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Benedicto XVI y María:
Arte de vivir, arte de amar
Pasó por
Valencia Benedicto XVI, como una ligera brisa, no como una tormenta con
gran aparato eléctrico, que era lo que algunos esperaban del hombre que
en su día fue calificado de Panzerkardinal. Otros especularán con
sus silencios o sus alusiones, pero todos los análisis apresurados se
estrellan frente a una realidad más sencilla y que puede comprender todo
aquel que lea y medite la Biblia. Y es que el Papa no es un polemista,
de ésos que creen que siempre hay que “dar con el mazo” para que todos
se enteren bien. Para quienes creemos que es alter Christus y no
queremos poner etiquetas, nos recuerda lo que dice Isaías del Siervo de
Dios: no disputará ni gritará, no quebrará la caña quebrada ni apagará
la mecha humeante... (Is 42, 2-3), porque a veces nos olvidamos de que
incluso los poderosos e influyentes de este mundo comparten la
fragilidad de nuestra naturaleza humana.
En su homilía de Valencia, el Papa nos ha hablado de María en estos
términos: “María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su
gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte
de vivir, el arte de amar”. Amor y vida son términos ligados a una
madre, aunque, en definitiva, a todo ser humano por el mero hecho de
serlo, pero las mentalidades dominantes han hecho de los conceptos de la
vida y el amor simples pretextos para un estilo de vida marcadamente
individualista, por no decir egoísta. Nos hablan de “vivir su vida”, de
“hacer el amor”..., expresiones en su origen del idioma francés, pero
que tienen fácil traducción tanto en otros idiomas como en la vida.
¿Dónde queda el verdadero arte de vivir? Hoy se ha escondido tras la
carcasa del cuerpo, entre enjuagues, afeites y apariencias, en el
mensaje de que a mayor placer, mayor salud. ¿Y el arte de amar? En
realidad, se parece al expresado por Ovidio en aquella obra, que causó
escándalo nada menos que en la Roma de Augusto, pero sin tanta
sofisticación...
Como contraste está María, prefigurada en personajes del Antiguo
Testamento como la reina Esther. María, al igual que Esther, se aferra a
la oración porque sabe que no tiene otro defensor que Él (Est 4,
17 ) Su poder viene precisamente de apoyarse en Dios, de la fuerza de la
oración, que es el gran secreto del cristiano, donde se le ofrece la
misma oportunidad de Moisés: poder hablar con Dios cara a cara como si
se tratara de un amigo (Ex 33, 19 ). Frente a quienes piensan que
rezar es abstraerse de la realidad, el cristiano hace de su oración un
arte de vivir, una guía para atravesar las encrucijadas de este mundo,
pero también un hilo conductor para recordar que los que nos rodean son
hijos del mismo Padre. Del arte de amar, María también sabe bastante, y
como decía hace unos años el cardenal Ratzinger en su libro María,
Iglesia naciente, “porque ama, el padecimiento no le es ajeno en
forma de com-pasión”. Esto que el autor refería a Dios es por entero
aplicable a María, en la Pasión de su Hijo o cuando recibe como Madre al
discípulo tan amado por el Maestro (Jn 19, 26).
Arte de vivir, arte de amar, arte de caminar con seguridad y confianza
de la mano de María.
Antonio R. Rubio
Plo
Historiador y analista de Relaciones Internacionales
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