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Hamlet frente a don Quijote
La sala neoclásica de la embajada rusa en Madrid
fue escenario reciente de una singular conferencia sobre Don Quijote y
la literatura rusa. El lugar no desentonaría en absoluto con una sala de
un palacio de San Petersburgo de finales del siglo XVIII, cuando Rusia
estaba regida por la mano férrea de Catalina II. Pero la zarina no debía
de ignorar las reglas del verdadero arte de gobernar que tienen mucho
que ver con aquellos prudentes consejos dados por Don Quijote a Sancho
antes de ser gobernador. De hecho, Catalina mandó traducir aquellos
consejos para su hijo Pablo, al que sus contemporáneos llamaron “el
Quijote ruso”, aunque su quijotismo nada tenía que ver con los ideales,
y sí con la extravagancia y la arbitrariedad. No parece que el zar
siguiera esas reglas insertadas en la tradición judeocristiana –“el
temor de Dios es el principio de la sabiduría”-, o en la griega –“el
conocimiento de uno mismo es el más difícil que uno se puede imaginar”.
Estos pensamientos me venían a la mente al escuchar en la embajada
rusa las magníficas intervenciones del agregado cultural, Mijail
Grazinski, y del eslavista, Jesús García Gabaldón, que demostraban cómo
la cultura rusa había asimilado a Don Quijote, no quedándose sólo con la
faceta de su comicidad sino también con la de los ideales, expresados en
clave mística y hasta revolucionaria. Rusia, que se interesó por
Cervantes, también lo hizo por Shakespeare, e incluso supo relacionar
los personajes de ambos escritores, tal y como demuestra la conferencia
pronunciada en 1860 por el novelista Turgueniev sobre Hamlet y Don
Quijote, dos antagónicas actitudes ante la vida.
Gran parte de las reflexiones del escritor ruso siguen siendo válidas
para nuestro mundo de hoy, en el que el número de Hamlets supera
ampliamente al de Quijotes. En efecto, los escépticos confesos –y
orgullosos de serlo- abundan más que quienes afirman que hay que
defender unos ideales que consideran verdaderos y buenos. Por tanto, el
irónico e indeciso príncipe de Dinamarca es un modelo más atractivo que
el del caballero que nos habla de lealtad, verdad y justicia. Todo eso
se antoja locura en el reino del relativismo, carente de otro entusiasmo
que no sea el de anhelar las efímeras satisfacciones de un perpetuo
presente. Hay muchos Hamlets que fruncen el ceño y hablan con
arrogancia, y a los que sus autoanálisis - más “auténticos” porque son
suyos- llevan a vivir en una eterna sospecha. Sin embargo, no caería
sobre esos Hamlets la acusación de arrogancia –hoy se diría prepotencia-
sino sobre el Don Quijote cervantino por el mero hecho de tener unos
ideales definidos y buscar la verdad fuera de sí mismo. También se le
reprocharía al caballero su alegría e ingenuidad, en definitiva, su
capacidad para el asombro, que es el modo de detectar dónde reside la
verdadera juventud. Todo esto se explica porque Hamlet, según Turgueniev,
“no se enfrentará a molinos de viento, él no cree en gigantes; pero
tampoco se lanzaría contra ellos en caso de que existieran”.
Sin embargo, Turgueniev, que hubiera querido ser Quijote en vez de
Hamlet, no acertó a vislumbrar que el quijotismo también puede
desembocar en patéticas caricaturas. Los quijotes, que se sientan
investidos de una superioridad moral, pueden convertirse en seres
sectarios, implacables y fríos. Tal es el resultado de la sectarización
de la bondad, que desemboca en el puritanismo social de lo
“políticamente correcto”. Lo peor de estos quijotes serán sus tonos
“proféticos”, muy ajenos a la prudencia de los consejos del verdadero
Alonso Quijano, y que les llevarán a guiarse sólo por su intuición, más
que por unos valores firmes, y así tendrán más de Hamlet que de Don
Quijote. El resultado puede ser un híbrido de ambos personajes: la unión
de la duda existencial con la acción. Cuando ambas se combinan, el
resultado no son hechos sino una retórica vacía de contenido.
Antonio R. Rubio Plo.
Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales
Publicado en Análisis digital, 25 mayo 2005-05-26
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