Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Benedicto XVI y el emperador Juliano

 

 

No es frecuente encontrar en una encíclica papal citas de autores del mundo griego y romano. Pero Benedicto XVI las emplea en Deus is charitas, y demuestra una vez más que el cristianismo ha sabido absorber el legado clásico, esa tradición del logos y del derecho que también forma parte de las raíces de nuestra cultura occidental. El Papa ha dedicado incluso un párrafo de su encíclica a un personaje tan controvertido como casi desconocido: el emperador Juliano el Apóstata. Juliano siempre ha tenido una especial atracción para los críticos del cristianismo de todas las épocas, incluida la nuestra. ¿Dónde encontrar un emperador romano, perseguidor de los cristianos, que no se ajuste al estereotipo del tirano loco y sanguinario? A algunos les habría bastado con Marco Aurelio, el emperador filósofo que, en nombre de la pervivencia y cohesión del Imperio, persiguió a los seguidores de Cristo. Sin embargo, Marco Aurelio no sirve del todo porque no conoció de primera mano el cristianismo, una religión ilícita desde los tiempos de Nerón. En cambio, Juliano (331-363), es alguien que conoció desde niño las enseñanzas cristianas, lo cual sirve para identificarlo con todos aquellos que las recibieron y luego las cuestionaron y combatieron. Es un personaje ideal para quienes se sientan de vuelta de todo, aunque su viaje haya sido un tanto rápido y superficial.

Benedicto XVI se fija en Juliano en su muy pedagógica exposición sobre el amor, en la que afloran diversidad de ejemplos: “A los seis años, Juliano asistió al asesinato de su padre, de su hermano y de otros parientes a manos de los guardias del palacio imperial; él imputó esta brutalidad –con razón o sin ella- al emperador Constancio, que se tenía por un gran cristiano. Por eso, para él la fe cristiana quedó desacreditada definitivamente”. Un ejemplo de cómo la mente de una persona –más aún si es un niño- puede quedar impactada por un hecho cruel e inhumano. La reacción más primaria es la venganza, pero si ésta no se produce de forma inmediata, el rencor va anegando poco a poco todos los niveles del corazón humano. Mientras tanto, Juliano recibiría una educación cristiana, que conviviría con una semilla que ha sido causa de muchos males: la desconfianza, el creer que nadie obra rectamente sino que suele actuar con doblez para ocultar sus verdaderas intenciones. El Papa señala que la responsabilidad del emperador Constancio podía ser o no cierta, pero Juliano ya había dictado una irrevocable sentencia. El odio crece como un árbol monstruoso y lo peor es que al final señala entre sus objetivos no a individuos concretos: llega a demonizar el origen, la naturaleza, las creencias personales... Al odiar Juliano al cristianismo, termina por odiar a los cristianos, personas concretas. Se diría que pretende demostrarse a sí mismo –y a los demás- que está actuando, conforme a la justicia, contra una doctrina que considera un engaño, una manipulación. Para llenar el vacío que tiene dentro, Juliano, siempre interesado por el estudio, se empapa de filosofía griega, aunque desgraciadamente de los griegos lo que más le atrae es la retórica, ideal para estimular su carácter combativo. Lo peor es que también se siente atraído por la magia, lo que sirve para fomentar sus ideas visionarias nacidas en medio de la soledad y la especulación. Juliano nunca llegará, sin embargo, a ser un auténtico filósofo: es más bien un literato, al que le agradan más las formas que el rigor del trabajo filosófico. Tiene mucho terreno abonado para que aniden en él los prejuicios.

Pese a todo, Benedicto XVI nos recuerda que incluso Juliano se sintió influido por el cristianismo. Cuando el emperador, en sus dos breves años de reinado, quiso restaurar la antigua religión romana, se inspira en la cristiana, y establece lo que nunca tuvo el viejo paganismo, aquel credo de ceremonias y sacrificios propiciatorios: una jerarquía de obispos y sacerdotes. Escribe el Papa: “Los sacerdotes debían promover el amor a Dios y al prójimo. (Juliano) escribía en una de sus cartas que el único aspecto que le impresionaba era la actividad caritativa de la Iglesia”. ¿Cómo no comparar a Juliano con algunos reformadores políticos y sociales de tantas épocas, como Auguste Comte y su positivismo, creador de una “religión de la humanidad”? La idea no era nueva: ya la encontramos en la Revolución Francesa, de la que Tocqueville escribió que tenía sus propios profetas y mártires. Después llegarían otras religiones políticas, y en particular el comunismo, que hablarían de fraternidad universal. Muchos se sintieron atraídos por ese mensaje. Creyeron, por ejemplo, en la Santa Rusia, en el mito espiritualista que daría la interpretación exacta del sentido fraterno del cristianismo, aunque esa Rusia estuviera encarnada por el padrecito Stalin.

El Papa señala también que el nuevo paganismo de Juliano pretendía emular y superar la religión cristiana. Pero cuando el Estado se pone a emular al cristianismo, no lo hace por la vía del amor sino que suele apelar a la justicia y proclamar al mismo tiempo que la justicia ha nacido para superar a la caridad. Entonces la tentación de prescindir de la ética –o mejor dicho, de relativizarla- es grande, y al final esa supuesta justicia puede tornarse en injusticia, pues no busca el bien común. Señala acertadamente Benedicto XVI: “Quien intenta deshacerse del amor se dispone a deshacerse del hombre en cuanto hombre”.

 

Antonio R. Rubio Plo

 

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