Fe, Razón e Historia

26 mayo 2005

 

 

Polonia, ¿Casandra o conciencia europea?

 

 

Joseph Roth, aquel gran escritor centroeuropeo reducido por los tratados de paz de la I Guerra Mundial a la triste condición de apátrida, siempre fue consciente de una realidad, que algunos aun  se empeñan en negar: la cultura europea es mucho más antigua que las naciones europeas[1]. Roth citaba, entre los diversos hitos de esa cultura, a Grecia, Roma, Israel, la Cristiandad o al Renacimiento, pero también, por ejemplo, a la poesía eslava. Es algo que solemos de perder de vista en nuestra todavía persistente concepción “eurooccidental” del Viejo Continente. Terminó el secuestro de Europa, que denunciaba Milan Kundera hace una veintena de años, cuando Praga, Budapest o Varsovia vivían arrumbadas por un sistema político y social que se había instalado en la isla de la utopía[2]. Sin embargo, el continente reunificado se enfrenta hoy a nuevas incertidumbres, que van más allá del presupuesto y de los fondos comunitarios.

 

 ¿Qué será la Europa del siglo XXI? ¿La Europa de los ciudadanos europeos y de todas las tradiciones culturales que la han configurado, o una Europa, instrumento de unos pocos Estados, que tiene sueños de “potencia” y hace suyo el concepto de equilibrio en un mundo multipolar? Esta última Europa nos habla también de valores de paz, democracia y justicia, pero se expone, por ejemplo, a la contradicción de preferir el equilibrio en las relaciones internacionales a la defensa a ultranza de esos mismos valores, acaso por el temor a ser tachada con el infamante reproche de “eurocentrismo”. Pero lo que sería patético que Europa quisiera asumir a estas alturas el papel de la matrona republicana francesa, esa Marianne bicentenaria que tantas imitaciones ha tenido fuera de Francia, y que aparece en La libertad guiando al pueblo de Delacroix. Habría, no obstante, una diferencia: esta nueva imagen de Marianne  no conduciría a burgueses y obreros parisinos de 1830 sino que acaso pretendería atraer a dirigentes políticos de Asia, Africa o Latinoamérica, elegidos eso sí limpia y plebiscitariamente en un sistema de “democratura”. En el horizonte del imaginario lienzo no se vislumbraría al enemigo, pero, por exclusión, éste no podría ser otro que los anglosajones, resucitando así, del mismo modo en que monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo, la centenaria teoría geopolítica de Halford J. Mackinder[3] en la que las potencias continentales se oponían a las marítimas por el dominio del mundo. No cabe duda de que la Europa del “pensamiento débil” se sentiría muy a gusto formando parte del séquito de la nueva e imaginada versión de la obra de Delacroix. La Europa “antieurocéntrica” sería terreno abonado para la deconstrucción predicada por los filósofos posmodernos: un apropiado escenario para esas vacías y efectistas performances que tanto abundan en la cultura y en la política. Se nos permitirá dudar que esa Europa sea la de la solidaridad, entre otras cosas porque si se quiere edificar una Europa solidaria, la primera de las solidaridades ha de ser con los propios habitantes de la casa europea, sobre todo en el centro y el este del continente. Además esa visión de Europa favorece una fractura continental, pues son muchos los países que no la asumirían.

 

Quizás alguien crea que esto no deja de ser una burda exageración, mas lo cierto es que algunos filósofos europeos, como Jacques Derrida y Jürgen Habermas, saludaron las manifestaciones en Europa contra la guerra de Irak como el testimonio del “nacimiento de una nación”[4]. He aquí de nuevo la teoría de los viejos nacionalismos: Europa se construye frente a algo. Mas si Europa presume de ser la cuna de la razón, ¿por qué se deja arrastrar por sentimientos crispados, que no se habían visto en las calles europeas desde la época de la guerra fría? Se diría que el rapto de Europa, al que se refería hace medio siglo Luis Díez del Corral[5], sigue vigente. Rapto es, entre otras acepciones, un sinónimo de locura, sobre todo si el Viejo Continente considera ajenas a sí mismo, y hasta rivales, a las diversas Europas ultramarinas.  El resultado sólo puede ser una Europa autárquica en muchas dimensiones de la vida, cada vez más ensimismada, y con el peligro de reducir cada vez más su papel en los asuntos mundiales, aunque teóricamente aspire a lo contrario con esa imagen artificial de continente ONG que le dan sus patrocinadores.

 

Tendremos que insistir en que el espacio –y la idea- de Europa no puede  reducirse a los límites marcados por las tierras del antiguo Imperio carolingio, al París del siglo XIX y quizás de mediados del siglo XX, o al laboratorio social e ideológico de una constelación de filósofos alemanes. ¿No es esa Europa la que subyace en Le réquin et la mouette, el más reciente ensayo de Dominique de Villepin?[6]  En este tipo de ensayos, que abogan por la reconciliación de los contrarios, nunca se sabe exactamente dónde empieza o termina la distinción entre Francia y Europa. El autor nos habla de paz, justicia y concordia, sin embargo, su discurso poético y político adquiere tintes de mesianismo al proclamar su creencia en “la eternidad del hombre nacido una tarde de 1789”. Habría qué preguntarse por qué la palabra “destino” aflora con relativa facilidad de los escritos de Villepin. Destino implica una profesión de fe, lo que no deja de ser una paradoja para el país que vio nacer a Descartes. El problema es que esta fe puede llegar a prescindir de otras Europas, tanto en el tiempo como en el espacio, pues la conciencia cultural europea es mucho más amplia y, por supuesto, milenaria.  En ella se  inscribe la tradición de la poesía eslava señalada por Joseph Roth.

 

Sin embargo, hay quien sigue viendo, más allá de la Viena donde Metternich situaba el final del continente, el estereotipo de una sociedad melancólica, aletargada por los largos inviernos y el humo del incienso y de las velas que rodea a los iconos. Serían además tierras abonadas para nacionalismos y populismos, para añejos discursos paneslavos  que no añorarían a Europa sino más bien a los invasores procedentes de las estepas euroasiáticas. En consecuencia, poco tendría que aportar esa Europa a la otra mitad del continente. Su papel debería reducirse al silencio y al mimetismo. Esa sería su única forma de ser “más Europa”. Pero de esta manera, ¿no se reduce la idea de Europa a una “gran ilusión”, que sería  más bien una gran desilusión para los europeos recién llegados? Lo único que vincularía a  los países europeos serían los intereses, no necesariamente coincidentes, ¿dónde quedan entonces los tan cacareados valores? Según el profesor ucraniano Yaroslav Hrystak, la discusión en torno a los valores europeos se transforma muchas veces en una pantalla para disfrazar los intereses[7]. ¿Cómo no recordar una anécdota de Bismarck, recogida por el historiador británico E. H. Carr? Siendo embajador en París, el futuro canciller alemán recibió una confidencia del conde Walewski, ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III, en el sentido de que una habilidad del diplomático era disimular los intereses de su país con el lenguaje de la justicia universal.[8]

 

Sin embargo, Europa renuncia a ser ella misma si olvida su conciencia cultural. La poesía, y por extensión la cultura eslava, forma parte de esa conciencia, y ninguna es ajena, por cierto, a las raíces culturales que han marcado la génesis de nuestra Europa occidental. De ahí que la lectura y difusión de escritores y filósofos de la otra mitad de Europa, eslavos o no, sea un ejercicio provechoso y estimulante para quienes vivimos en la parte occidental. En muchos casos, será una invitación para encontrarse con la prudencia y otros exponentes del sentido común. Quienes han sido castigados por una Historia –con mayúsculas- que ha intentado borrar su historia, tienen mucho que decir a quienes pretenden asentarse en el presente autárquico de nuestras sociedades posmodernas. Quizás sus palabras no despierten –ni tampoco inquieten- a tantas personas que sólo viven por y para el presente. La reacción natural de algunos será tacharles de “profetas de calamidades”, pues las sociedades europeas, cada vez más privadas de perspectiva, no demandan profetas sino dispensadores urgentes de las mercancías que precisan en cada momento, pues repiten de continuo, con sus palabras u obras, una interpretación tosca de aquel epígrafe de la autonomía de la voluntad que tantos universitarios han aprendido en las páginas del manual correspondiente de Derecho civil. Si estuvieran complacidos con algún filósofo, éste sería el profesor Pangloss, el personaje de Voltaire que afirmaba que todo irá bien, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Esto es evidente, pues tal y como ha señalado Zaki Laïdi en Le sacré du présent, la racionalidad de las acciones del “hombre-presente” no está subordinada a una finalidad, o si se quiere a un proyecto, sino que los fines están dentro de nosotros mismos[9]. La Edad de Oro no pertenece al pasado, ni mucho menos al futuro. Se podría decir de ella, como el reino de Dios anunciado en el evangelio, que está en medio de nosotros.

 

Con todo, no podemos dejarnos llevar por el pesimismo: las reflexiones que se exponen a continuación, extraídas de autores polacos, pueden ser siempre pequeñas semillas que remuevan inquietudes en otros - e incluso en nosotros mismos- y los aparte de la urgencia, o a lo peor del vértigo, para invitarles a recapacitar. A veces se puede tener la sensación de que las voces polacas son semejantes a Casandras, a profetas que pocos quieren escuchar. Hace unos meses, un escritor español de pluma barroca y  simpatías arabescas, se permitía calificar a Polonia, por su actitud ante el proyecto de Constitución europea, de “eterna llorona de la Historia”. Una visión simplista que presenta a una Polonia egoísta, ávida de poder, y lo que es peor, sin un sentido de Europa. Habría que preguntar a ciertos “europeístas”: ¿qué clase de Europa defendéis? El auténtico europeísta defendería la Europa de la Declaración Schuman, apoyada también por Adenauer y De Gasperi, pues en ella se hablaba de “una solidaridad de hecho”; defendería la Europa de Monnet en las que los países medianos y pequeños juegan un papel que nunca hubieran desempeñado con el sistema de equilibrio que se impuso tras la paz de Westfalia.

 

Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura en 1996, ha dedicado uno de sus famosos poemas a Casandra. “Mi cabeza está llena de dudas” dice la hija del rey de Troya. Muchos intelectuales polacos habrían podido decir lo mismo en tantos momentos de la historia europea. Para ejercer bien la duda, hace falta hacer uso de la razón. La duda razonable nada tiene que ver con la indecisión, más propia de la inmadurez. No significa tampoco la desconfianza, ni el recelo sistemático hacia los otros. Puede significar poner en cuestión lo que se da generalmente como válido y excelente, como “verdad” común establecida. Tiene mucho, en definitiva, de búsqueda de la verdad, tan arrinconada por el relativismo de la filosofía pragmática o por el de las teorías de Marx y Nietzsche, coincidentes en el objetivo de  la búsqueda de poder. Dudar razonablemente significa ser crítico, también con uno mismo, pues es mucho más fácil ser hipercrítico, ser el espíritu que siempre dice “no” como en el Fausto de Goethe. La duda razonable puede salir a la superficie en forma de advertencia, por no decir de “profecía”. Mas no olvidemos que Casandra es una criatura de la fatalidad. Sus palabras pertenecen a la corriente impetuosa del determinismo histórico, en el que no hay lugar para la libertad humana, en el que el ser humano no puede escapar a su inexorable destino. No hay marcha atrás que evite la destrucción de Troya, como bien supo expresar el dramaturgo Jean Giraudoux, ya que los troyanos “han insultado al destino”[10]. Nada se puede hacer frente al destino, si acaso tratar de engañarlo por un tiempo, como hace Ulises.

 

Sin embargo, no se puede ejercer el papel de Casandra si se lucha por la libertad y la dignidad humanas, tal y como nos demuestra la historia de Polonia. Tienen más de Casandra los relativistas antes citados, pues creen ante todo en el destino, en el cumplimiento inexorable de sus teorías que en la libertad humana, por mucho que sus dogmas afirmen que han venido a otorgar a los hombres la libertad. Esos dogmas relativistas prohiben al final hacerse preguntas, en definitiva, ser críticos, lo que es una paradoja para quienes lanzaron al mundo sus teorías desde una postura crítica. Wislawa Szymborska no es la Casandra de su poema porque, tal y como señalaba en su discurso de aceptación del Premio Nobel, valora en gran manera dos sencillas palabras: “no sé”. Ambas representan un espíritu inquieto y no una sumisión al destino, una búsqueda constante, en la que nada se puede dar por establecido. Esto no es relativismo, pues los relativistas suelen despreciar el afán de saber. Szymborska pone el ejemplo de los “verdugos, dictadores, fanáticos y demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto”[11]. La escritora afirma que ellos también saben, pero lo que saben una sola vez les basta para siempre. Saber más únicamente serviría para debilitar sus argumentos. Este es un ejemplo, entre otros muchos, del buen sentido de Szymborska. Hay que apreciar su defensa del “no sé”, porque nos lleva a hacernos preguntas, a expresar nuestras dudas razonables, a gritar al “hombre-presente” de nuestras sociedades europeas que el tiempo sigue fluyendo linealmente y hay que darle una perspectiva, una finalidad, o lo que es lo mismo, un proyecto.

 

Sin ser Casandras, Polonia ha tenido sus profetas que, no por casualidad, han cultivado la poesía, como Adam Mickiewicz, cuya prosa está también llena de coloristas y sugestivas imágenes que no pueden ocultar la fuerza de las convicciones de este gran romántico, uno de los más destacados escritores eslavos. Hoy cualquier escéptico, aunque no de sus pensamientos sino de los ajenos, de nuestra Europa occidental, miraría con recelo a un polaco que nos habla de la nación. Pero hablar de los derechos de la nación, como hace Mickiewicz, no significa ser un nacionalista xenófobo y cultivador de mitos falsos. Antes bien, este autor ha desempeñado, como otros polacos, el papel de conciencia de Europa, una conciencia en la que ética y cultura van unidas. Mickiewicz advertía a las potencias europeas del XIX, a Francia y Gran Bretaña, que no se dejaran infectar por “la adoración de Baal, Moloc y el equilibrio”[12]. En nombre del progreso representado por la revolución industrial, se realizaban sacrificios humanos, y en nombre del equilibrio, se sacrificaba a las naciones medianas y pequeñas, y algunas vieron desaparecer su Estado, como fue el caso de Polonia, sometida a tres arbitrarios repartos por parte de Austria, Rusia y Prusia durante el siglo XVIII. Para el principio del equilibrio, la justicia sólo representaba la mayor o menor asimetría en un reparto territorial. Todavía hoy, un político polaco, el presidente Aleksander Kwasniewski nos previene contra la tentación de volver a políticas de equilibrio en Europa. El término “equilibrio” no aparece en los discursos oficiales de algunos mandatarios, pero se vislumbra en las divergencias sobre el poder de decisión del Consejo en la Constitución Europea o en la fractura de las relaciones transatlánticas, tras la crisis de Irak. Kwasniewski recordaba recientemente que la política de egoísmos nacionales y la búsqueda de un equilibrio inestable entre los Estados más fuertes llevaron a Europa al desenlace trágico de 1939[13]. El problema de estas percepciones polacas es que no las escuchen quienes están enfrascados en la dinámica de los números, por ejemplo, en la asignación de los fondos comunitarios para el período 2007-2013. Que cada cual desempeñe su función, mas la Unión Europea no sólo es de interés para los economistas o los administradores, ni siquiera para políticos que persigan fines inmediatos y coyunturales. Interesa, y mucho, a las gentes de la cultura, a quienes reflexionan sobre qué ha de ser Europa, y, forzoso es reconocerlo, a los estudiosos de la Geopolítica, pese a que la Declaración Schuman nos pudo a llevar a pensar que esta especie de analistas se había extinguido en Europa Occidental.

 

El recientemente desaparecido Czeslaw Milosz, Premio Nobel de Literatura en 1980, fue calificado de “conciencia moral de Europa”, sobre todo, después de la aparición de El pensamiento cautivo (1953)[14], demoledora exposición sobre la actitud de los intelectuales que habían renunciado a su espíritu crítico para acogerse a las prebendas de los regímenes estalinistas. Tampoco era una Casandra porque en su Abecedario se calificó a sí mismo como amigo de la razón[15]. Antes de la guerra, era muy fácil echarle la culpa al sistema, pensar que el fin del capitalismo –o ahora quizás el fin del comunismo- nos situaría en el mejor de los mundos. En esa época, y precisamente por ser “amigo de la razón”, Milosz soñaba con transformar la realidad polaca. Sin embargo, el comunismo, hijo del racionalista Marx, se reveló como un peligroso adversario de la razón. No podía ser de otro modo, dado el carácter escatológico de una teoría que quería construir el paraíso en este mundo. Lo peor es que durante sus años de exilio en Occidente, ya fuera en París o en el campus de Berkeley, Milosz encontró una irracional y peligrosa atracción de los intelectuales hacia las ideas comunistas. El comunismo convirtió la Historia, y en definitiva el mundo, en una prisión, tanto si consideraba que estábamos viviendo una etapa forzosamente necesaria hacia la sociedad sin clases, como si algún día hubiera proclamado que ya se había alcanzado el nuevo paraíso terrenal, la casa del “hombre-presente” comunista. Frente al inmovilismo fatalista de aquel sistema, Milosz reivindicaba “la divina y maravillosamente compleja imprevisibilidad de la vida”, tal y como señaló en su discurso de aceptación del Nobel[16].

 

Los poemas de Milosz nos hablan de alma, verdad, belleza y otros términos que en nuestras sociedades posmodernas se omiten o se altera su significado, en nombre de esa absoluta libertad de interpretar los hechos –otra vez el relativismo- que algunos han dado en llamar “deconstrucción”. De ahí que Milosz arremetiera contra el pensamiento de Derrida, que consideraba como un hijo póstumo del marxismo, y no en lo meramente filosófico sino también en lo político[17]. De las tesis de Derrida no sólo se deriva una Europa enfrentada a Estados Unidos sino algo mucho peor: la distinción entre un “núcleo duro” en la Unión Europea, el de los socios fundadores del club, y otro formado por los recién llegados, los que, como Polonia, tardarían supuestamente décadas en alcanzar los niveles socioeconómicos de los socios más ricos. Se nos ocurre preguntar: ¿no estaríamos pasando en Europa del tradicional enfoque jurídico-económico a una geopolítica más o menos encubierta, pura y dura?

 

Ese retorno de la geopolítica implica que no estamos ante el fin de la Historia, pese a todas las elucubraciones sobre el “hombre-presente”. La nueva Polonia, tras recuperar su plena soberanía e identidad nacional, resiste, como otros países de su entorno, a esa corriente posmoderna que trata de despojar a las sociedades de su memoria histórica, se plantea en sus historiadores actuales reflexiones sobre el futuro de Europa. Este es el caso de Jan Kieniewicz, catedrático de la Universidad de Varsovia y ex embajador en Madrid, que rechaza, como tantos compatriotas suyos el concepto de “Europa del Este”, que en estos pagos occidentales no hemos acabado de desterrar[18]. La única Europa del Este histórica es la representada por Rusia, tanto en su versión zarista como soviética, y en ella la soberanía y la independencia de Polonia fueron pisoteadas. De ahí que Polonia se considere Europa Central, y por tanto tienda hacia Occidente, según ha demostrado en su historia. Mas Kieniewicz opina que hay que “europeizar” el Este, en particular Bielorrusia y Ucrania, para que no sean una “tierra de nadie” y para apartar a Rusia de la peligrosa tentación, tanto para Europa como para ella misma, de reconstruir su Imperio y volver a las fronteras que dejaran Pedro el Grande y sus sucesores. Este es un reto ambicioso, en pro de una gran Europa sin divisiones. Es un proyecto de civilización europea, en el que los valores comunes cuentan tanto o más que los aspectos económicos.

 

Las aspiraciones de Kieniewicz se enfrentan, sin embargo, al relativismo cultural, pues hoy la palabra “civilización” está casi proscrita, acaso por sus connotaciones “eurocéntricas”. Olvidan algunos, tal y como nos recordara Adam Mickiewicz, que la palabra civilización significaba civismo y que procedía de la palabra latina civis, ciudadano[19]. Pero algunos hoy están dispuestos a cantar las excelencias del republicanismo cívico, del ciudadanismo, aunque no de la civilización. No obstante, el proyecto de hacer “más Europa” al este del continente, se enfrenta al peligro de la reaparición del viejo principio de equilibrio, que sólo beneficiaría a una Rusia autoritaria, como en los peores tiempos de los siglos XIX y XX. La solidaridad europea, tan querida para Schuman y Monnet, sería traicionada por los intereses particulares de quienes quisieran hacer de la Unión uno de los platillos de una planetaria balance of power.

 

Los ejemplos de la intelectualidad polaca no se agotan en unos cuantos nombres de poetas, ensayistas o historiadores. Mas en ningún caso se trata de Casandras que gimotean profecías. Nunca lo serán porque no creen en el destino inexorable sino en la libertad humana. Son nombres de razón y de conciencia que apelan a sus hermanos europeos, cuyas raíces comunes comparten. Son a la vez conciencia cultural y moral de nuestra Europa.

 

 

Antonio R. Rubio Plo

Profesor de Relaciones Internacionales

Centro Universitario Villanueva

Universidad Complutense de Madrid.

Comunicación presentada en el VI Congreso “Católicos y Vida Pública” el 19 de noviembre de 2004, en la Universidad San Pablo-CEU Madrid,

 

           

 


[1] ROTH, J: “Europa sólo es posible sin el Tercer Reich”, en La filial del infierno en la Tierra. Escritos desde la inmigración, Barcelona, 2004, p. 59.

 

[3] MACKINDER, H.J: The Ideals Democratics and Reality, New York, 1962.

 

[4] “Philosophing about Europe’s Rebirth”, http://www.ephilosopher.com/article473.html

 

[5] DIEZ DEL CORRAL, L.: El rapto de Europa, Madrid, 1962.

 

[6] VILLEPIN, D: Le réquin et la mouette, París, 2004.

 

[7] HRYTASK, Y.: “The Borders of Europe-Seen from the Outside”, Reflection Group: The Spiritual and Cultural Dimension of Europe, Public Debate in Warsaw, May 29th 2003.

 

[8] CARR, E.H: La crisis de los veinte años (1919-1939). Una introducción al estudio de las relaciones internacionales, Barcelona, 2004, p. 119.

 

[9] LAIDI, Z: Le sacré du présent, París, 2000, p. 115.

 

[10] GIRAUDOUX, J.: La guerre de Troie n’aura pas lieu, acte II, scéne 13, París, 1991.

 

[11] LIBURA, K. Y VIVEROS, A.: “El asombro y la revelación”, http://www.sisabianovenia.com/Szymborska.htm

 

[12] MICKIEWICZ, A.: El libro de la Nación polaca y de los peregrinos polacos, Madrid, 1994, p. 69.

 

[13] RUBIO PLO, A.R.: “Polonia y Europa”, La Gaceta de los Negocios, 12-8-2004.

 

[14] MILOSZ, C.: La pensée captive, París, 1953.

 

[15] MILOSZ, C.: Abecedario. Diccionario de una vida, Madrid, 2003, p. 82.

 

[16] Czeslaw Milosz, Nobel Lecture, 8 December 1980, www.nobel.se/literature/laureates/1980/milosz.lecture.html

 

[17] “Priorities &Frivolities. Czeslaw Milosz Interview, www.tagorda.com/archives/002937.php

 

[18] KIENIEWICZ, J.: “De Gibraltar al Cáucaso. ¿Quién necesita una Europa Oriental?”, Nueva Revista, n. 78, noviembre-diciembre 2001, pp. 67-88.

 

 

[19] MICKIEWICZ A., op. cit., p. 35.

 

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