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Benedicto XVI y el emperador Juliano
No
es frecuente encontrar en una encíclica papal citas de autores del mundo
griego y romano.
Pero Benedicto XVI las emplea en Deus is charitas, y demuestra
una vez más que el cristianismo ha sabido absorber el legado clásico,
esa tradición del logos y del derecho que también forma parte de las
raíces de nuestra cultura occidental. El Papa ha dedicado incluso un
párrafo de su encíclica a un personaje tan controvertido como casi
desconocido: el emperador Juliano el Apóstata. Juliano siempre ha
tenido una especial atracción para los críticos del cristianismo de
todas las épocas, incluida la nuestra. ¿Dónde encontrar un emperador
romano, perseguidor de los cristianos, que no se ajuste al estereotipo
del tirano loco y sanguinario? A algunos les habría bastado con Marco
Aurelio, el emperador filósofo que, en nombre de la pervivencia y
cohesión del Imperio, persiguió a los seguidores de Cristo. Sin embargo,
Marco Aurelio no sirve del todo porque no conoció de primera mano el
cristianismo, una religión ilícita desde los tiempos de Nerón. En
cambio, Juliano (331-363), es alguien que conoció desde niño las
enseñanzas cristianas, lo cual sirve para identificarlo con todos
aquellos que las recibieron y luego las cuestionaron y combatieron. Es
un personaje ideal para quienes se sientan de vuelta de todo, aunque su
viaje haya sido un tanto rápido y superficial.
Benedicto XVI se fija en Juliano en su muy pedagógica exposición sobre
el amor, en la que afloran diversidad de ejemplos: “A los seis años,
Juliano asistió al asesinato de su padre, de su hermano y de otros
parientes a manos de los guardias del palacio imperial; él imputó esta
brutalidad –con razón o sin ella- al emperador Constancio, que se tenía
por un gran cristiano. Por eso, para él la fe cristiana quedó
desacreditada definitivamente”. Un ejemplo de cómo la mente de una
persona –más aún si es un niño- puede quedar impactada por un hecho
cruel e inhumano. La reacción más primaria es la venganza, pero si ésta
no se produce de forma inmediata, el rencor va anegando poco a poco
todos los niveles del corazón humano. Mientras tanto, Juliano
recibiría una educación cristiana, que conviviría con una semilla que ha
sido causa de muchos males: la desconfianza, el creer que nadie obra
rectamente sino que suele actuar con doblez para ocultar sus verdaderas
intenciones. El Papa señala que la responsabilidad del emperador
Constancio podía ser o no cierta, pero Juliano ya había dictado una
irrevocable sentencia. El odio crece como un árbol monstruoso y lo peor
es que al final señala entre sus objetivos no a individuos concretos:
llega a demonizar el origen, la naturaleza, las creencias personales...
Al odiar Juliano al cristianismo, termina por odiar a los cristianos,
personas concretas. Se diría que pretende demostrarse a sí mismo –y a
los demás- que está actuando, conforme a la justicia, contra una
doctrina que considera un engaño, una manipulación. Para llenar el vacío
que tiene dentro, Juliano, siempre interesado por el estudio, se empapa
de filosofía griega, aunque desgraciadamente de los griegos lo que más
le atrae es la retórica, ideal para estimular su carácter combativo. Lo
peor es que también se siente atraído por la magia, lo que sirve para
fomentar sus ideas visionarias nacidas en medio de la soledad y la
especulación. Juliano nunca llegará, sin embargo, a ser un auténtico
filósofo: es más bien un literato, al que le agradan más las formas que
el rigor del trabajo filosófico. Tiene mucho terreno abonado para que
aniden en él los prejuicios.
Pese a todo, Benedicto XVI nos recuerda que incluso Juliano se
sintió influido por el cristianismo. Cuando el emperador, en sus dos
breves años de reinado, quiso restaurar la antigua religión romana, se
inspira en la cristiana, y establece lo que nunca tuvo el viejo
paganismo, aquel credo de ceremonias y sacrificios propiciatorios: una
jerarquía de obispos y sacerdotes. Escribe el Papa: “Los sacerdotes
debían promover el amor a Dios y al prójimo. (Juliano) escribía en una
de sus cartas que el único aspecto que le impresionaba era la actividad
caritativa de la Iglesia”. ¿Cómo no comparar a Juliano con algunos
reformadores políticos y sociales de tantas épocas, como Auguste
Comte y su positivismo, creador de una “religión de la humanidad”?
La idea no era nueva: ya la encontramos en la Revolución Francesa, de la
que Tocqueville escribió que tenía sus propios profetas y
mártires. Después llegarían otras religiones políticas, y en particular
el comunismo, que hablarían de fraternidad universal. Muchos se
sintieron atraídos por ese mensaje. Creyeron, por ejemplo, en la Santa
Rusia, en el mito espiritualista que daría la interpretación exacta del
sentido fraterno del cristianismo, aunque esa Rusia estuviera encarnada
por el padrecito Stalin.
El Papa señala también que el nuevo paganismo de Juliano pretendía
emular y superar la religión cristiana. Pero cuando el Estado se pone a
emular al cristianismo, no lo hace por la vía del amor sino que suele
apelar a la justicia y proclamar al mismo tiempo que la justicia ha
nacido para superar a la caridad. Entonces la tentación de prescindir de
la ética –o mejor dicho, de relativizarla- es grande, y al final esa
supuesta justicia puede tornarse en injusticia, pues no busca el bien
común. Señala acertadamente Benedicto XVI: “Quien intenta deshacerse
del amor se dispone a deshacerse del hombre en cuanto hombre”.
Antonio R. Rubio Plo
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