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Política, ética y cristianismo
Una conversión es siempre un asunto muy personal aunque tenga
repercusiones externas. Acerca de su trayectoria sólo sabremos lo que
quiera decirnos la persona interesada, pues somos incapaces de escrutar
las conciencias. El protagonismo habría de ser para un Dios que mueve
los corazones, pues solemos olvidar a menudo que las conversiones no son
un final de historia sino más bien un principio. La vida del convertido
debería de ser la crónica de una perseverancia, con todos sus altibajos,
pues nuestra fragilidad bien nos puede llevar a desandar lo andado.
Pero un convertido nunca podrá librarse de juicios y especulaciones, que
suelen aumentar si es un personaje público. Tal es el caso del ex primer
ministro británico Tony Blair, recibido en la Iglesia Católica pocos
días antes de finalizar 2007. Blair ha sido discreto a la hora de
expresar su vivencia personal aunque no hace mucho tiempo no dejó de
llamar la atención sobre la ausencia de la religión en la vida pública
europea, y en particular la británica: todo un contraste con Estados
Unidos. Pero esto no es un hecho de ahora: entre los primeros ministros
de Gran Bretaña de los últimos dos siglos no abundan los políticos que
fueran practicantes. No lo era desde luego el más prestigioso de todos
ellos, Winston Churchill, que en sus discursos no dejó de aludir
vagamente al Todopoderoso, aunque su formación intelectual estuvo muy
marcada en su juventud por la lectura de The Martyrdom of Man de
Winwood Reade, obra de ecos darwinistas y casi niezstcheanos en la que
se exalta al hombre como único amo de su propio destino en un mundo
hostil. Quizás una excepción fuera la del liberal William Gladstone, un
personaje con el que algunos historiadores han comparado a Blair. Desde
los bancos de la oposición, Gladstone protestaba en 1876 por la
pasividad del conservador Disraeli en los Balcanes que no quería
quebrantar el sacrosanto principio de equilibrio en las relaciones
internacionales. A diferencia de lo que se había hecho con los griegos
unas décadas antes, Gran Bretaña no prestó ayuda a la rebelión de Serbia
y Montenegro contra los otomanos. Blair, en cambio, impulso la
“intervención humanitaria” de la OTAN en Kosovo en 1999, seguidas de
otras intervenciones británicas contra los talibanes en Afganistán o
contra los “señores de la guerra” en Sierra Leona. Siendo primer
ministro, Gladstone favoreció un proyecto de autonomía para Irlanda que
no saldría adelante por la oposición de los conservadores. Más de un
siglo después, Blair desempeñó un destacado papel en el proceso de
pacificación del Ulster. En estas y otras iniciativas de Tony Blair hay
un acusado trasfondo ético que no puede desvincularse de sus
convicciones cristianas, pese a que en otros temas como el del aborto un
partido como el laborista no se ajuste a la defensa cristiana del
derecho a la vida desde su concepción.
Blair estaba convencido en 2003 que el derrocamiento de Sadam Hussein
era un episodio de la lucha de la libertad contra las tiranías. Habría
convencido a algunos sectores de una opinión pública antibelicista si la
posguerra de un terrorismo cruel y extremista no hubiera empañado una
arrolladora victoria militar. Irak contribuyó al desgaste político del
primer ministro que, pese a su tercera victoria electoral en 2005, tuvo
que abandonar el poder dos años después para no comprometer más las
posibilidades de su partido. Después de todo, no resulta sencillo
defender una política exterior como la de Blair en una época de auge del
multiculturalismo y el relativismo, que han arraigado con fuerza en
círculos intelectuales y grandes sectores de la opinión pública en
Occidente. Tienen mucho peso las voces que critican toda idea de
extender la democracia y el respeto de los derechos humanos más allá de
las fronteras occidentales, e incluso en el interior de esas fronteras
no son pocos los que defienden excepciones culturales a la hora de
aplicar las normas de un Estado de Derecho.
En estos momentos de regreso a actividades privadas, compatibles con su
poco agradecido papel de mediador en Oriente Próximo, Tony Blair ha dado
el paso para convertirse al catolicismo. No se conocen grandes detalles
de este paso trascendental en su vida pero si consideramos que las
grandes decisiones no suelen ser improvisadas, habrá que remontarse a
sus lecturas de sus años de estudiante en Oxford, unas influencias no
siempre valoradas por quienes analizan su trayectoria política. Blair
reconoció en diversas ocasiones su admiración por el pensamiento del
filósofo escocés John Mac Murray (1891-1976), cuyas obras prologó en
1992. El presbiteriano Mac Murray se vio impactado por los horrores de
las trincheras del frente belga en 1915: terminó rechazando el rigorismo
moral de sus orígenes calvinistas, y se consideró cristiano al margen de
toda Iglesia organizada. Sus charlas radiofónicas en la BBC en los años
30 le dieron una cierta popularidad, y desde esa tribuna proclamaría,
por ejemplo, que es la amistad, el fundamento del cristianismo, en unal
interpretación de Jn 15, 15: “Ya no os llamo siervos...os he llamado
amigos”. Mac Murray criticaba el platonismo y el racionalismo
cartesiano, pensaba que los individuos prosperan en comunidades fuertes,
y que unos deben apoyarse en otros. Afirmaba también que “la vida
humana es intrínsecamente una vida en comunidad”. Este comunitarismo
se encontró entonces –y mucho más ahora- con la oposición férrea de un
individualismo liberal que no desea someterse al más mínimo vínculo.
Este individualismo busca hacer tabla rasa del pasado en nombre de la
libertad y aunque sea en contra de la propia razón. No quiere admitir
que los derechos deben ir a la par que las responsabilidades. Si leemos
en una enciclopedia que Mac Murray gozó de su mayor popularidad desde
1930 hasta mediados de los 50, no es difícil imaginarse las causas de su
olvido posterior. La contracultura de los sesenta estaba llamando a las
puertas.
Mac Murray reafirmó la diferencia entre sociedad y comunidad: la primera
es la expresión de la necesidad mutua mientras que la segunda es
expresión del amor. La comunidad es un vínculo más difícil de construir.
En él hay un claro sentido moral. Lo problemático es que en nuestra
época no todo el mundo entiende lo mismo por moral e incluso se niega la
existencia de la inequívoca dimensión personal de la moral. El propio
Blair aseguraba certeramente en uno de sus discursos que aspiraciones
nobles de tipo social como la construcción de hospitales, la mejora de
la enseñanza o la lucha contra el desempleo en ningún caso pueden ser un
sustituto de una moralidad personal. De una cosa estamos seguros: quien
afirma algo así está más cerca del cristianismo que cualquier simple
reformador de estructuras externas.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones
Internacionales
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