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Timothy Garton Ash y la
Navidad
Entre los analistas más rigurosos
de la actualidad internacional está el historiador británico y profesor
de Oxford, Timothy Garton Ash, cuyos artículos de The Guardian
son ampliamente difundidos en la prensa mundial. Garton Ash labró
su prestigio estudiando sobre el terreno los últimos meses de los
regímenes comunistas a lo largo de aquel histórico 1989 y no tuvo reparo
en evocar su similitud con las revoluciones de 1848, una oleada de
revoluciones liberales y democráticas que sacudió a los regímenes
autoritarios europeos de aquel momento. Semejante comparación no podía
hacer muy felices a quienes consideraban al comunismo como la etapa
final de la historia y disculpaban las violaciones de los derechos
humanos achacándolos a “errores” personales de los líderes que se
habrían desviado de los dogmas de la ortodoxia marxista-leninista. O
simplemente se limitaban a ocultar los fallos del sistema para no dar
armas a los adversarios. Comparar el comunismo en Berlín, Praga o
Varsovia con las reaccionarias Prusia o Austria del siglo XIX era
inadmisible para muchos, pero los hechos fueron tercos: aquellas
estructuras de poder, construidas tras la II Guerra Mundial, se
derrumbaron ante revueltas y manifestaciones populares.
Han pasado los años y la Europa poscomunista y posmoderna se enfrenta a
nuevos retos que afectan directamente a sus raíces y a su historia. No
sólo en España sino también en otros países europeos triunfa la
corrección política y se intenta arrojar la Navidad cristiana al
basurero de la Historia, por emplear una expresión de Lenin,
dejando únicamente sitio para luces y cintas de colores, regalos y
copiosas e indigestas cenas; intentando convencer a muchos con
argumentos del positivismo y cientificismo del siglo XIX, que sólo
estamos ante tradiciones paganas que fueron ocultadas por el
cristianismo... A este respecto, Garton Ash nos recuerda en un
reciente artículo que recibió una felicitación del embajador británico
en Washington en la que se refiere al Yuletide, el solsticio de
invierno pagano, propio de pueblos nórdicos y germánicos. El historiador
se manifiesta encantado con este término empleado en la felicitación, y
lo ve perfectamente compatible con la Navidad sentimental y anticuada de
Dickens que a él mismo le gusta. Pese a ser británico, creemos
que Garton Ash se equivoca: estará disfrazado por los ropajes
victorianos y los tópicos de un sentimentalismo que considera que sus
historias sólo sirven para emocionarse a lágrima viva, pero Dickens
es un autor cristiano. La compasión que brota de sus historias nace de
un profundo amor a los seres humanos, una moneda nada común en una
Inglaterra decimonónica que había consagrado a veces un individualismo
feroz en nombre del progreso y de un supuesto amor al trabajo. No cabe
imaginar a un Dickens que fuera nostálgico del paganismo céltico,
que a algunos sólo nos evoca bosques sombríos, escudos, espadas y
cuernos de cerveza.
Pese a todo, Garton Ash pide un respeto para los creyentes aunque
él se confiese agnóstico y forme parte de ese innumerable conjunto de
europeos que durante la Navidad participa en ceremonias religiosas y
canta villancicos sin saber –ni creer- lo que canta. La Navidad así se
vacía de contenido, pero sigue teniendo para personas como este
historiador, un aspecto entrañable de unión familiar o de solidaridad,
pero poco más. Este profesor de Oxford no tiene reparo en reconocer, con
el historiador suizo Jacob Burckhardt, que Cristo es “la figura
más bella de la historia del mundo”.
Ambos nunca podrían aceptar, no obstante, a un hombre que es Dios. Desde
una óptica exclusivamente racionalista, tal afirmación se inscribe en la
categoría de los mitos paganos reelaborados por el cristianismo. Sin
embargo, a nuestro juicio Garton Ash se equivoca cuando pide
respeto sólo para los creyentes y libertad de crítica, incluso
desafiante y ofensiva para las creencias. La religión se asemeja de este
modo a la superstición, algo que ha de ser erradicado de las conciencias
de una gente que sin duda será buena, pero hay que reconocer que no está
en sus cabales. Se parece un poco a lo que decían en la antigua Roma: “¡Qué
lástima que éste sea cristiano!”. Además se olvida que ofender las
creencias, en nombre de una ilimitada libertad de expresión, es ofender
a los creyentes que se consideran como tales. Distinguir radicalmente
entre creencias y creyentes equivale a separar la religión de la vida o
en el mejor de los casos esconderla para que nadie la note. Quien crea
en un Dios hecho hombre, no puede imaginar que sus seguidores no quieran
difundir su mensaje en este mundo.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista en Relaciones Internacionales
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