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El misterio Shostakovich
o cómo sobrevivir en el
comunismo
El 25 de septiembre de 1906 nacía
en San Petersburgo Dimitri Shostakovich, considerado como el último gran
sinfonista de la historia de la música, aunque su trayectoria vital se
ha convertido en un ejemplo típico de las relaciones entre el artista y
un poder político opresor. Ese poder exigía, en nombre del realismo
socialista, que los compositores hicieran música para el “pueblo”
conforme a los cánones oficiales, en los que no se escatimaban la
afectación para exaltar al Estado soviético o el uso de temas
folclóricos más o menos pegadizos. Por lo demás, había que huir de toda
disonancia y de planteamientos subjetivistas. Nada de hacerse
inquietantes preguntas sobre el destino del hombre o de dejar asomar por
un momento a la tragedia. Para eso ya estaban Shakespeare o los trágicos
griegos que, por cierto, le gustaban a Marx aunque nunca los tuvo en
cuenta para sus teorías políticas.
Se asocia el nombre de Shostakovich al de víctima moral de Stalin, al de
un músico que vio recortada su inspiración por la estética más bien
burguesa y convencional del secretario general del Partido. Algunos
críticos elogian sus espectaculares sinfonías compuestas durante la II
Guerra Mundial, pero concluyen que Shostakovich perdió su brillo al
convertirse en uno de los símbolos oficiales de la música soviética.
Este argumento se vería reforzado si leyéramos la necrológica de Pravda
, en agosto de 1975, que le presentaba como un leal hijo del sistema
comunista y ejemplo de artista y ciudadano. Sin embargo, en 1979 Solomon
Volkov, un músico ruso huido a Occidente, publicaba un libro en el que
recogía testimonios de Shostakovich que serían tachados en la URSS de
calumnia y falsificación, y ni siquiera el final del comunismo apagó la
polémica. En la Rusia de la década de 1990 –e incluso hoy- muchos se
resistieron a admitir que aquel compositor “oficial” se burlaba para sus
adentros de todas las retóricas del régimen. No se había conformado con
el silencio sino que había adulado al poder para sobrevivir, afiliándose
al Partido en 1960 o siendo uno de los firmantes de un escrito contra
Andrei Sajarov. Alguien tachará esta conducta de arribismo o de
oportunismo, pero en realidad es tan sólo un producto de la sociedad
comunista. Es la actitud de alguien que no quiere ser héroe o mártir,
que ha visto que las represalias del estalinismo han alcanzado a
parientes y amigos, que desea seguir componiendo y estrenando, y que
toma la decisión de disimular para no comprometer su futuro y el de su
familia.
La conducta de Shostakovich podría encajar con lo que el Premio Nobel
polaco, Czeslaw Milosz, expuso en su ensayo El pensamiento cautivo
(1953). Se trata de la técnica del ketman, algo que comprobó el conde de
Gobineau en su destino diplomático de la Persia de mediados del siglo
XIX. ¿Cómo podía sobrevivir en medio de la ortodoxia chiíta un sabio
partidario de la lógica y el racionalismo? No sólo con la mera sumisión
a los dictados de los clérigos chiítas sino convirtiéndose en uno de
ellos y hasta de los más destacados, hasta el extremo de ganar por
completo su confianza. Una vez instalado en la jerarquía, el sabio
racionalista podría ir deslizando entre sus discípulos ideas que se
apartaran de la ortodoxia oficial, no dejando nunca de proclamar su
compromiso con el orden vigente. Milosz afirmaba que esto estaba muy
extendido entre los intelectuales de la Europa comunista, aunque los
grados de ketman variaban de unos a otros, pues, en general, no se
trataba tanto de socavar el sistema –aunque esto fuera una consecuencia
indirecta- sino de sobrevivir y de la mejor manera posible.
Desde esta perspectiva, la música de Shostakovich se nos presenta hoy
ambivalente. Algunos libros nos seguirán diciendo que su Séptima
Sinfonía, Leningrado, es el homenaje a la heroica resistencia de la
antigua capital rusa al nazismo, pero también habrá quien nos recuerde
que la sinfonía había sido ideada mucho antes de la invasión alemana de
1941 y que la repulsa de los enemigos de la humanidad, de la que el
autor habla en sus notas, se refiere en realidad a otros enemigos más
cercanos y que hablaban el mismo idioma. Dimitri Shostakovich, hombre de
carácter tímido y serio, adquiere rasgos irónicos y escépticos, y su
música se convierte casi en un “mensaje cifrado”. El misterio continúa.
Antonio R. Rubio Plo
historiador y analista de relaciones internacionales
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