Fe, Razón e Historia

02 mayo 2005

 

 

   

La fe de Ratzinger

    
Un detalle de la vida de Benedicto XVI, destacado por él mismo, es que su nacimiento se produjo el Sábado Santo de 1927, una circunstancia de fuerte carga simbólica tanto en su trayectoria personal como en el actual momento histórico. Ratzinger subrayó que vivimos, sobre todo en Europa, en un Sábado Santo de la historia. Ya ni siquiera es Viernes Santo, cuando el Crucificado aún está presente a los ojos de los hombres. Esta observación del actual Papa responde a la realidad, cuando los crucifijos desaparecen de tantos lugares públicos en una sociedad etiquetada de poscristiana, en la que la losa del sepulcro ha caído sobre el Crucificado, del que sólo resta una colección de máximas, preferentemente del Sermón de la Montaña, con un Jesús de Nazareth convertido en “maestro de espiritualidad”, al modo de Buda o Sócrates. Se excluye la posibilidad de un Cristo Dios; y de que no vuelva a aparecer se encargan los guardias puestos por los diversos “ismos” de hoy, con órdenes de que nadie se acerque. En una de sus meditaciones sobre el Sábado Santo, Ratzinger se fija en que aparentemente “la fe ha sido desenmascarada como un fanatismo”.

En el mundo occidental se extiende un silencio, un vacío aplastante, tras la proclamación por Nietzsche y sus continuadores de la “muerte de Dios”. Es la hora del superhombre, alguien que mira con desprecio al hombre corriente y se considera autorizado para manipularlo o ridiculizarlo, del mismo modo en que el hombre común contemplaba divertido las habilidades del simio en un espectáculo de feria. Esta expresiva imagen de Nietzsche en Así habló Zaratustra es una antítesis del cristianismo, pero no ha surgido por sí sola. Es el resultado de dar la espalda a un humanismo real tanto en la filosofía como en la vida. La situación se agravará si Europa prescinde con los hechos, aunque lo proclame en los discursos, del legado de Jerusalén, Atenas y Roma, recogido por el mensaje cristiano.

Ante el silencio de muerte del Sábado Santo, Ratzinger pide a su Dios hecho hombre que deje caer “un rayo de su Pascua también en nuestros días”. Expresa así que su fe no es algo desencarnado, no es un espiritualismo alejado de la vida material y apto para unos pocos iniciados, sino que se concreta en Cristo, el auténtico hombre en el que se funden la verdad y la caridad, dos dimensiones que deberían ser inseparables en todo cristiano. De otro modo, se cae en una rigidez asfixiante o en un sentimentalismo vacío.        

 

Antonio R. Rubio Plo. Publicado en la Gaceta de los Negocios el Jueves, 28 abril 2005


 

 

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