Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

La felicidad en Colonia



Algunos creen que la felicidad es un concepto que hunde sus raíces en el siglo XVIII. ¿No decía el revolucionario Saint-Just que “la felicidad es una idea nueva en Europa”? Aceptar esto es suponer que en los siglos anteriores la felicidad estaba poco menos proscrita, que sólo había lugar para todo aquello que es arduo o laborioso. Dicho de otro modo, esfuerzo y trabajo nada tendrían que ver con la felicidad, salvo que fueran un medio para estar indefinidamente ocioso. Pero la felicidad como idea novedosa tiene sobre todo una interpretación en clave sociopolítica: antes había una sociedad de opresores y oprimidos, en la que los diversos poderes estarían coartando la felicidad de la gente. Saint-Just habría coincidido con su enemigo, el aristócrata frecuentador de salones y usuario de pelucas y casacas a la moda, en que la felicidad nada tiene que ver con el sufrimiento o las contrariedades de la vida. Habría coincidido con su enemigo, merecedor de su justiciera guillotina, en que felicidad equivale únicamente a “autosatisfacción”. La diferencia radica en que el aristócrata pensaría tan sólo en su felicidad individual, y que Saint-Just, revestido de su republicanismo puritano y virtuoso, querría extender su concepto de felicidad a todos los ciudadanos, exceptuando a quienes tenían que ser suprimidos para que la utopía se hiciera realidad.

El aristócrata y el revolucionario habrían estado también de acuerdo en que felicidad y cristianismo eran incompatibles. Sus sucesores de hoy, aunque no lleven peluca empolvada ni gorro frigio, nos repiten, unas veces con sus palabras y mucho más con sus actitudes: ¿Para qué buscar la felicidad en el cristianismo? Es una objeción que se pretende inculcar en los jóvenes, a los que la sociedad y determinadas leyes ofrecen una libertad sin límites. A esos jóvenes se les hace creer que la felicidad nada tiene que ver con la fe religiosa, ni siquiera con la razón: la felicidad es un conjunto de sensaciones y emociones, en el que no hay lugar para reflexionar o recapacitar. La felicidad tiene más que ver con el capricho, con la satisfacción alcanzada y la que queda por alcanzar. Esto suena al más exaltado de los individualismos, no pocas veces patrocinado por quienes se presentan como defensores de la igualdad social. Saint-Just sigue extendiendo la felicidad que el aristócrata quería guardarse para sí mismo...

Todo un contraste con las palabras de Benedicto XVI en Colonia. En ellas no aparece la felicidad identificada con la acumulación de objetos materiales, ni con un panel desplegable de derechos novedosos no conocidos hasta entonces por la humanidad. Mas el Pontífice ha hablado a los jóvenes de “la felicidad que tenéis derecho a saborear”. El cristianismo nunca ha negado que el hombre no deba aspirar a la felicidad: sería negar la propia condición humana. Sólo ha insistido en que la felicidad no es algo sino Alguien. Benedicto XVI la identifica con un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto en la Eucaristía. Nos llama la atención el adjetivo oculto. ¿La felicidad está oculta? Sus dispensadores actuales nos dicen lo contrario: está a la vista, se puede comprar o está subvencionada. Si está oculta, ¿no será para unos pocos? Antes bien, está oculta, porque se percibe con los ojos de la fe, pero está abierta a quienes quieren buscarla y aceptarla. Si la auténtica felicidad pasa por una vida plena, superadora de la soledad que conlleva las autosatisfacciones momentáneas, habrá que buscar a ese Cristo con quien no se pierde nada-absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande, tal y como señalara el Papa al inicio de su pontificado.

Una vida libre, bella y grande, en definitiva una vida feliz, tiene mucho que ver con el amor. Amor y Cristo son términos equivalentes. Bien lo entendió Teresa de Jesús al referirse al amor de su Dios: “el de mi Dios, mientras más amadores entiende que hay, más crece”. Es un amor que quiere extender la felicidad que conlleva; todo un contraste frente a ese amor –más bien, deseo- , que “no quiere compañía, por parecerle que le han de quitar de lo que posee”, según nos señala esta gran santa. Ella entendía muy bien que el gozo –término que pasa por sinónimo de felicidad- consiste en abrir la puerta del corazón a Cristo, al Dios que pasa sediento de amor. De esta manera, Cristo siempre suma más, tal y como ha señalado Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia: “Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo”.

Me viene a la memoria una novela, acaso más lograda en el título que en el contenido, La felicidad en San Miniato, en la que la dicha pasa por la contemplación de de Florencia desde el mirador de una colina, junto a una bella iglesia del románico toscano. Aunque no tenga, como otras “felicidades”, el forzado carácter de individual, la de San Miniato puede ser tan pasajera como el alba o la puesta de sol. Colonia, en cambio, podía encerrar felicidad aún en tiempo nublado y lluvioso, porque era una felicidad interior y al mismo tiempo expansiva. Felicidad superadora del espacio y del tiempo, que tiene su raíz en Cristo, y que nace de la acogida de este mandato del Papa: “Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso”.

 Antonio R. Rubio Plo.

 

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