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Pío XII
no fue el Papa de Hitler
En los últimos años se han
multiplicado los libros sobre Pío XII y su relación con el nazismo. No
se han ahorrado calificativos gruesos como el del Papa de Hitler en
expresión de John Cornwell, por citar uno de los detractores más
conocidos del desaparecido Pontífice. La inquina contra el Papa Pacelli
viene de muy atrás. Desde la década de 1960 se ha difundido con
profusión la imagen de un Papa retrógrado y distante, una especie de
antitesis de Juan XXIII, algo que sin duda hubiera entristecido a buen
Papa Roncalli. Pero a esa continua, estéril e inútil pugna entre
“conservadores” y “progresistas”, asentada sobre apariencias y matices
más que sobre profundas realidades, se ha añadido en los últimos tiempos
la imagen de un Papa pro-nazi y antisemita. Tal y como señalaba un
investigador judío, David G. Dalin, la técnica usada por los detractores
de Pío XII es tan simple como implacable: las pruebas a favor son
interpretadas de la peor manera posible y se las pone bajo sospecha. Que
Einstein, Golda Meir o Chaim Weizmann elogiaran la labor del Pontífice
en la protección a los judíos y otros perseguidos por el Tercer Reich se
debe tan sólo a que no estaban informados de las tramas secretas y
ambigüedades de la diplomacia vaticana. Por el contrario, todas las
pruebas en contra, entre las que destacan el supuesto silencio de Pío
XII ante el Holocausto, son magnificadas y expuestas sin ningún examen
crítico. En tales circunstancias, el acusado está condenado de antemano
por sus acusadores. No cabe apelación alguna. Pero la principal
conclusión a la que se llega tras la lectura de libros críticos es que
la destinataria principal de los ataques es la propia Iglesia católica
porque o bien los autores no son católicos o lo que es más frecuente,
son católicos que disienten de la Iglesia y toman a Pío XII como blanco
de sus ataques.
Desde 1963 con el estreno de la obra teatral El vicario del
alemán Rolf Hochhuth la sospecha se ha extendido sobre el nombre de Pío
XII y es previsible que los ataques arreciarán cuando culmine su proceso
de beatificación, tal y como sucediera con Pío IX. Pese a todo, haría un
gran bien a la memoria del Pontífice la actitud de los israelíes, y en
particular la de los responsables del Museo del Holocausto en Jerusalén.
El Nuncio Apostólico en Israel, monseñor Antonio Franco, se ha negado a
participar en las ceremonias anuales conmemorativas mientras la
dirección del Museo no retire el comentario a una fotografía de Pío XII
en la que se califica de “ambigua” su actitud hacia los judíos. Es una
actitud coherente, fiel a la línea de los sucesores de aquel Papa que
han tratado de preservar la auténtica memoria histórica, la que se
sustenta con estudios rigurosos y documentados, y no con sospechas e
infundios. La realidad es que quien quiera estudiar la documentación
referente al Nuncio Eugenio Pacelli en Alemania, entre 1917 y 1929,
encontrará interesantes premoniciones sobre la llegada del nazismo. En
1935, siendo secretario de Estado, y en una carta abierta al arzobispo
de Colonia, no se privará de calificar a los nazis de “falsos
profetas con el orgullo de Lucifer”. Cualquier historiador riguroso
podrá testificar que Hitler nunca consideró a Pío XII como uno de sus
partidarios y en los días más cruciales de la guerra, durante la
ocupación alemana de Roma en 1943, no descartó la posibilidad de ocupar
el Vaticano y hacer prisionero al Pontífice. No olvidemos tampoco que un
año antes la formidable máquina propagandística de Goebbels puso en
marcha diez millones de copias de un folleto en el que se calificaba a
Pío XII de “Papa filo-judío” debido a las protestas del Nuncio ante el
gobierno de Vichy por las deportaciones de judíos franceses.
Los testimonios favorables podrían multiplicarse, pese a no haber
intervenciones explícitas del Pontífice en sus discursos y
radiomensajes, y entre otros muchos podemos destacar el del cardenal
Pietro Palazzini, quien siendo vicerrector del seminario de Roma, ocultó
a judíos romanos en los años de la ocupación alemana. A Palazzini le fue
otorgada la distinción judía de Justo entre las Naciones en 1985, y en
su discurso de aceptación en Jerusalén subrayó que “el mérito
pertenece por completo a Pío XII, que ordenó hacer todo lo que podíamos
hacer para salvar a los judíos de la persecución”.
Finalizaremos con un detalle significativo, de los que sólo se
encuentran en las hemerotecas: el 26 de mayo de 1955, la Orquesta
Filarmónica de Israel viajó a Roma para interpretar en el Vaticano la
Séptima Sinfonía de Beethoven, una expresión de gratitud del Estado
hebreo a la ayuda prestada por Pío XII una década antes. Un concierto
sin precedentes y algo totalmente inconcebible si aquel Pontífice
hubiera sido realmente el Papa de Hitler.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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