Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

La luz de una santidad amable

Santa Isabel de Portugal y San Josemaría Escrivá de Balaguer

 

 

En las mañanas de los domingos, zaragozanos y visitantes tienen acceso a una de las joyas del barroco de la capital aragonesa: la iglesia del real seminario de San Carlos. La profusa y suntuosa decoración que se extiende por el interior del templo, y en particular sobre el altar mayor, es el escenario de las tres misas matutinas. Aquí el lenguaje de los símbolos y las imágenes barrocas alcanza un esplendor comparable a todo ese universo encerrado en el barroco romano. No por casualidad, me decía un amigo que en Zaragoza está la casa de su Madre, la basílica del Pilar, y en Roma, la de su Padre, San Pedro del Vaticano. Sin embargo,  el barroco es descalificado por algunos con los adjetivos de artificiosidad o teatralidad. No se dan cuenta de que sus representaciones son un libro abierto que nos introduce en el estudio de la teología, la historia, la filosofía o las ciencias naturales. La labor ornamental del interior del templo, impulsada hacia 1723 por el jesuita Pablo Diego Ibañez, sería, sin duda, motivo de reflexión para un joven seminarista que vivió en el edificio anexo entre 1920 y 1925. En la tercera planta, sede entonces del seminario de San Francisco de Paula, había una pequeña capilla con un altar dedicado al santo titular. Se utilizaba para la meditación de la mañana, la lectura y el rosario de la tarde, y el examen de conciencia al final de la jornada pero en ella no estaba expuesto el Santísimo de forma permanente.  Así pues, el seminarista aludido abandonaba algunas noches su habitación y con una inquietud y expectación comparables a las del Samuel bíblico, se situaba en una de las tribunas laterales que dan al altar mayor de la iglesia. Josemaría Escrivá de Balaguer, que no era otro el seminarista, intuía desde tiempo atrás que Dios tenía una voluntad muy concreta para él. Su esperanza le llevaba hasta una celosía desde la que contemplaba la luz del sagrario, punto de mira al que dirigía su oración. Esa luz hacía que la oscuridad envolvente no fuese el reino de las tinieblas. La noche adquiría así el significado de espacio para las confidencias de amigo a Amigo. ¿No es uno de los grandes acontecimientos de la noche, la cena, referencia obligada de los evangelios en hechos y en parábolas? ¿No es la llamada de Dios, también en el silencio de la noche,  una ocasión  de intimidad, para cenar “yo con él, él conmigo” (Ap 3, 20)?

  

 

Una santa zaragozana

  

La vela nocturna de aquella alma enamorada tenía su justa compensación en la eucaristía cotidiana de la iglesia de San Carlos.  Por lo demás, y aunque fuera a la débil luz del día, la ornamentación del templo tendría que ilustrar y dar significado a las reflexiones del seminarista. Josemaría Escrivá llegó a escribir en aquellos años un artículo en La Verdad, una revista del seminario, en torno a la importancia de la literatura y la cultura en la formación sacerdotal. Conocería probablemente que en aquel mismo edificio, antaño sede del colegio de San Ignacio, Baltasar Gracián había redactado El criticón y El comulgatorio. ¿Qué no le sugerirían, por ejemplo, las estatuas de santos en los laterales del templo? Habían sido escultores jesuitas quienes labraron las imágenes de santos aragoneses o relacionados con la Compañía. Entre los primeros no falta el obispo san Braulio, pero en especial sobresalen algunos testigos de Cristo en Zaragoza durante la persecución de Diocleciano: san Valero, san Vicente, san Lupercio, san Lamberto, y ,en lugar destacado, santa Engracia, la joven mártir lusitana ligada para siempre a la Caesaragusta romana. Otra de las santas representadas es una zaragozana que se ganó el corazón del pueblo portugués: la reina santa Isabel, hija y nieta de Jaime I y Pedro III de Aragón, y casada con el rey don Dionís de Portugal. Aunque las Cortes de Aragón la declararon patrona del reino en 1678, es Zaragoza la que acumula recuerdos y referencias a esta santa, nacida en el palacio de la Aljafería hacia 1270. A diferencia de otros santos aragoneses, no tiene dedicada una capilla en El Pilar o la Seo, pero la monumental iglesia barroca de la plaza del Justicia está bajo su advocación, y también lleva su nombre una de las calles que saliendo de dicha plaza desemboca en una de las arterias más transitadas de Zaragoza: la calle Alfonso.

  

La iconografía de aquella infanta de Aragón y reina de Portugal se centra principalmente en su caridad heroica, dirigida principalmente a los pobres y los enfermos. La imagen de san Carlos que debió de contemplar san Josemaría Escrivá la representa con corona real y manto púrpura, un manto que sujeta con ambas manos y está lleno de rosas. El rostro, de una tonalidad entre blanquecina y sonrosada, es una muestra de la expresividad barroca, una combinación armoniosa entre lo sublime y lo sencillo. “Delicadeza” es el término que mejor podría definir la imagen. Su contemplación llevará a algunos a disquisiciones sobre dónde empieza la historia y termina la leyenda, pues el repertorio hagiográfico es pródigo en ejemplos de reinas y princesas caritativas que, interrogadas por sus padres o maridos sobre el contenido de los pliegues de sus mantos, enseñan rosas en vez de las monedas o los alimentos destinados a los pobres. A esto habría que objetar que ninguna leyenda puede poner en duda los testimonios sobre la caridad de Isabel, expresión de su fe en la identificación de los enfermos con Cristo. Algo que también expresaría Josemaría Escrivá en Camino: “Es que para un alma enamorada, los niños y los enfermos son El” (419).

 

 

Rosas y espinas

  

En la simbología cristiana, las rosas pueden servir para expresar la unión del dolor y del amor. Unos cincuenta años antes de Cristo, el libro de la Sabiduría (1, 8) pintaba el retrato de una época en la que la felicidad pasaba por coronarse de rosas antes de que quedaran marchitas. Pero las rosas siempre tienen espinas y también, por supuesto, la propia vida. Esas espinas no se le escatimaron a la dulce, bondadosa e inteligente reina Isabel. Su manto desplegado de rosas es una imagen de su propia vida. Advirtamos, no obstante, que el manto muestra las rosas, y no las espinas. El cristiano no oculta la realidad de la vida sino que le da una nueva sintonía: la sobrenatural. Lo expresaba nítidamente el fundador del Opus Dei en este punto de meditación: “Cuando los cristianos lo pasamos mal, es porque no damos a esta vida todo su sentido divino. Donde la mano siente el pinchazo de las espinas , los ojos descubren un ramo de rosas espléndidas, llenas de aroma” (Via Crucis VI, 5). Josemaría Escrivá sabía mucho de esto desde los años de su adolescencia y juventud, y la estancia en el seminario no le ahorró la amargura de las incomprensiones, concretadas en risas maliciosas y epítetos mortificantes: “el soñador”, “rosa mística”... La incomprensión nunca se combate con el resentimiento. No demuestra más virilidad o valentía quien se deja llevar por el rencor. Hay que abrir bien los ojos y ver también en las contradicciones la mano de Dios, un Padre que está siempre pendiente de su hijo pequeño: “Un pinchazo. – Y otro. Y otro. -¡Súfrelos, hombre! ¿No ves que eres tan chico que solamente puedes ofrecer en tu vida –en tu caminito- esas pequeñas cruces?... Además, fíjáte: una cruz sobre otra –un pinchazo... y otro...,¡qué gran montón!” Al final, niño, has sabido hacer una cosa grandísima: Amar “ ( Camino, n. 885). Josemaría Escrivá hace aquí una vez más una apología de las cosas pequeñas. Todo lo pequeño se hace grande si le añadimos el sumando “Amor”. De ahí que los detalles más pequeños puedan ser ocasión para dirigir el pensamiento a Dios, para ser conscientes de nuestra condición de hijos. Si de detalles se trata, no es aventurado afirmar que la apoteosis ornamental de san Carlos sería, sin duda, una excelente escuela de formación y de cultura para un joven seminarista que aguardaba una manifestación concreta de Dios en su vida.

 

 No sabemos si en sus años de residencia en Barbastro, Josemaría pudo admirar alguna imagen de santa Isabel, patrona del reino de Aragón, antes de poderla contemplar en San Carlos. Tampoco es muy probable, o al menos no hay testimonios, que visitara la iglesia zaragozana de Santa Isabel, popularmente conocida como San Cayetano, pues quedaba algo apartada del barrio de la Seo y las calles del Coso, escenarios habituales de los años zaragozanos del fundador de la Obra. En cualquier caso, su profunda cultura religiosa, avivada por las continuas lecturas, convirtieron a la reina santa en un personaje familiar y querido para Josemaría Escrivá. Lo era, sobre todo, porque fue una imitadora de Cristo. La devoción a los santos se ilumina desde la consideración de que son otros Cristos. No son ídolos que ocultan a Cristo y no se hace de más a Cristo por arrinconarlos en nombre del retorno a una supuesta pureza primitiva. Sin santos, el cristianismo se hace más inaccesible. Quitemos los santos y los profetas, y sólo nos quedará el Dios espectador de los filósofos.

 

 

Paz y santidad

 

En 1960, cuatro décadas después de aquellos cruciales años del seminario, monseñor Escrivá de Balaguer recibió la distinción de doctor honoris causa por la universidad de Zaragoza. En su discurso de agradecimiento, dedicó esta breve y  emotiva referencia a santa Isabel de Portugal: “Esa amable santidad de una infanta de Aragón, la reina Isabel de Portugal, cuyo paso por el mundo fue como una luminosa siembra de paz entre los hombres y los pueblos”. No cabe un prodigio mayor de síntesis en estas elogiosas palabras. Frente a una “santidad” rigorista y antipática, está el ejemplo de santa Isabel. La reina fue un ejemplo de naturalidad, una demostración de que la santidad también puede habitar en los palacios y moverse con soltura en banquetes, audiencias y visitas. En la feria de las intrigas y las mezquindades, la santidad resulta posible si se mueve al compás de la presencia de Dios. Esa presencia se alimentaba en la piedad de Isabel, en el rezo de los salmos y en la misa diaria. De ahí salía la fortaleza de alguien que, a semejanza de la Esther bíblica, bien habría podido decir: “Mi Señor y Dios,  no tengo otro defensor que Tú” (Est 4, 17). Su esposo, el rey don Dionís, parecía con frecuencia estar más interesado en las galanterías de los trovadores que en los asuntos del gobierno. Sus continuas infidelidades eran del dominio público, pero Isabel callaba y solía  cambiar de conversación o se recogía en la capilla de palacio cuando las lenguas desatadas de los cortesanos pretendían atormentarla con las últimas noticias de la “vida galante” de su esposo. Sufría también la reina con el odio acumulado de su hijo Alfonso hacia su padre, pues éste daba muestras de preferencia hacia sus hermanos bastardos. La reina acudiría  a un llano, cerca de Lisboa, para evitar el choque entre los ejércitos de su esposo y su hijo, y aunque consiguió evitarlo, sería recluida por orden real tras los muros de la fortaleza de Alenquer, por la injusta sospecha de que ella misma había fomentado la rebelión de Alfonso. Saldrá de allí, no obstante, para asistir a don Dionís en su lecho de muerte en 1325. Será entonces cuando el propio rey recordó a Alfonso que la reina era dos veces su madre, pues le dio la vida entre lágrimas y oraciones. Isabel iría al encuentro de Dios en 1336 en Estremoz, en medio del calor y las fatigas del ardiente verano del Alentejo, cuando se dirigía a interponerse entre los ejércitos enfrentados de dos Alfonsos: su hijo, Alfonso IV de Portugal, y su nieto, Alfonso XI de Castilla. No es de extrañar que la reina caritativa fuera también la pacificadora, pues las bienaventuranzas nos muestran el retrato de los imitadores de Cristo, y llaman hijos de Dios a los que trabajan por la paz (Mt 5,9). Sólo quien se llena de Dios, tiene paz y está en condiciones de transmitirla. La paz suele venir también de esa santidad amable, aunque muchas veces sea incomprendida, que ve en los demás a otros hijos de Dios. Esa paz nada tiene que ver con las estrechas miras que convierten la paz política y social en un reparto de intereses y una consagración del equilibrio de poder, aunque éste por definición sea inestable. La paz de santa Isabel es la paz que traen los santos. Es la paz defendida por Josemaría Escrivá, con esa receta grabada en Camino: “Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. –Después...”pax Christi in regno Christi” –la paz de Cristo en el reino de Cristo”.( 301).

 

 

Dos enamorados de Portugal

 

Dios había dotado a Josemaría Escrivá de una extraordinaria sensibilidad hacia los hombres y los pueblos. En él resplandeció la  auténtica catolicidad, es decir la universalidad, que nunca supieron entender los que añadieron a la palabra “religión”, el calificativo de “nacional”. En el cristianismo, todo cisma, abierto o encubierto, ha sido siempre una forma de cesaropapismo y, en definitiva, de pérdida de la catolicidad. Esa catolicidad, empapada en el amor de Cristo, era la que llevó a monseñor Escrivá a exclamar ante algunos de sus hijos portugueses: “¡Viva Aljubarrota!”. Con una sonrisa, buen humor y mucho cariño, el fundador del Opus Dei sabía cortar por lo sano más de seis siglos de rencillas seculares entre portugueses y españoles. Sus palabras pretendían, sin duda, confirmar que la historia no se detiene y que los planes de Dios, el querer divino de que “todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), están por encima de las estrechas miras humanas. Visitó en diversas ocasiones Portugal, y en alguna de ellas tuvo que admitir que le costaba mucho marcharse. También debió de costarle mucho irse de su querida Coimbra. En sus visitas a la ciudad del Mondego, nunca faltó a dos citas: la visita en el Carmelo a sor Lucia, la vidente de Fátima, y la oración llena de entrañable confianza ante la tumba de la reina santa Isabel, sita en el convento de Santa Clara. Testigos presenciales aún recuerdan en 1948 la espontaneidad de sus palabras y los golpecitos afectuosos en el sarcófago de plata de la reina: “¡Paisana! Acuérdate de mis hijos de Coimbra y de todo Portugal”. Un ejemplo de oración sencilla, llena de confianza y seguridad en Dios y en los santos unidos a El. Serían, sin duda, de este estilo, las oraciones dirigidas por un santo aragonés a una santa aragonesa, los dos muy enamorados de Portugal.

  

Antonio R. Rubio Plo

 

 

 

Página principal

darfruto.com