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Benedicto XVI y Europa
Desde
estas mismas páginas escribía la semana pasada, el día de la fiesta del
patrón de Europa, 11 de julio, sobre San Benito. Hoy, por la íntima
conexión de San Benito con nuestro actual Papa, me parecía conveniente
escribir de ambos, patrón y Papa, unidos por su amor a Europa.
Efectivamente, Benedicto XVI señaló en una de sus primeras audiencias
generales a San Benito, juntamente con Benedicto XV, como uno de los
inspiradores del nombre que adoptó como Pontífice. San Benito es muy
venerado en Alemania y particularmente en Baviera, la tierra de origen
del Papa, pero sobre todo es “un punto de referencia fundamental para la
unidad de Europa y una importante llamada de atención a las
irrenunciables raíces cristianas de la cultura y la civilización
europeas”, tal y como señalara el Papa en aquella audiencia. La
referencia a San Benito no queda ahí y está presente en el título del
libro, L’Europa di Benedetto nella crisi della cultura, la primera obra
que se publica firmada por Benedicto XVI aunque las tres conferencias
que la integran fueron pronunciadas antes del inicio del pontificado.
De estas conferencias convendrá destacar la última, pronunciada el 1 de
abril de 2005 en el monasterio de Santa Escolástica en Subíaco, uno de
los escenarios de la vida de San Benito, con motivo de la entrega al
entonces cardenal Ratzinger del premio San Benedetto “por la promoción
de la vida y de la familia en Europa”. Al final de su intervención,
Ratzinger hablaba de la necesidad que tenía la Iglesia de hombres que
hicieran a Dios creíble en este mundo secularizado. Y es que nunca podrá
saberse del todo hasta qué punto puede influir una conducta, conformada
según la fe, en la actitud de quienes nos rodean. De ahí que el futuro
Papa pidiera cristianos que tuvieran la mirada dirigida a Dios,
aprendiendo de El la verdadera humanidad. Sin decirlo expresamente,
estaba pidiendo santos, pues el auténtico santo es maestro de humanidad.
Personas así son necesarias en el mundo de hoy, y particularmente en
Europa.
Santo y maestro de humanidad fue Benito de Nursia, en una época de
crisis y de pérdida de sentido de la existencia. Benedicto XVI le
llama, como Abrahán, “padre de muchos pueblos”. Serán sus monjes,
cultivadores de tierras y bibliotecas, los que alumbren un mundo nuevo,
un mundo cristiano, en la Europa oscura, de tal modo que San Benito fue
llamado “el último romano y el primer europeo”. Estas son las raíces de
la auténtica Europa, cuyos monasterios benedictinos conservaron las
semillas aportadas por Jerusalén, Atenas y Roma. Europa surgió así como
una comunidad cultural, en la que el cristianismo representa un ideal de
plenitud. Sin embargo, hay quien considera que esas raíces están muertas
y poco tienen que decir a los europeos de hoy, sitos en otro estadio de
lo que algunos llamarían la evolución histórica, porque si Marx fue
vencido, aunque no derrotado, con la caída del comunismo, su padre
espiritual Hegel sigue gozando de tan buena salud como el mito del
Progreso.
Ratzinger dijo en Subíaco que la mención de las raíces cristianas en el
preámbulo de la Constitución europea no era una cuestión secundaria y
que no había que darse por satisfechos porque en el artículo 52 se
reconocieran los derechos institucionales de las iglesias y confesiones
religiosas. Este reconocimiento es tan sólo fruto del consenso del aquí
y ahora, mas no hay una referencia expresa a que el cristianismo es
parte fundamental de las raíces de Europa. Antes bien, y aunque no se
dice expresamente, la omisión obedece a la imposición del criterio de
los que creen - con un fervor más que religioso- que sólo un laicismo
radical es el fundamento de la identidad de la Europa de hoy. Ese
laicismo nos recuerda bastante al fanatismo de la religión grecorromana,
tan alabado por Rousseau como expresión de la virtud cívica. De ahí que
Benedicto XVI señale en su libro sobre Europa esta paradoja: “Una
confusa ideología de la libertad conduce a un dogmatismo que se está
revelando cada vez más como hostil hacia la libertad”. A los
historiadores se nos podría ocurrir pensar que también hubo emperadores
con fama de justos e íntegros, como Trajano y Marco Aurelio, que
perseguieron a los cristianos. Y es que cuando alguien pone en duda la
“religión” oficial del Estado, deja de ser inocente.
¿Por qué es preocupante esa ascensión del laicismo radical en la
Europa actual? Quizás por algo que ya observara el cardenal
Ratzinger en un discurso en Trieste (2002), al recoger un premio que le
otorgó una fundación de pensamiento liberal: “El ámbito de la política
es el presente, y no el futuro”. Los que quieren construir una nueva
Europa, aferrados al mito del Progreso y haciendo tabla rasa del pasado,
piensan más en el futuro que en el presente, por lo que se arriesgan a
caer en brazos de la utopía, con lo que esto conlleva de irracionalismo.
Se olvidan de que el hombre y el mundo no son perfectos –y es ilusorio
pensar que lo serán en el futuro- sino perceptibles. Alguien podría
replicar que estos “ingenieros” del futuro son también defensores de la
justicia y la paz, ideales que también comparten los cristianos. Pero el
problema radica en el contenido, en la definición de esos ideales, algo
que también puede aplicarse al concepto de derechos humanos. Nos lo
recuerda Benedicto XVI en su citado libro sobre Europa: lo peor que les
puede pasar a esos ideales es su indefinición, por lo que es fácil que
se deslicen hacia un ámbito de política partidista, entendidos como una
exigencia dirigida hacia los otros, y menos como un deber personal en
nuestra vida diaria.
Antonio R. Rubio Plo.
Historiador y profesor de Relaciones Internacionales |