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Benedicto XVI: Otro
testigo del amor
Siempre será complejo
captar cuáles son los rasgos principales que caracterizan a un
pontificado. Los analistas del momento o los historiadores se centrarán
por lo general en los hechos políticos y sociales para exponer sus
juicios, pero se quedarán cortos en su exposición. Sin embargo, el
cristiano que reconozca en el Papa un alter Christus, estará atento a
muchos otros aspectos de sus enseñanzas; estará atento por igual a sus
discursos que a sus homilías. En estos tiempos de incertidumbres, de
inseguridades ante el porvenir en Europa y en el mundo, el cristiano
debería estar más pendiente que nunca de los mensajes de quien ahora
ocupa la cátedra de Pedro, Benedicto XVI. Es cierto que –también dentro
de la Iglesia- algunos intentan compararle con Juan Pablo II e incluso
elevan el peso de la balanza a favor del Pontífice desaparecido. Quizás
les desconcierte un tanto la figura de un Papa que se mueve en términos
de discreción, que seguramente no le importará pasar a veces
desapercibido mientras crece el clamor y la devoción por aquel a quien
que Benedicto XVI suele calificar de “nuestro amado Papa”. Pero lo que
realmente importa a un Vicario de Cristo no es quien crece o mengua ante
los ojos humanos, tan frecuentemente distorsionados en sus percepciones.
Lo importante es que Cristo crezca en los cristianos y esto será
fundamentalmente posible por medio de la oración, que es siempre un don
divino, y nunca un método o una técnica para sentirse relajados de las
preocupaciones diarias. Por el contrario, éstas han de formar parte del
diálogo con Aquel que nos ama.
No siempre se tiene claro esto en unos tiempos de activismo, donde se
buscan las realizaciones concretas y los frutos por lo general en forma
de estadísticas y de aplausos públicos. Estos objetivos pueden hacernos
olvidar que el cristianismo es a la vez divino y humano. Y es que la
oración es, sobre todo, el encuentro con Cristo, algo que “hace nuestra
vida más apasionante” (palabras de Benedicto XVI al final del Santo
Rosario organizado por la diócesis de Roma en el aniversario de la
muerte de Juan Pablo II). La oración nos ayuda a encontrarnos con un
Dios que es amor; no consiste en dejarse vaciar por dentro sino, por el
contrario, de llenarse, de empaparse de Dios para ver el mundo con sus
ojos. Además la verdadera oración tiene que despertar el deseo de
recibir frecuentemente a Cristo en la Eucaristía. No cabe oración que no
lleve a la Eucaristía ni Eucaristía que no despierte deseos de oración.
Y esto no nos aleja de los demás, no nos ensimisma en unas “prácticas
piadosas”. Antes bien, el auténtico encuentro con Cristo nos facilita el
encuentro con el prójimo. Nos lo recuerda Benedicto XVI en su encíclica
“Deus Caritas est” (18): “Los santos han adquirido su capacidad de amar
al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el
Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y
profundidad precisamente en su servicio a los demás”. El Papa nos
explica también que de esta manera el mandato del amor a Dios y al
prójimo no nos resulta un “mandamiento” externo, que pide imposibles a
la naturaleza humana, pues es “una experiencia de amor nacida desde
dentro”.
Desde la perspectiva de quienes nos hablan con profundo conocimiento del
amor divino y del amor humano, resultan ociosas y sobre todo estériles,
las comparaciones entre un Papa u otro. Juan Pablo II se refirió en la
encíclica “Dives in misericordia” (3.1.) a Cristo como “signo legible de
Dios que es amor”, y de ese mismo amor nos habla Benedicto XVI al inicio
de “Deus Caritas est” (1) como el que “da un nuevo horizonte a la vida,
una orientación decisiva”. Al igual que su predecesor, Benedicto XVI se
presenta ante nosotros con la fuerza de otro testigo del amor.
Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de relaciones internacionales
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