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San Benito y Europa
Año 480, ya no existe el Imperio Romano, pero ninguna autoridad ha
llenado ese vacío;
tiempos de inseguridad en la que bandas armadas como las de Odoacro,
cabecilla de los hérulos, imponen su ley y sus apetencias en la tierra
en la que en otro tiempo hubo Césares. Hace casi un siglo que Teodosio
hiciera del cristianismo la religión oficial del Imperio; ya no hay
emperador protector, pero ¿dónde están los cristianos? Si no fuera
porque en Roma se estableció cinco siglos atrás la sede de Pedro, los
cristianos habrían perdido su punto de referencia mientras las
desviaciones de la fe original, como el arrianismo negador de la
divinidad de Cristo, se extienden entre pueblos como los godos cuyos
dirigentes han abrazado esa peculiar visión del cristianismo, que en
realidad no humaniza a Cristo sino que degrada su naturaleza y su
misión, dejando paso, como otras herejías, a la constitución de iglesias
“nacionales”, es decir controladas por el poder político. Verdaderamente
han comenzado los “siglos oscuros”, un milenio caracterizado por la
barbarie. Ésa será la visión de algunos ilustrados del siglo XVIII, como
la del historiador británico Edward Gibbon, que hará responsable al
cristianismo nada menos que de la caída del Imperio Romano.
Y sin embargo, en ese año 480 nace en Benito de Nursia, el fundador del
monacato en Occidente y que fue proclamado por Pablo VI en 1964 como
patrón de Europa. ¿Los monasterios son Europa?, nos dirían, sin muchas
ganas de esperar respuesta, algunos de esos escépticos del XVIII –y sus
continuadores actuales-, y hasta puede que añadieran que lo que es
Europa son las ciudades, hijas de Atenas y Roma. ¿Dónde quedaban las
ciudades en la oscura Alta Edad Media? Habría que recordarles que Benito
era un patricio romano, de una de esas ilustres familias que había
sobrevivido a la ruina imperial, y que a los catorce años, como a tantos
otros jóvenes, se le había enviado a Roma para que siguiera estudios que
le permitieran ejercer la consabida carrera político-administrativa. El
joven Benito se lleva una decepción, pues la Roma que conoce a lo largo
de cinco ó seis años, no es una ciudad para personas serias y honestas;
no es nada que se aproxime a la educación familiar que ha recibido. La
Urbe de inicios del siglo VI no es en cuestión de costumbres muy
diferente de la de algunos bien conocidos Césares, pese a la pátina de
cristianismo que la envuelve. Son tiempos de vacío no sólo político sino
también moral, y Benito no está muy convencido de que su vocación esté
en una carrera política e interrumpirá unos estudios en los que no
encuentra la auténtica sabiduría, aquélla que empieza a encontrarse
cuando en el alma se va deslizando la sed de Dios. La átmosfera de la
milenaria Ciudad le asfixia y decide huir de ella, al sur de Roma, y en
los montes de Subíaco junto a los restos de una antigua villa de Nerón,
cree haber encontrado la paz en la búsqueda de Dios en medio de la
naturaleza. La vida de los eremitas de los desiertos de Oriente es
trasplantada a tierras de Occidente, pero ya no es la vida del asceta
solitario sino la de una comunidad, en la que hay un padre, un maestro,
al que rodean hijos espirituales que son sus seguidores: es el abad. En
un tiempo en el que la autoridad ha decaído, en el plano civil o en el
político, se echa de menos la dimensión paterna de la existencia humana,
que no es algo arbitrario o una forma social pasajera sino un trasunto
de la imagen de un Dios que es Padre, algo que no eran los dioses
paganos con todas sus paternidades accidentales y, por lo general,
ajenas a un verdadero amor.
Benito, el padre del monacato occidental, marcará el camino para la
evangelización de la multitud de pueblos que se extienden por Europa.
Los monasterios benedictinos configuraron la unidad del continente,
desde las costas mediterráneas a la península escandinava, desde Irlanda
hasta Polonia. Pablo VI decía que los hijos de San Benito “llevaron con
la cruz, el libro y el arado, la civilización cristiana”. En esa Edad
Media, tan desnotada y desconocida, la fe y la razón no se separaron, la
oración y el trabajo encontraron su perfecta armonía. Recordaba Juan
Pablo II en 1980, con motivo del XV centenario del nacimiento de San
Benito: “no es lícito al hombre fiel a Dios olvidarse de lo que es
humano: debe ser fiel también al hombre”. Este comentario resume muy
bien el lema ora et labora; la oración y la acción deben ir juntas. El
amor a Dios no puede separarse del amor a los hombres. Una fe que se
encerrara en sí misma no sería comprensible desde el punto de vista
cristiano; una acción, por muy bienintencionada que fuera, que no
tuviera como referencia la fe, terminaría por volverse estéril.
Europa es la tierra de la fe y de la razón, no sólo de ésta última, como
nos han asegurado algunos filósofos europeos de los últimos siglos. Si
fuera sólo tierra de fe, a semejanza de algunas espiritualidades
orientales, sus hombres no habrían conocido el afán de superarse en lo
material, en definitiva, eso que se llama progreso. Los benedictinos
eran hombres de oración, pero también de libro y arado. Progreso
intelectual y progreso técnico en tiempos de los bárbaros. Señores de
los salones del siglo XVIII y sucesores múltiples, ¿merece Benito de
Nursia el título de patrón de Europa?
Antonio Rubio Plo. Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales
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