Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Tocqueville y Shakespeare

 

 

 

El 29 de julio de 1805 nacía en el París napoléonico Alexis de Tocqueville, uno de los pensadores políticos más esclarecidos del siglo XIX, y cuyos escritos sirven aún para iluminar el presente y el porvenir. Su origen aristócratico no le impidió discernir los signos de los tiempos próximos: la llegada de una sociedad democrática, tal y como él la había percibido en su estancia en los Estados Unidos en 1831. Sin embargo, Tocqueville, representante de la nobleza del Viejo Mundo, no quería enfrentarse a aquella corriente democrática procedente del Nuevo. Su lucidez le hacía ver que no había que oponerse a la democracia, pero había que saber defender la libertad en la era democrática frente al irrefrenable deseo por la igualdad que afloraría en la futura situación. Sus orígenes y formación le predestinaban para ser un nostálgico, mas, pese a ser gran frecuentador de archivos y bibliotecas, eligió el papel del centinela que escruta las grandes distancias. Frente al éxito inmediato predicado por algunos políticos de su tiempo, como su profesor Guizot, presentía el peligro de exaltar la libertad y carecer a la vez de sensibilidad social.

Tocqueville fue ciertamente el profeta de un brave new world, por emplear la conocida expresión de Shakespeare en La tempestad, aunque no era un utopista, pues, al igual que el escritor inglés, asumía que los seres humanos tienen debilidades y distan mucho de ser perfectos. Sin duda, le llamaba la atención que en muchas cabañas de los pioneros americanos estuvieran, además de la Biblia, las obras de Shakespeare. Con semejante bibliografía, quizás llegara a pensar que no era fácil que cayeran en fatalismos o utopías políticas.

Y es que Tocqueville, pese a pronosticar la ascensión de la democracia, nunca caía en los habituales determinismos o fatalismos, propios de un Hegel y un Marx, y que él calificaba de "doctrinas cobardes". Admitía que los seres humanos puedan estar condicionados, pero en el marco de esas limitaciones reina la libertad humana. No quería la llegada de un nuevo despotismo, esta vez sin aristocracia, y preconizaba una libertad ajena al mero individualismo que nos adormece en los asuntos privados. Antes bien, entendía la libertad como participación y espíritu crítico. Frente a esas doctrinas fatalistas que persisten en nuestras sociedades, de la mano de algunas teorías científicas o por obra de ideologías que gustan de jugar a la "ingeniería social", la lectura de Tocqueville sigue siendo tan estimulante como la de Shakespeare.                                                                                     

                                                                                                                                             

Antonio R. Rubio Plo

30 de julio de 2005

 

 

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