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Tocqueville y los
ciudadanos individualistas
Vivimos en una sociedad posmoderna,
que suele apreciar el pasado sobre todo en forma de best seller
histórico y que no piensa en el futuro pues se imagina vivir en un
eterno presente. Se nos asegura que las ideas no cuentan, que cada uno
tiene las suyas y que filosofía, religión e ideología son términos
equivalentes y situados al margen de lo racional. Cientificismo y
racionalidad como en el siglo XIX: las claves que encierran la vana
ilusión de explicar hasta lo inexplicable. Pero las ideas no han muerto
y leer a ciertos pensadores arroja luz sobre unos tiempos no tan
novedosos como se pretenden. Uno de ellos es Alexis de Tocqueville, un
hombre de origen aristocrático que en el siglo XIX se dio cuenta de la
irresistible ascensión de la democracia, una constante histórica que se
hubiera producido aún sin la Revolución Francesa. El oponerse a ella le
parecía una tarea inútil. Por el contrario, pretendía analizarla hasta
sus últimas consecuencias, y lo demostró en su monumental obra, La
democracia en América. Tocqueville fue de los primeros en darse cuenta
que la libertad podía estar amenazada no sólo por el consabido
despotismo autoritario sino también por el “despotismo blando” de un
Estado que, sin embargo, se presenta a sí mismo como dispensador y
garante de derechos y libertades.
“Ciudadanía democrática”, “ciudadanismo” o “republicanismo” son
expresiones insertadas en determinados discursos políticos y libros de
texto. Irreprochables y políticamente correctas pero un Tocqueville, con
grandes capacidades analíticas y oratorias, no se dejaría llevar por los
fáciles entusiasmos que algunos exhiben en nuestros días. El pensador
francés se daría cuenta enseguida de una paradoja de esta sociedad
posmoderna: se habla a menudo de ciudadanía mas esto no significa
necesariamente una llamada a una mayor participación en la vida
política. La libertad, tal y como la conciben muchas personas, poco
tiene que ver con la vida pública. No es una cuestión de sufragios,
asambleas o representatividades, en la tradición de Grecia y Roma. Esa
sería la “libertad de los antiguos”, por emplear una famosa expresión de
Benjamín Constant en 1819. No es la preferida en una sociedad que se
caracteriza por ser hipercrítica con la clase política. Antes bien, lo
que más valoran muchos de nuestros conciudadanos es la dimensión privada
de la vida, de tal modo que no ha perdido actualidad otra apreciación de
Constant sobre la “libertad de los modernos”: su objetivo es la libertad
en los placeres privados y sólo llaman libertad a las garantías
acordadas por las instituciones privadas a dichos placeres. Mas
Tocqueville llegó pronto a la conclusión de que este contexto social
lleva rápidamente a minusvalorar la vida política y los deberes cívicos.
Es el triunfo del individualismo. La sociedad sólo está compuesta por
una atomización de individuos, de los que Tocqueville diría que “se
imaginan placenteramente que su destino está por completo en sus manos”.
Y por si fuera poco, nuestro autor apreció otra engañosa creencia de su
tiempo y del nuestro: que los asuntos económicos son autónomos de los
políticos y que se bastan a sí mismos. Uno de los regímenes conocidos
por Tocqueville, la monarquía de Luis Felipe de Orleáns, el llamado “rey
ciudadano”, fomentaba esta creencia que sólo lleva a interesarse por el
enriquecimiento personal. Un individualismo burgués del que el ciudadano
estaba ausente. Hoy muchos dirían que mientras la economía vaya bien, lo
demás poco importa. Pero en aquel régimen francés la avidez de riquezas
y la corrupción representaron engañosos espejismos que ocultaban la
revolución que trajo la Segunda República en 1848.
¿Qué se entiende por ciudadanos en una sociedad autocomplaciente y ávida
de bienestar individual? Se nos dirá que estas tendencias no son
incompatibles con el fomento de la tolerancia o la solidaridad. Pero una
cosa es fomentar sentimientos y otra muy diferente adquirir hábitos de
conducta. Las buenas intenciones nunca serán un sucedáneo de la acción.
Tampoco son suficientes para frenar la tendencia al individualismo de
las sociedades democráticas, presentida por Tocqueville hacia 1840: “el
individualismo predispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus
semejantes y a apartarse con su familia y amigos; crea una pequeña
sociedad para su uso y abandona voluntariamente la gran sociedad”.
También advirtió que esta tendencia lleva a arrinconar a los cuerpos
intermedios, lo que hoy conocemos como sociedad civil. El resultado es
un Estado todopoderoso y unos satisfechos ciudadanos individualistas.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales
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