerse su recuerdo en un breve transcurrir del tiempo, cuando se apagan las circunstancias históricas que les rodearon. No es éste es el caso de Juan Pablo II, cuyo mensaje sirve y servirá de referencia a tantos hombres, creyentes y no creyentes, en múltiples ámbitos de la vida, también en el de las relaciones internacionales. Con él se hacen plena realidad aquellas palabras de las Odas de Horacio (III, 30, 6-7), que el desaparecido Papa gustaba de repetir, y en las que el poeta afirma que no morirá por completo y que buena parte suya sobrevivirá a la muerte.

 

Nacionalismo, patriotismo y cristianismo

 

Juan Pablo II proclamó en los foros mundiales y regionales la dignidad inviolable del ser humano en todas y cada una de las fases de su existencia. Todo hacía de él un maestro de humanidad, pero no sólo por haber experimentado la sinrazón de los sistemas totalitarios sino porque su fe se basaba en la persona de un Dios hecho hombre.  Su visión de las relaciones entre los Estados y entre los pueblos se asienta en la pertenencia de los habitantes de nuestro planeta a una única familia humana, en la que la paz y la justicia han de alcanzarse por la fraternidad. Todo un contraste en una época en que, pese o como reacción a la globalización, los nacionalismos exaltados, esos individualismos colectivos que hacen acepción de personas, nos hablan de derechos de unos, pero éstos son formulados, se quiera o no, en oposición a los de otros. A este respecto, son esclarecedoras las palabras de Juan Pablo II, revalidadas por la experiencia de ser originario de un país, Polonia, en el que los sentimientos patrióticos están muy acentuados, lo que es comprensible por su tormentosa historia. Del Papa Wojtyla nadie podría decir que fuera un nacionalista polaco sino, antes bien, un patriota, como tantos intelectuales de aquella tierra en el siglo XIX, cuando Polonia había sido despojada de su soberanía estatal. Compartía el Papa el pensamiento de su compatriota, el poeta romántico Cyprian Norwid, que escribió que no es un buen patriota polaco todo aquél que no trabaja en favor de los demás hombres. Un ejemplo más de esa cultura de la solidaridad, que hunde sus raíces en la historia de Polonia.

 

A este respecto, recordaba el Pontífice en su discurso a la Asamblea General de la ONU (5 de octubre de 1995), que el término “nación” evoca el nacer, mientras que el término “patria” (fatherland), evoca la realidad de pertenecer a una misma familia. Lo recalcó años más tarde, en su Mensaje de la XXXIV Jornada Mundial de la Paz (2001), con una referencia de signo cristiano, y al mismo tiempo emotiva: “El mismo hijo de Dios, haciéndose hombre, recibió, con una familia humana, también una”patria”. El es para siempre Jesús de Nazaret, el Nazareno”. No es incompatible, por tanto, el hecho de ser cristiano con el amor patrio, que implica a su vez el derecho a la participación en los asuntos de la comunidad a la que se pertenece. No hay incompatibilidad por tanto, aunque algunos no lo vieran así desde los tiempos de los emperadores romanos, entre ser cristiano y buen ciudadano. A este respecto, Juan Pablo II puso una vez como ejemplo al obispo san Estanislao, patrón de Polonia, en un mensaje dirigido en mayo de 2003 a la archidiócesis de Cracovia, su antigua sede episcopal y que también había sido la del santo obispo polaco del siglo XI: “Desde hace siglos a san Estanislao se le considera artífice de la verdadera libertad y maestro de una unión creativa entre la lealtad a la patria terrena y la fidelidad a Dios y a su ley, síntesis que se realiza en el alma de todo creyente”.

 

Contra el nacionalismo exacerbado

 

Con todo, el Papa estimó conveniente hacer en la ONU una importante distinción: “Es necesario aclarar la divergencia esencial entre una forma peligrosa de nacionalismo, que predica el desprecio por otras naciones o culturas, y el patriotismo, que, es, en cambio, el justo amor por el propio país de origen (...) El nacionalismo en sus expresiones más radicales, se opone por tanto al verdadero patriotismo, y hoy debemos empeñarnos en hacer que el nacionalismo exacerbado no continúe propiciando con formas nuevas las aberraciones del totalitarismo”. El Papa reconocía así una trágica evidencia, probada por la historia reciente, y es la posible ruptura entre el principio de la libre determinación de los pueblos y las libertades concretas de los individuos que los componen. Insistió además, en contra del clásico principio de las nacionalidades, que nación no se identifica a priori y necesariamente con Estado, pero a la vez clamó por el reconocimiento de los derechos de las naciones, versión de los derechos humanos en el ámbito de la vida comunitaria. Insistió en que el presupuesto fundamental de estos derechos, es el derecho a la existencia de la nación: “Este derecho fundamental a la existencia no exige necesariamente una soberanía estatal, siendo posibles diversas formas de agregación jurídica entre diferentes naciones, como sucede por ejemplo en los Estados federales, en las Confederaciones, o en Estados caracterizados por amplias autonomías regionales”. Más importante para el Papa era la “soberanía espiritual” de la nación, representada por el derecho a su propia lengua y cultura, y tenía en mente, sin duda, la historia de Polonia, en la que la cultura había sido un asidero para la supervivencia de la nación. “Ser hombre significa necesariamente existir en una determinada cultura” señaló Juan Pablo II en el antes citado Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz (2001).

 

Cabría añadir que bien sabían los ocupantes nazis lo que estaban haciendo cuando derribaron en Cracovia la estatua del gran poeta Adam Mickiewicz, acción nacida de su desprecio por todo lo eslavo, pero que no sirvió para destruir la identidad polaca. En uno de sus poemas de años atrás, “Pensando en la patria”, Karol Wojtyla lo expresa estas significativas palabras, que luego resultarían proféticas: “Débil es el pueblo si acepta su derrota, olvidando que fue llamado a velar, hasta que llegue su hora. Y las horas vuelven siempre en la órbita de la historia”. Estamos ante un pensamiento profundo, que contrasta con la trivialidad del “hombre-presente”, en apariencia únicamente interesado por el “aquí y el ahora”.

 

Una familia de naciones

 

No olvidó tampoco Juan Pablo II, en su presencia en el supremo foro mundial, recordar la dimensión universal del ser humano: “Pero si los “derechos de la nación” expresan las exigencias vitales de la “particularidad”, no es menos importante subrayar las exigencias de la universalidad, expresada a través de una fuerte conciencia de los deberes que unas naciones tienen con otras y con la humanidad entera”. No concebía, por tanto, el Papa  una ONU reducida a una fría institución de tipo administrativo, sino que aspiraba a que se elevara a la categoría de un centro moral, desarrollando la conciencia común de ser una “familia de naciones”. De este modo, las relaciones internacionales no quedarían reducidas a meras relaciones funcionales o a convergencias esporádicas de intereses: “En una auténtica familia no existe el dominio de los fuertes; al contrario, los miembros más  débiles son, precisamente por su debilidad, doblemente acogidos y ayudados”. Juan Pablo II reconocía en su discurso que su postura sería calificada de utópica, lo que es comprensible en un tiempo en el que la actividad política está muy desacreditada en la sociedad, y especialmente entre los jóvenes, pues para muchos se ha convertido en símbolo de engaño y cinismo. Pese a todo, insistía en desechar el miedo, un hilo conductor de sus enseñanzas desde el inicio de su pontificado: “La respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad”. La civilización del amor es un concepto difundido por Pablo VI, el primer Papa que habló ante la Asamblea General de la ONU y que calificó al desarrollo como el nuevo nombre de la paz. A este respecto, el mensaje de Juan Pablo II representa una continuidad, a la que se añaden expresiones como ésta, atestiguada por  quien ha sufrido la falta de libertad en su país: “El “alma” de la civilización del amor es la cultura de la libertad: la libertad de los individuos y de las naciones, vivida en una solidaridad y responsabilidad oblativas”.

 

Antonio R. Rubio Plo, Profesor de Relaciones Internacionales

Publicado en Estrategia Global, n. 9, mayo-junio 2005

 

 

 

 

Página principal

darfruto.com