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Michel Onfray,
profeta del individualismo radical
El filósofo francés Michel Onfray, un antiguo profesor de instituto
normando que vive sobre todo de los ingresos de sus best sellers,
es uno de los autores de referencia obligada para el laicismo de
nuestros días. Ese laicismo dice defender un humanismo basado en la
razón, afirma que quiere contribuir al bienestar del hombre, pero tan
loables propósitos se quedan en teorías por la violencia dialéctica que
respira –por no decir el odio- el discurso de autores como Onfray.
¿Dónde queda la discusión filosófica, basada en el diálogo, la
racionalidad, el consenso...? En realidad, no puede haberlos si alguien
está convencido de la superioridad de sus argumentos y cree ciegamente
que los otros no sólo están equivocados sino que su visión del mundo es,
además de un error, es una superchería para engañar a los demás y que ha
provocado baños de sangre a lo largo de la Historia. La consecuencia de
todo esto lleva a blandir una especie de “espada de la justicia”, con el
uso continuado de la ironía, la burla o la injuria. No es muy diferente
esta actitud de la de afirmar que “los únicos demócratas somos
nosotros”, planteamiento que es de, por sí, una invitación a la
discordia civil.
Michel Onfray en su Tratado de ateología (2005), considera la
religión como la expresión de un espíritu enfermo y dedica a los
cristianos los calificativos de “menores mentales”, recluidos en un
“infantilismo perpetuo”, adeptos a las “estupideces”, “verdades
grotescas”, “ficciones prehistóricas”... El verbo del autor es fluido,
más versado en el continente que en el contenido, pues si examinamos
toda la exposición del libro no encontraremos más que ignorancia sobre
los fundamentos del cristianismo: malentendidos sobre el sermón de la
Montaña, los habituales tópicos denigratorios sobre san Pablo como
verdadero fundador de la religión cristiana.. No sabemos si Onfray
figurará en la bibliografía recomendada de los futuros manuales
españoles de Educación para la Ciudadanía, pero no nos extrañaría en
absoluto, también por el hecho de que el pensamiento del filósofo
francés se mueve también por las aguas del materialismo hedonista, que
son, en definitiva, las de un individualismo radical. En Onfray los
términos de libertario y libertino se hacen sinónimos. De ahí que la
máxima preferida por este pensador sea la de “Goza y haz gozar, sin
hacer daño a ti ni a nadie, he aquí toda la moral”. Se observa que el
componente –por así decirlo “solidario”- es el “haz gozar”, pero esto no
convierte a nadie en buen ciudadano, ni en el sentido de los griegos ni
en el de los seguidores de Rousseau en la Francia revolucionaria. Es de
suponer, por ejemplo, que ese “haz gozar” también conlleve el objetivo
de convencernos de la realidad de esta cruda afirmación: “La esposa y la
madre matan a la mujer”, que también aparece en el Tratado de
ateología, y que, aunque no sea ése es el propósito de un autor que
pretende ser liberador, termina por convertir a la mujer en un objeto.
Todo esto nos recuerda en cierto modo al filósofo alemán Max Stirner, el
autor de El único y su propiedad (1845), el único es el Yo, que
rehúsa cualquier otro valor y cualquier otro fin que no sea él mismo,
que no sea el de su puro capricho. Las ideas de Onfray conllevan que es
la sociedad la que debe adaptarse al individuo, y no el individuo a la
sociedad. El resultado no es otro que la “asociación de egoístas”,
preconizada por Stirner, en la que la sociedad se pone al servicio de
las necesidades de sus miembros, sin exigir nada a cambio. Pero el
individualismo radical de Onfray también pasa por la defensa de un
nietzscheanismo de izquierdas: otra vez la teoría de que el auténtico
Nietzsche fue manipulado por el nazismo, del mismo modo que al genuino
Marx lo manipularon los comunistas... Hay que volver a los orígenes,
incluso a los orígenes precristianos si queremos construir una sociedad
poscristiana, tal y como preconizara Foucault, otro de los maestros de
Onfray. Todo es válido, hasta el cínico Diógenes, mucho más auténtico,
espontáneo y libre que un Platón o un Aristóteles. Es plenamente
coherente la defensa que hace Onfray de Diógenes en su Por una
estética cínica (2003). Y es que este camino nos lleva a la
consabida fusión entre la estética y la ética, de la que nos vienen
hablando desde hace más de dos siglos, aunque también nos puede servir
para apreciar, por ejemplo, las excelencias de un Vega Sicilia o las de
la nouvelle cuisine, ejemplo material de la deconstrucción al
estilo de un Derrida. Nada nos resultará extraño, dada la apología de
los placeres de la buena mesa hechos por Onfray en El vientre de los
filósofos (1996).
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales
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