Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

San Benito y Europa
 


Año 480, ya no existe el Imperio Romano, pero ninguna autoridad ha llenado ese vacío
; tiempos de inseguridad en la que bandas armadas como las de Odoacro, cabecilla de los hérulos, imponen su ley y sus apetencias en la tierra en la que en otro tiempo hubo Césares. Hace casi un siglo que Teodosio hiciera del cristianismo la religión oficial del Imperio; ya no hay emperador protector, pero ¿dónde están los cristianos? Si no fuera porque en Roma se estableció cinco siglos atrás la sede de Pedro, los cristianos habrían perdido su punto de referencia mientras las desviaciones de la fe original, como el arrianismo negador de la divinidad de Cristo, se extienden entre pueblos como los godos cuyos dirigentes han abrazado esa peculiar visión del cristianismo, que en realidad no humaniza a Cristo sino que degrada su naturaleza y su misión, dejando paso, como otras herejías, a la constitución de iglesias “nacionales”, es decir controladas por el poder político. Verdaderamente han comenzado los “siglos oscuros”, un milenio caracterizado por la barbarie. Ésa será la visión de algunos ilustrados del siglo XVIII, como la del historiador británico Edward Gibbon, que hará responsable al cristianismo nada menos que de la caída del Imperio Romano.

Y sin embargo, en ese año 480 nace en Benito de Nursia, el fundador del monacato en Occidente y que fue proclamado por Pablo VI en 1964 como patrón de Europa. ¿Los monasterios son Europa?, nos dirían, sin muchas ganas de esperar respuesta, algunos de esos escépticos del XVIII –y sus continuadores actuales-, y hasta puede que añadieran que lo que es Europa son las ciudades, hijas de Atenas y Roma. ¿Dónde quedaban las ciudades en la oscura Alta Edad Media? Habría que recordarles que Benito era un patricio romano, de una de esas ilustres familias que había sobrevivido a la ruina imperial, y que a los catorce años, como a tantos otros jóvenes, se le había enviado a Roma para que siguiera estudios que le permitieran ejercer la consabida carrera político-administrativa. El joven Benito se lleva una decepción, pues la Roma que conoce a lo largo de cinco ó seis años, no es una ciudad para personas serias y honestas; no es nada que se aproxime a la educación familiar que ha recibido. La Urbe de inicios del siglo VI no es en cuestión de costumbres muy diferente de la de algunos bien conocidos Césares, pese a la pátina de cristianismo que la envuelve. Son tiempos de vacío no sólo político sino también moral, y Benito no está muy convencido de que su vocación esté en una carrera política e interrumpirá unos estudios en los que no encuentra la auténtica sabiduría, aquélla que empieza a encontrarse cuando en el alma se va deslizando la sed de Dios. La átmosfera de la milenaria Ciudad le asfixia y decide huir de ella, al sur de Roma, y en los montes de Subíaco junto a los restos de una antigua villa de Nerón, cree haber encontrado la paz en la búsqueda de Dios en medio de la naturaleza. La vida de los eremitas de los desiertos de Oriente es trasplantada a tierras de Occidente, pero ya no es la vida del asceta solitario sino la de una comunidad, en la que hay un padre, un maestro, al que rodean hijos espirituales que son sus seguidores: es el abad. En un tiempo en el que la autoridad ha decaído, en el plano civil o en el político, se echa de menos la dimensión paterna de la existencia humana, que no es algo arbitrario o una forma social pasajera sino un trasunto de la imagen de un Dios que es Padre, algo que no eran los dioses paganos con todas sus paternidades accidentales y, por lo general, ajenas a un verdadero amor.

Benito, el padre del monacato occidental, marcará el camino para la evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa. Los monasterios benedictinos configuraron la unidad del continente, desde las costas mediterráneas a la península escandinava, desde Irlanda hasta Polonia. Pablo VI decía que los hijos de San Benito “llevaron con la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”. En esa Edad Media, tan desnotada y desconocida, la fe y la razón no se separaron, la oración y el trabajo encontraron su perfecta armonía. Recordaba Juan Pablo II en 1980, con motivo del XV centenario del nacimiento de San Benito: “no es lícito al hombre fiel a Dios olvidarse de lo que es humano: debe ser fiel también al hombre”. Este comentario resume muy bien el lema ora et labora; la oración y la acción deben ir juntas. El amor a Dios no puede separarse del amor a los hombres. Una fe que se encerrara en sí misma no sería comprensible desde el punto de vista cristiano; una acción, por muy bienintencionada que fuera, que no tuviera como referencia la fe, terminaría por volverse estéril.

Europa es la tierra de la fe y de la razón, no sólo de ésta última, como nos han asegurado algunos filósofos europeos de los últimos siglos. Si fuera sólo tierra de fe, a semejanza de algunas espiritualidades orientales, sus hombres no habrían conocido el afán de superarse en lo material, en definitiva, eso que se llama progreso. Los benedictinos eran hombres de oración, pero también de libro y arado. Progreso intelectual y progreso técnico en tiempos de los bárbaros. Señores de los salones del siglo XVIII y sucesores múltiples, ¿merece Benito de Nursia el título de patrón de Europa?

Antonio Rubio Plo. Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales

 

 

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