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La felicidad en Colonia
Algunos creen que la felicidad es un concepto que hunde sus raíces en el
siglo XVIII. ¿No decía el revolucionario Saint-Just que “la felicidad es
una idea nueva en Europa”? Aceptar esto es suponer que en los siglos
anteriores la felicidad estaba poco menos proscrita, que sólo había
lugar para todo aquello que es arduo o laborioso. Dicho de otro modo,
esfuerzo y trabajo nada tendrían que ver con la felicidad, salvo que
fueran un medio para estar indefinidamente ocioso. Pero la felicidad
como idea novedosa tiene sobre todo una interpretación en clave
sociopolítica: antes había una sociedad de opresores y oprimidos, en la
que los diversos poderes estarían coartando la felicidad de la gente.
Saint-Just habría coincidido con su enemigo, el aristócrata frecuentador
de salones y usuario de pelucas y casacas a la moda, en que la felicidad
nada tiene que ver con el sufrimiento o las contrariedades de la vida.
Habría coincidido con su enemigo, merecedor de su justiciera guillotina,
en que felicidad equivale únicamente a “autosatisfacción”. La diferencia
radica en que el aristócrata pensaría tan sólo en su felicidad
individual, y que Saint-Just, revestido de su republicanismo puritano y
virtuoso, querría extender su concepto de felicidad a todos los
ciudadanos, exceptuando a quienes tenían que ser suprimidos para que la
utopía se hiciera realidad.
El aristócrata y el revolucionario habrían estado también de acuerdo en
que felicidad y cristianismo eran incompatibles. Sus sucesores de hoy,
aunque no lleven peluca empolvada ni gorro frigio, nos repiten, unas
veces con sus palabras y mucho más con sus actitudes: ¿Para qué buscar
la felicidad en el cristianismo? Es una objeción que se pretende
inculcar en los jóvenes, a los que la sociedad y determinadas leyes
ofrecen una libertad sin límites. A esos jóvenes se les hace creer que
la felicidad nada tiene que ver con la fe religiosa, ni siquiera con la
razón: la felicidad es un conjunto de sensaciones y emociones, en el que
no hay lugar para reflexionar o recapacitar. La felicidad tiene más que
ver con el capricho, con la satisfacción alcanzada y la que queda por
alcanzar. Esto suena al más exaltado de los individualismos, no pocas
veces patrocinado por quienes se presentan como defensores de la
igualdad social. Saint-Just sigue extendiendo la felicidad que el
aristócrata quería guardarse para sí mismo...
Todo un contraste con las palabras de Benedicto XVI en Colonia. En ellas
no aparece la felicidad identificada con la acumulación de objetos
materiales, ni con un panel desplegable de derechos novedosos no
conocidos hasta entonces por la humanidad. Mas el Pontífice ha hablado a
los jóvenes de “la felicidad que tenéis derecho a saborear”. El
cristianismo nunca ha negado que el hombre no deba aspirar a la
felicidad: sería negar la propia condición humana. Sólo ha insistido en
que la felicidad no es algo sino Alguien. Benedicto XVI la identifica
con un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto en la
Eucaristía. Nos llama la atención el adjetivo oculto. ¿La felicidad está
oculta? Sus dispensadores actuales nos dicen lo contrario: está a la
vista, se puede comprar o está subvencionada. Si está oculta, ¿no será
para unos pocos? Antes bien, está oculta, porque se percibe con los ojos
de la fe, pero está abierta a quienes quieren buscarla y aceptarla. Si
la auténtica felicidad pasa por una vida plena, superadora de la soledad
que conlleva las autosatisfacciones momentáneas, habrá que buscar a ese
Cristo con quien no se pierde nada-absolutamente nada- de lo que hace la
vida libre, bella y grande, tal y como señalara el Papa al inicio de su
pontificado.
Una vida libre, bella y grande, en definitiva una vida feliz, tiene
mucho que ver con el amor. Amor y Cristo son términos equivalentes. Bien
lo entendió Teresa de Jesús al referirse al amor de su Dios: “el de mi
Dios, mientras más amadores entiende que hay, más crece”. Es un amor que
quiere extender la felicidad que conlleva; todo un contraste frente a
ese amor –más bien, deseo- , que “no quiere compañía, por parecerle que
le han de quitar de lo que posee”, según nos señala esta gran santa.
Ella entendía muy bien que el gozo –término que pasa por sinónimo de
felicidad- consiste en abrir la puerta del corazón a Cristo, al Dios que
pasa sediento de amor. De esta manera, Cristo siempre suma más, tal y
como ha señalado Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia: “Estad
plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y
grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria
de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo”.
Me viene a la memoria una novela, acaso más lograda en el título que en
el contenido, La felicidad en San Miniato, en la que la dicha pasa por
la contemplación de de Florencia desde el mirador de una colina, junto a
una bella iglesia del románico toscano. Aunque no tenga, como otras
“felicidades”, el forzado carácter de individual, la de San Miniato
puede ser tan pasajera como el alba o la puesta de sol. Colonia, en
cambio, podía encerrar felicidad aún en tiempo nublado y lluvioso,
porque era una felicidad interior y al mismo tiempo expansiva. Felicidad
superadora del espacio y del tiempo, que tiene su raíz en Cristo, y que
nace de la acogida de este mandato del Papa: “Abrid las puertas de
vuestra libertad a su amor misericordioso”.
Antonio
R. Rubio Plo.
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