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Roncalli y Benedicto XVI
La huella de Ángelo Roncalli, aquel
representante pontificio en Turquía entre 1935 y 1944 que hoy conocemos
como el beato Juan XXIII, ha estado muy presente en el viaje de
Benedicto XVI. De hecho, el Papa actual puso sus jornadas en tierras
turcas bajo la intercesión de su antecesor y el resultado ha sido
bastante positivo frente a algunos negros augurios mediáticos. En dos
ocasiones, Benedicto XVI ha empleado en sus discursos una de las citas
más emotivas de monseñor Roncalli en su Diario del alma, fechada
a finales de 1939: “Yo amo a los turcos, aprecio las cualidades
naturales de este pueblo, que tiene también su puesto preparado en el
camino de la civilización”.
Se ha dicho que la diplomacia vaticana no escatima en cortesías, pero la
hospitalidad turca tampoco le va a la zaga como habrá podido comprobar
Benedicto XVI en sus entrevistas con altos dirigentes políticos, líderes
religiosos y autoridades locales de Estambul. Mas la auténtica cortesía
no se queda en buenos modales: va acompañada de paciencia, pues la
caridad es benigna y no descortés, tal y como enseñaba un Pablo de Tarso
que nació en tierras de Anatolia. En cualquier caso, un cristiano –desde
el laico más ignoto a un Papa pasando por un representante pontificio-
hará bien en seguir el consejo de monseñor Roncalli puesto en práctica
en su jornada diaria en Turquía: “No omitir nunca la oración: breve,
si no se puede más, pero viva, ágil y sosegada”. No cabe otra cosa
–ayer, hoy y mañana- que hacer acopio de paciencia, iluminada por la
caridad; sólo queda –y es mucho porque se asienta en la confianza en
Dios- hacer uso del “martirio de la paciencia” al que se refería
monseñor Agostino Casaroli, el gran artífice del deshielo de la
diplomacia vaticana con los países comunistas. En este caso, en el del
diálogo interreligioso, las dosis de paciencia quizás tengan que ser
mayores. Mas no olvidemos que ese diálogo no es para buscar textos
consensuados, como sucede en la política, sino que ha de ejercerse desde
la autenticidad de cada una de las partes. El respeto y la admiración
que monseñor Roncalli se granjeó entre los turcos, nació del simple
hecho de que estaban ante un cristiano auténtico, un enamorado de su
Dios que irradiaba sencillez evangélica. Pero en ningún caso el beato
Juan XXIII se queda en consideraciones de diálogo y paciencia. Su opción
es más radical, como radical fue la de Cristo, su modelo. Hace confianza
con monseñor Adriano Bernareggi, obispo de Bérgamo, al escribirle estas
palabras: “Con todo, amo a estos queridos turcos en Jesucristo. Los
amo porque pertenece a mi ministerio de padre, de pastor y de Delegado
Apostólico; los amo porque creo que están llamados a la Redención”.
¿Cómo no recordar el espíritu católico, verdaderamente universal del
beato Juan XXIII, al escuchar la homilía de Benedicto XVI en el
santuario de Meryem Ana Evi, la Casa de la Madre María, en Éfeso? El
Papa mencionaba la Carta a los Efesios (2, 14) en la que el Apóstol
señala, en referencia a judíos y paganos, que Cristo ha hecho de ambos
un único pueblo. Realmente estas palabras trascienden el significado
originario de judíos y no judíos. Hoy, más que nunca, pueden extenderse
a “las relaciones entre los pueblos civilizaciones presentes en el
mundo”, pues Cristo ha venido como el mensajero de la paz a todas las
naciones, “pues todas proceden del mismo Dios, único creador y señor del
Universo”. No es casualidad que estas palabras se pronunciaran en un
lugar mariano, venerado y respetado por los musulmanes en el recuerdo de
la madre de Jesús, a quien consideran un gran profeta.
Al término de su viaje a Turquía, Benedicto XVI bien podría hacer suyas
estas palabras del beato Juan XXIII, anotadas en unos ejercicios
espirituales en su tierra bergamesca en octubre de 1936. En ellas se
hace evidente una cierta nostalgia de Estambul, un destino que muchos
eclesiásticos nunca habrían apetecido: “Veo que amo al pueblo turco
al que me ha enviado al Señor. Sé que el camino que he emprendido en las
relaciones con los turcos es bueno y, sobre todo católico y apostólico.
Debo proseguirlo con fe, prudencia y celo sincero, a costa de cualquier
sacrificio”. En estas consideraciones aquel buen pastor, que
llegaría a ser Papa, se nos presenta como todo un precursor en su tiempo
y en el nuestro.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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