Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Benedicto XVI: Otro testigo del amor


 

Siempre será complejo captar cuáles son los rasgos principales que caracterizan a un pontificado. Los analistas del momento o los historiadores se centrarán por lo general en los hechos políticos y sociales para exponer sus juicios, pero se quedarán cortos en su exposición. Sin embargo, el cristiano que reconozca en el Papa un alter Christus, estará atento a muchos otros aspectos de sus enseñanzas; estará atento por igual a sus discursos que a sus homilías. En estos tiempos de incertidumbres, de inseguridades ante el porvenir en Europa y en el mundo, el cristiano debería estar más pendiente que nunca de los mensajes de quien ahora ocupa la cátedra de Pedro, Benedicto XVI. Es cierto que –también dentro de la Iglesia- algunos intentan compararle con Juan Pablo II e incluso elevan el peso de la balanza a favor del Pontífice desaparecido. Quizás les desconcierte un tanto la figura de un Papa que se mueve en términos de discreción, que seguramente no le importará pasar a veces desapercibido mientras crece el clamor y la devoción por aquel a quien que Benedicto XVI suele calificar de “nuestro amado Papa”. Pero lo que realmente importa a un Vicario de Cristo no es quien crece o mengua ante los ojos humanos, tan frecuentemente distorsionados en sus percepciones. Lo importante es que Cristo crezca en los cristianos y esto será fundamentalmente posible por medio de la oración, que es siempre un don divino, y nunca un método o una técnica para sentirse relajados de las preocupaciones diarias. Por el contrario, éstas han de formar parte del diálogo con Aquel que nos ama.

No siempre se tiene claro esto en unos tiempos de activismo, donde se buscan las realizaciones concretas y los frutos por lo general en forma de estadísticas y de aplausos públicos. Estos objetivos pueden hacernos olvidar que el cristianismo es a la vez divino y humano. Y es que la oración es, sobre todo, el encuentro con Cristo, algo que “hace nuestra vida más apasionante” (palabras de Benedicto XVI al final del Santo Rosario organizado por la diócesis de Roma en el aniversario de la muerte de Juan Pablo II). La oración nos ayuda a encontrarnos con un Dios que es amor; no consiste en dejarse vaciar por dentro sino, por el contrario, de llenarse, de empaparse de Dios para ver el mundo con sus ojos. Además la verdadera oración tiene que despertar el deseo de recibir frecuentemente a Cristo en la Eucaristía. No cabe oración que no lleve a la Eucaristía ni Eucaristía que no despierte deseos de oración. Y esto no nos aleja de los demás, no nos ensimisma en unas “prácticas piadosas”. Antes bien, el auténtico encuentro con Cristo nos facilita el encuentro con el prójimo. Nos lo recuerda Benedicto XVI en su encíclica “Deus Caritas est” (18): “Los santos han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás”. El Papa nos explica también que de esta manera el mandato del amor a Dios y al prójimo no nos resulta un “mandamiento” externo, que pide imposibles a la naturaleza humana, pues es “una experiencia de amor nacida desde dentro”.

Desde la perspectiva de quienes nos hablan con profundo conocimiento del amor divino y del amor humano, resultan ociosas y sobre todo estériles, las comparaciones entre un Papa u otro. Juan Pablo II se refirió en la encíclica “Dives in misericordia” (3.1.) a Cristo como “signo legible de Dios que es amor”, y de ese mismo amor nos habla Benedicto XVI al inicio de “Deus Caritas est” (1) como el que “da un nuevo horizonte a la vida, una orientación decisiva”. Al igual que su predecesor, Benedicto XVI se presenta ante nosotros con la fuerza de otro testigo del amor.

Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de relaciones internacionales

 

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