|
|
De San Estanislao a Juan
Pablo II:
Fortaleza y voces
discrepantes
Un santo antecesor de
Karol Wojtyla en la sede de Cracovia fue el obispo Estanislao, patrono
de Polonia. Era un santo muy querido para Juan Pablo II porque
representaba la expresión del orden moral y de la libertad humana frente
a las arbitrariedades de los poderosos. San Estanislao fue hombre libre
para proclamar la verdad –de otra manera, el hombre no es libre, como
dijera Jesús a los judíos (Jn 8, 32) - hasta el extremo de pagar con su
vida, por haber amonestado al rey Boleslao por su conducta moral. No
dudó en reprender y aconsejar al monarca cuando éste se llevó una mujer
casada a su palacio para convertirla en su amante. Se dice que el obispo
era un hombre de carácter pacífico, mas se sintió interpelado a
desaprobar con toda firmeza lo que a todas luces constituía un mal
ejemplo para los súbditos del monarca, además de un mal para él mismo y
su propia familia. La ira real cayó sobre Estanislao, que fue asesinado
por Boleslao mientras celebraba misa.
San Estanislao guarda un curioso paralelismo con otros santos obispos
mártires como Tomás Becket y Juan Fisher, sin olvidar tampoco al
canciller inglés Santo Tomás Moro, aunque las comparaciones más
evidentes son las de Juan el Bautista y algunos de los profetas judíos
como Isaías y Jeremías. En su mayoría, mueren víctimas de la injusticia
de reyes que quieren silenciar su voz por ser testigos incómodos y
molestos. Sin duda, esos monarcas debían de creer que los vicios
privados son compatibles con las virtudes públicas, pero no se conoce
ningún caso de que ese dualismo perverso no haya destruido las vidas de
las personas, aunque éstas se hayan esforzado en preservar su imagen
externa. En realidad, mezclar el hedonismo de Epicuro con el puritanismo
de Calvino produce esquizofrenia, mas esto se ha dado en todos los
tiempos y los nuestros no son una excepción.
Por lo demás, hoy sería fácil encontrar a alguien que nos dijera que
esas muertes de santos y profetas fueron innecesarias, empezando por la
del Bautista, cuya imagen es para algunos más la de un aguafiestas que
la del precursor del Mesías. Es comprensible desde el momento en que
está ampliamente extendida la creencia de que nadie tiene derecho a
entrometerse en la vida privada de los demás. Es comprensible porque en
esta época se ha eleva a la categoría de dogma, no tanto que la
soberanía reside en el pueblo sino en el individuo. Éste tiene derecho a
buscar libremente su felicidad sin otro límite que el meramente
subjetivo, con la circunstancia añadida de que incluso algunas leyes han
sido elaboradas precisamente para favorecer esa permisividad. Por otra
parte, se quiere buscar en el progreso técnico el instrumento y la
justificación de ese supuesto camino a la felicidad ilimitada.
Tolerancia y progreso, conceptos respetables con raíces cristianas y que
no son fruto exclusivo de filosofías racionalistas, adquieren en el
mundo de hoy una transformación semántica de signo unívoco y que lleva a
los guardianes de las palabras, sentados en las cátedras públicas o
mediáticas de lo políticamente correcto, a condenar al silencio o a la
vergüenza a toda voz discrepante, bien provenga de los ámbitos de la fe
o de la duda razonable sobre si ése es el camino correcto.
Recordaba Juan Pablo II, sucesor de San Estanislao, en ¡Levantaos!
¡Vamos!, su penúltimo libro: “Para un obispo la falta de fortaleza es el
comienzo de la derrota. La falta más grande del apóstol es el miedo. La
falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo; y el miedo
oprime el corazón y aprieta la garganta...”. Es probable que el Papa
pensara al escribir esto en el ejemplo del santo obispo de Cracovia. A
este respecto, en mayo de 2003 y coincidiendo con el 750º aniversario de
la canonización de San Estanislao, Juan Pablo II recordaba que al santo
polaco se le considera “un artífice de la verdadera libertad y maestro
de una unión creativa entre la lealtad a la patria terrena y la
fidelidad a Dios y a su ley, síntesis que se realiza en el alma de cada
creyente”. Estas palabras son llamativas ante los intentos, presentes en
diferentes regímenes políticos desde la más remota antigüedad, de
reducir al cristiano a un ciudadano de segunda clase, con la inaceptable
coacción de forzarle a elegir entre su ciudadanía y su religión. Ha sido
y sigue siendo frecuente sembrar la sospecha de que un buen cristiano no
puede ser un ciudadano leal. ¿Por qué se ha repetido a veces la historia
de que el gobernante con “estilo ético”, el filósofo bienintencionado
como el emperador Marco Aurelio ha terminado por ser perseguidor de los
cristianos? ¿No será que el poder político desea que nadie le haga
sombra, desea que no haya conciencias discrepantes que cuestionen sus
proyectos de ingeniería social, que es, sobre todo, ingeniería de los
espíritus? Ese mismo poder termina por considerar la libertad religiosa,
y en especial la libertad de los cristianos, como un “pariente pobre” de
los derechos humanos, y para esa mentalidad cualquier manifestación
pública de religiosidad podría llegar a ser considerada como un desafío
al ordenamiento político y social. Sin embargo, Juan Pablo II en su
mensaje de la Jornada Mundial de la Paz (1999), aseguraba que “la
libertad religiosa es como el corazón mismo de los derechos humanos”, y
en ese mismo documento se recalcaba el derecho de cada ciudadano – y el
creyente también lo es- a participar en la vida de la propia comunidad.
Antonio R. Rubio Plo,
historiador y analista de relaciones internacionales
|