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Navidades con Anton Chejov: Vanka pide amor
“ No tengo papá y mamá; sólo te tengo a ti...” En uno de los cuentos
publicados por Anton Chejov en su juventud, estas palabras son escritas
a la luz de una vela por un niño de nueve años. Al pequeño Vanka Chukov,
que vive en la casa del zapatero Alajin en Moscú para aprender el
oficio, no le está permitido asistir a la misa del Gallo y la tristeza
le impide conciliar el sueño. Su único consuelo es escribir una carta a
su abuelo, Konstantin Makarich, vigilante nocturno en una finca de una
lejana aldea y pedirle que le saque de allí. Muy pocas páginas bastan
para despertar en el lector múltiples imágenes y sentimientos. Siempre
he admirado la capacidad de síntesis de Chejov, la delicadeza con la que
retrata los caracteres humanos. Es imposible trazar en ellos la clásica
divisoria entre buenos y malos. Yo no era mucho mayor que Vanka cuando
leí este relato y pensé que en alguna otra obra de Chejov tenía que
estar la continuación del relato: el momento feliz en que Vanka y su
abuelo Konstantin se reencontrarían, y quedaría atrás la vida de
castigos, humillaciones y privaciones a la que estaba sometido aquel
huérfano ruso. No encontré la continuación, pues el autor nunca la
escribió. Sin embargo, tras volver a leer aquella historia, en
apariencia triste, descubrí que la esperanza la envolvía por completo,
más allá del detalle final de que Vanka se durmiera, “mecido por dulces
esperanzas”, tras echar al correo la carta para su abuelo. Pienso que la
historia de Vanka no es antigua porque es profundamente humana. En
cambio, muchas cosas y teorías se suelen volver antiguas con una nada
sorprendente facilidad.
Aunque nuestra época presume de valorar mucho los sentimientos, hay
quien acusaría al personaje de Vanka –y con él a Chejov- de
sentimentalismo navideño, de retóricas de niños tristones a los que no
sería difícil aplacar con regalos en la noche de Navidad. ¿No teníamos
ya bastante con Dickens y su Cuento de Navidad? ¿No son ya suficientes
las versiones en toda clase de “formatos” de la historia del avaro
Ebenezer Scrooge y sus fantasmas? ¿No estamos todos hartos de tantas
apelaciones a ser buenos en Navidad y a cambiar de vida con el comienzo
del año? ¿Nos puede extrañar, por ejemplo, que W.C. Fields, aquel cómico
norteamericano de principios del cine sonoro, detestara con todas sus
fuerzas la fiesta de Navidad y la acusara de hipócrita? Debió de
aborrecerla tanto que hasta falleció un 25 de diciembre. Los detractores
de la historia de Vanka quizás nos dirían que debemos buscar soluciones
que aporten felicidad a cada individuo y que excluyan por completo las
lágrimas. Como en aquellos métodos antiguos para aprender idiomas,
podríamos acuñar este eslogan a escala mundial, empezando por los
grandes almacenes de Nueva York y Londres: “happiness without tears”. Y
es que en estos tiempos de autoafirmación individual, las lágrimas casi
resultan extrañas a no ser que formen parte de algún reality show.
También los constructivistas y deconstructivistas de todo estilo y
género que predominan en nuestro tiempo, arremeterían contra el
sentimentalismo de Dickens y Chejov. Nos asegurarían que en el Londres
victoriano o en el Moscú zarista reinaban las injusticias. Los
personajes de aquellas historias navideñas representarían a las víctimas
de esas situaciones. Su pasividad, y por consiguiente la de sus
creadores literarios, debió de contribuir a acentuarlas. ¿Por qué esos
escritores apelaban a la humanidad o a los buenos sentimientos, y no
arremetían decididamente con sus plumas contra las injusticias? Habrá
que responderles que lo hacían pero sin alharacas: dejando que los
hechos hablaran por sí mismos. Convendrá recordar que Vanka no pide a su
abuelo en su carta una mejora de su estatus social o económico: esto no
significa que no le brillaran los ojos ante los escaparates de las
tiendas de Moscú, y en particular ante los de las carnicerías. Vanka
pide algo mucho más fácil de lograr: amor. No pide un regalo en papel
multicolor sino tan sólo cariño. Quiere ser amado y dar amor. Con la
sabiduría de los nueve años, que no pocas veces se pierde después, Vanka
puede distinguir entre el amor y la amistad, algo que muchos adultos no
siempre saben diferenciar. Saluda en su carta a la cocinera Alena y al
cochero Egorka, entre otros amigos de su aldea, pero su amor es para su
abuelo. Quiere ayudarle en todo lo posible, buscando trabajo si fuera
preciso o guardando el rebaño. Vanka se aferra en aquella noche de
Navidad a la única persona que queda de su familia: su abuelo.
Vanka sabe que el amor no es un asunto individual sino de relación entre
las personas. Es frecuente confundir “yo amo” con “me gusta” o “me cae
bien”. Esto origina toda clase de círculos cerrados, de sentimientos que
pueden llevar aparejados una fecha de caducidad. El “me gusta” suele ser
el amor de lo que se ha venido en llamar el “pensamiento débil”. En
cambio, el amor de Vanka es fuerte. En esa relación de amor, el niño se
siente seguro, pese a la distancia física que separa Moscú de la aldea
en que vive su abuelo. Sabe que allí está su familia, que hay unos
brazos que le aguardan para estrecharle. Esto es lo que eleva el ánimo
de Vanka en una noche que estaba destinada a ser triste. “Ven enseguida,
abuelito”. El niño escribe esta posdata y en ella resume todas sus
esperanzas de amor, pues quien se ha visto privado de amor, sólo aspira
al amor. Como tantos otros niños, Vanka quiere crecer rodeado de amor,
quiere vivir con la seguridad del cariño de una familia aunque sólo esté
representada por su abuelo. Donde hay temor, no puede existir el amor:
Vanka escribe su carta con miedo a ser sorprendido. Vive en una casa,
rodeado de incomprensión e indiferencia, en la que las obligaciones
suelen disfrazarse de favores. Si hubiera podido leer la carta, el
zapatero Alajin acusaría a Vanka de desagradecido. Mas el niño no tiene
unos brazos que le estrechen. Eso es lo único que Vanka precisa. Por eso
su historia siempre es actual, como la de todos aquéllos que necesitan
una familia para ser amados y amar.
Antonio R. Rubio Plo
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