Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Charles de Foucauld:

relativismo cultural y amor cristiano

 

 

 

 

La beatificación de Charles de Foucauld viene a culminar un camino del que algunos indicios parecen indicar que ha podido tener sus obstáculos. Durante años he leído infinidad de citas del nuevo beato en publicaciones eclesiásticas, y nunca acababa de entender por qué no llegaba el espaldarazo final para presentar al misionero francés como un ejemplo de santidad. Por lo demás, la editorial Vaticana acaba de publicar recientemente una antología de los mejores textos espirituales de Foucauld, que no tienen desperdicio, pese a su brevedad: “Cuanto más se ama, mejor se reza”, “Haré el bien en la medida en que sea santo”... La lectura del libro nos lleva a preguntarnos por qué un gran místico, capaz de alimentar la llama de la oración de muchos cristianos, ha tardado más que otros contemporáneos suyos en llegar a los altares.

 

Más allá de los trámites jurídicos y administrativos, que tienen su tiempo y su oportunidad, no sería descabellado afirmar que Foucauld no ha gozado de buena prensa en determinados ambientes en los que reina el relativismo cultural. Y es que toda conversión radical, como la de Charles de Foucauld, lleva aparejada la consecuencia de ser signo de contradicción. El brillante explorador de Marruecos y miembro de la Sociedad Geográfica de Francia, el hombre de origen nobiliario y frecuentador de los salones distinguidos, cambió una vida de aparente éxito –no exenta de cinismo y arribismo- por la existencia callada y escondida de pobreza y trabajo manual en el mismísmo Nazareth (1897-1901), la trapa, el sacerdocio y finalmente la condición de ermitaño junto a los tuaregs en las arenas saharianas del Ahaggar argelino (1905-1916). Este anonodamiento voluntario, la elección de un camino que para muchos implica un fracaso, puede explicarse desde una perspectiva de la fe cristiana que asustaría a personas que se consideran creyentes: “La fe es incompatible con el orgullo, la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse”. Desde un punto de vista meramente humano, no tiene sentido convertirse en un ermitaño en el Sahara, en entender la lengua de los tuaregs y verter textos de la Biblia en ella. Es incomprensible también desde una óptica musulmana ser un marabut (hombre santo) cristiano en tierra del Islam. El argelino Alí Merad, analista de la labor de Foucauld, puso de relieve hace tiempo que el marabut islámico de tierras del Magreb suele estar vinculado a estructuras locales de poder, y este autor resalta la evidencia que el ermitaño francés no buscaba ningún poder terrenal, ni en su patria originaria ni en las arenas del desierto.

 

Sin embargo, algunos representantes de la ideología del “tercermundismo”, teñida por su propia esencia de relativismo y anclada en las posiciones reivindicativas de la época de la descolonización, han intentado minusvalorar la figura de Charles de Foucauld con las habituales referencias a los vínculos entre misión y colonialismo, pese a que éste estuviera representado por la muy laica Tercera República francesa. Se apoyan incluso en la muerte violenta de Foucauld, que no aparece como misionero mártir sino como una víctima de la revuelta de las tribus senusíes libias contra los franceses durante la I Guerra Mundial: es un tuareg en estado de nerviosismo el que dispara contra él. Estas y otras circunstancias sirven para intentar destruir la imagen de Foucauld como mensajero de la paz y la caridad, como predicador de una fraternidad universal, porque toda su labor, por muy sincera y desinteresada que fuera, se inscribe dentro del marco del colonialismo francés. Se le presenta como el protegido de un ejército de ocupación. Sin duda, muchos tuaregs debían apreciar a alguien que vivía como ellos y se esforzaba por acercarse a su cultura, pero siempre le verían como un extraño.

 

En esta visión relativista de Foucauld, no sólo exclusiva de musulmanes, los clichés ideológicos se imponen sobre el hombre concreto. Se olvida así que el misionero había quedado muy impresionado, antes de su conversión, ante la práctica de la oración islámica cinco veces al día. Le sorprendía esta forma concreta de manifestar abiertamente una presencia divina en el mundo. Más tarde Foucauld no sólo la presencia de Dios en la oración o la contemplación sino en los seres humanos concretos que le rodeaban. Su actitud no se quedaba en un platonismo intelectual o ese difuso amor que algunos han sentido por la humanidad, que tiene perfiles difusos y no concretos. Ello le llevaría a buscar la amistad con los tuaregs musulmanes. Hacerse próximo a los demás no es fácil, aunque se sepa conjugar bien la teoría; creer y practicar que todos son hijos del mismo Padre, con independencia de sus orígenes, nunca es sencillo. El de Foucauld no es un amor centrado en sí mismo, como el de quienes aman tan sólo a sus amigos, sino que se abre a todos, y en particular a los débiles, a los que no tienen ningún poder e influencia a los ojos humanos.

 

Foucauld hace realidad aquello de que la caridad está más en compartir que en dar. Se llega mejor a las personas cuando se comparte –tanto con el corazón como con la mente- sus sufrimientos, desgracias, esperanzas o alegrías. El ahora beato consiguió, sin duda, que muchos tuaregs vieran en él a un hombre bueno. El ejemplo ha sido un gran predicador a lo largo de la historia, y siempre será ocasión de que haya personas que se pregunten: “¿Qué religión practica éste?”. Será ocasión de responder con otra certera cita de Foucauld: “Sirvo a Uno que es más bueno que yo”.

 

Antonio R. Rubio Plo

historiador

y analista de relaciones internacionales 

 

 

 

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