Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Navidades con Anton Chejov: Vanka pide amor

 

 

 “ No tengo papá y mamá; sólo te tengo a ti...” En uno de los cuentos publicados por Anton Chejov en su juventud, estas palabras son escritas a la luz de una vela por un niño de nueve años. Al pequeño Vanka Chukov, que vive en la casa del zapatero Alajin en Moscú para aprender el oficio, no le está permitido asistir a la misa del Gallo y la tristeza le impide conciliar el sueño. Su único consuelo es escribir una carta a su abuelo, Konstantin Makarich, vigilante nocturno en una finca de una lejana aldea y pedirle que le saque de allí. Muy pocas páginas bastan para despertar en el lector múltiples imágenes y sentimientos. Siempre he admirado la capacidad de síntesis de Chejov, la delicadeza con la que retrata los caracteres humanos. Es imposible trazar en ellos la clásica divisoria entre buenos y malos. Yo no era mucho mayor que Vanka cuando leí este relato y pensé que en alguna otra obra de Chejov tenía que estar la continuación del relato: el momento feliz en que Vanka y su abuelo Konstantin se reencontrarían, y quedaría atrás la vida de castigos, humillaciones y privaciones a la que estaba sometido aquel huérfano ruso. No encontré la continuación, pues el autor nunca la escribió. Sin embargo, tras volver a leer aquella historia, en apariencia triste, descubrí que la esperanza la envolvía por completo, más allá del detalle final de que Vanka se durmiera, “mecido por dulces esperanzas”, tras echar al correo la carta para su abuelo. Pienso que la historia de Vanka no es antigua porque es profundamente humana. En cambio, muchas cosas y teorías se suelen volver antiguas con una nada sorprendente facilidad.

Aunque nuestra época presume de valorar mucho los sentimientos, hay quien acusaría al personaje de Vanka –y con él a Chejov- de sentimentalismo navideño, de retóricas de niños tristones a los que no sería difícil aplacar con regalos en la noche de Navidad. ¿No teníamos ya bastante con Dickens y su Cuento de Navidad? ¿No son ya suficientes las versiones en toda clase de “formatos” de la historia del avaro Ebenezer Scrooge y sus fantasmas? ¿No estamos todos hartos de tantas apelaciones a ser buenos en Navidad y a cambiar de vida con el comienzo del año? ¿Nos puede extrañar, por ejemplo, que W.C. Fields, aquel cómico norteamericano de principios del cine sonoro, detestara con todas sus fuerzas la fiesta de Navidad y la acusara de hipócrita? Debió de aborrecerla tanto que hasta falleció un 25 de diciembre. Los detractores de la historia de Vanka quizás nos dirían que debemos buscar soluciones que aporten felicidad a cada individuo y que excluyan por completo las lágrimas. Como en aquellos métodos antiguos para aprender idiomas, podríamos acuñar este eslogan a escala mundial, empezando por los grandes almacenes de Nueva York y Londres: “happiness without tears”. Y es que en estos tiempos de autoafirmación individual, las lágrimas casi resultan extrañas a no ser que formen parte de algún reality show. También los constructivistas y deconstructivistas de todo estilo y género que predominan en nuestro tiempo, arremeterían contra el sentimentalismo de Dickens y Chejov. Nos asegurarían que en el Londres victoriano o en el Moscú zarista reinaban las injusticias. Los personajes de aquellas historias navideñas representarían a las víctimas de esas situaciones. Su pasividad, y por consiguiente la de sus creadores literarios, debió de contribuir a acentuarlas. ¿Por qué esos escritores apelaban a la humanidad o a los buenos sentimientos, y no arremetían decididamente con sus plumas contra las injusticias? Habrá que responderles que lo hacían pero sin alharacas: dejando que los hechos hablaran por sí mismos. Convendrá recordar que Vanka no pide a su abuelo en su carta una mejora de su estatus social o económico: esto no significa que no le brillaran los ojos ante los escaparates de las tiendas de Moscú, y en particular ante los de las carnicerías. Vanka pide algo mucho más fácil de lograr: amor. No pide un regalo en papel multicolor sino tan sólo cariño. Quiere ser amado y dar amor. Con la sabiduría de los nueve años, que no pocas veces se pierde después, Vanka puede distinguir entre el amor y la amistad, algo que muchos adultos no siempre saben diferenciar. Saluda en su carta a la cocinera Alena y al cochero Egorka, entre otros amigos de su aldea, pero su amor es para su abuelo. Quiere ayudarle en todo lo posible, buscando trabajo si fuera preciso o guardando el rebaño. Vanka se aferra en aquella noche de Navidad a la única persona que queda de su familia: su abuelo.

Vanka sabe que el amor no es un asunto individual sino de relación entre las personas. Es frecuente confundir “yo amo” con “me gusta” o “me cae bien”. Esto origina toda clase de círculos cerrados, de sentimientos que pueden llevar aparejados una fecha de caducidad. El “me gusta” suele ser el amor de lo que se ha venido en llamar el “pensamiento débil”. En cambio, el amor de Vanka es fuerte. En esa relación de amor, el niño se siente seguro, pese a la distancia física que separa Moscú de la aldea en que vive su abuelo. Sabe que allí está su familia, que hay unos brazos que le aguardan para estrecharle. Esto es lo que eleva el ánimo de Vanka en una noche que estaba destinada a ser triste. “Ven enseguida, abuelito”. El niño escribe esta posdata y en ella resume todas sus esperanzas de amor, pues quien se ha visto privado de amor, sólo aspira al amor. Como tantos otros niños, Vanka quiere crecer rodeado de amor, quiere vivir con la seguridad del cariño de una familia aunque sólo esté representada por su abuelo. Donde hay temor, no puede existir el amor: Vanka escribe su carta con miedo a ser sorprendido. Vive en una casa, rodeado de incomprensión e indiferencia, en la que las obligaciones suelen disfrazarse de favores. Si hubiera podido leer la carta, el zapatero Alajin acusaría a Vanka de desagradecido. Mas el niño no tiene unos brazos que le estrechen. Eso es lo único que Vanka precisa. Por eso su historia siempre es actual, como la de todos aquéllos que necesitan una familia para ser amados y amar.

Antonio R. Rubio Plo

 

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