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La crítica de Amos Oz al
relativismo moral
Amos Oz es un escritor
israelí cuyas obras son muy apreciadas en Europa. En el caso de España,
las ventas de sus libros han crecido tras haber sido galardonado con el
Premio Príncipe de Asturias. Las preferencias políticas del escritor
son, por lo demás, bien conocidas: vivió durante mucho tiempo en un
kibbutz y participó en el movimiento pacifista israelí Peace Now.
Siempre se ha manifestado contra todo tipo de nacionalismo o integrismo,
pero no es un “progresista” al uso. Antes bien, está bastante alejado de
esa izquierda europea, pacifista y sentimental, pro-palestina hasta el
extremo de pasar por antisemita. Pese a todo, Oz no cree que sea una
cuestión de antisemitismo sino de dogmatismo. El escritor considera que
hay palestinos más pragmáticos que algunos defensores europeos de su
causa. Pero el pragmatismo no abunda ni dentro ni fuera de Oriente
Medio. Pragmático no es aquél que no tiene escrúpulos, alguien que no es
idealista: es aquél que piensa que hay que llegar a un compromiso y que
las dos partes enfrentadas tienen que ceder por doloroso que sea para
ambas. Oz es consciente, sin embargo, de que el término “compromiso” no
es aceptable para aquellos que se consideran como la suma expresión del
idealismo y la integridad moral. “Compromiso” suena a componenda e
incluso a traición. Y “traidor” es un calificativo que Amos Oz ha
escuchado con frecuencia. También lo han escuchado algunos de los
protagonistas de sus libros simplemente por no quererlo verlo todo
blanco o todo negro.
Cuando se está en medio de dos extremismos, un intelectual como Oz aboga
por el relativismo. Mas su relativismo no es de tipo moral. Lo sería si
afirmara que todo vale por igual. Es más bien un “relativismo bueno” en
el sentido de tratar de buscar puntos de contacto entre las personas y
negar que éstas puedan reducirse a meras ideologías. Es un relativismo
que apuesta por el sentido del humor y la buena literatura, algo que los
extremismos no saben ni quieren apreciar. Por ejemplo, es fácil de
imaginar que a un extremista no le guste Chejov. Pero una de las
afirmaciones de Oz que más desconcertarían en esta sociedad posmoderna
es que el bien y el mal no son cosas irrelevantes. Nuestro escritor
critica con dureza esa mentalidad que hace a los hombres “víctimas de
las circunstancias”. Es lo que domina en muchos consultorios
psicológicos y, por supuesto, en el Derecho penal. La consecuencia es
eliminar el bien y el mal de la existencia humana. Se entienden así
expresiones como que la “sociedad”, el “sistema” o la “globalización”
son los responsables de todo. A este respecto podríamos añadir que todos
los que en nuestras sociedades exigen penas más duras contra los
delincuentes, están luchando por una causa perdida. Esa mentalidad en la
que todos somos víctimas y no culpables, es la responsable de la crisis
de confianza de muchas personas en la justicia.
Amos Oz se ha atrevido a poner en duda un argumento empleado por Hannah
Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, algo que escandalizó en
su momento pero que luego ha pasado a formar parte de la mentalidad
dominante: la banalización del mal. Según la filósofa alemana, Eichmann
sólo era un obediente burócrata del nazismo: no era plenamente
consciente de lo que estaba haciendo. Obedecía las órdenes de exterminio
de los judíos como podría haber acatado otro tipo de mandatos. Eichmann
no era un arquetipo del mal: no encarnaba ni a Yago ni Macbeth. Oz se da
cuenta de que este argumento no niega la existencia del mal pero sí de
los malvados. Arendt ha caído de esta manera en un peligroso relativismo
moral. Tampoco quiere decir esto que Amos Oz quiera señalar con el dedo
a los que son buenos y malos. Ya lo hacen muchos de los habituales
peticionarios, los “abajo firmantes”, una práctica que detesta el
escritor aunque él mismo acostumbrara a hacerlo en otros tiempos. No le
gustan ciertos pliegos de firmas y aduce este ejemplo: antes que
condenar al conductor en un accidente de tráfico, el deber primario es
auxiliar a los heridos. Señala que es una tradición judía aunque él no
sea un judío religioso.
El escritor israelí nos previene de continuo contra la banalización del
mal porque, en definitiva, equivale a negar la libertad humana. Los que
combatían al nazismo durante la II Guerra Mundial, tenían más claro que
hoy lo que era el mal. Si el hombre es libre, puede escoger entre hacer
el bien o el mal. Pero esta opción, que pone al ser humano ante su
responsabilidad, es ocultada por el fatalismo o el determinismo de la
mentalidad dominante, que no son sino otros nombres del relativismo
moral.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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