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Mensaje de Benedicto XVI: Individualismo y pragmatismo en la Europa de
hoy
Benedicto XVI no
ha querido caer en el triunfalismo en el 50º aniversario de la Unión
Europea, pese a reconocer sus logros. Antes bien, ha subrayado algunos
rasgos preocupantes de la Europa de hoy: el individualismo y el
pragmatismo. Antonio R. Rubio Plo.
El 50º aniversario de los tratados
de Roma ha dado lugar a la Declaración de Berlín, un documento con el
objetivo de salvar las discrepancias existentes en el seno de la Unión y
fijar una nueva fecha mágica, la de 2009 en la que se celebrarán
elecciones al Parlamento Europeo, a la que se aplazan los problemas
existentes de articulación institucional. Pese a lo que se afirma en
algunos países que ratificaron la Constitución europea, lo más probable
es que un nuevo tratado acabe sustituyendo a un texto nonato que no
encontrará apoyo en todos y cada uno de los Veintisiete. Es
significativo que en la Declaración de Berlín no haya referencias a la
Constitución ni a futuras ampliaciones. Al omitir temas conflictivos al
texto sólo le queda felicitarse por los logros alcanzados en medio siglo
que pasan por la superación de las líneas divisorias en Europa y por una
serie de políticas económicas y sociales.
Sin embargo, Benedicto XVI no ha tenido reparos en hacer algunas
objeciones a la actual deriva del proceso de construcción europea. Como
todos sus antecesores, el Papa es un europeísta convencido, como podían
serlo algunos de los padres fundadores de la Unión que eran católicos
practicantes aunque en su proyecto buscaran el consenso de otros
políticos socialdemócratas y liberales. Coincidían con ellos en que los
nacionalismos excluyentes habían llevado a esas “guerras civiles
europeas” que fueron las dos contiendas mundiales. El problema más
llamativo al que alude Benedicto XVI es el demográfico. Las estadísticas
son irrebatibles, pero lo más preocupante no son tanto las cifras sino
la constatación de que todo esto es consecuencia de la extensión de una
determinada mentalidad: la de un “un peligroso individualismo, que no
tiene en cuenta las consecuencias para el futuro”. Cabe preguntarse
acerca de la siguiente contradicción: en una Europa que nos habla
continuamente de políticas sociales y de solidaridad, ¿por qué florece
el más rabioso individualismo y se configuran tantos “derechos a la
carta”? Algo estará fallando si la solidaridad se reduce en bastantes
personas a dar un número de cuenta corriente para colaborar en una o en
muchas ONGs. A pesar de tantos eslóganes solidarios, en la práctica
parecemos asistir a una concepción de la sociedad propia del liberalismo
manchesteriano: la sociedad no es más que el agregado de los individuos
que la componen. Más nos sorprende todavía que algunos de los más
acérrimos defensores de la idolatría de los derechos individuales –de
todos los colores y generaciones diferentes- se proclamen
socialdemócratas. Quizás algunos llenen así las carencias del marxismo,
puestas de manifiesto tras la caída del muro, pero el resultado es una
“conversión” al individualismo de los tiempos premarxistas.
Benedicto XVI advierte también sobre los riesgos del pragmatismo que se
cultiva en Europa. Es un pragmatismo que se presenta “como
equilibrado y realista”, una mentalidad teñida de relativismo que
piensa que todo es compromiso. Esto también podría calificarse de
acuerdo, transacción, consenso e incluso de búsqueda de paz. Si una
comunidad de valores –y la UE se ha proclamado así aunque no
expresamente en la Declaración de Berlín- se articula en torno a la
obtención de compromisos, estará demostrando que los valores que dice
defender no son estables sino relativos y por tanto, cambiantes y
susceptibles de interpretación y modificación por los gobiernos de
turno. Dice a este respecto el Papa: “¿No es motivo de sorpresa que
la Europa de hoy , mientras quiere presentarse como una comunidad de
valores, conteste cada vez más el hecho de que hay valores universales y
absolutos?”. Todo un contraste con culturas asiáticas o africanas
que están orgullosas de sus valores y no se plantean modificaciones con
fines tácticos. El relativismo de este planteamiento sólo puede traer
como consecuencia para Europa una duda existencial que también termina
por ser esencial: si partimos de lo coyuntural como norma de conducta y
esto no lo hemos hecho en el pasado, esas épocas anteriores se basarían
en planteamientos erróneos o al menos no válidos para el mundo de hoy,
ya fueran de origen griego, romano o cristiano. En el mejor de los
casos, sólo serán piezas de museo que podremos admirar, por ejemplo, en
las correspondientes celebraciones de las capitales europeas de la
cultura. Tales valores no podrán servir de referencia en el momento
presente. Eso también supondrá la negación de que el ser humano tenga
una naturaleza estable y permanente. Si es así, los derechos humanos
serán relativos y serán relativizados por un poder que se creerá
revestido del mesianismo de instituirlos desde arriba y que no soportará
la más mínima objeción de conciencia. No es casual que el Papa afirme
que “hay que salvaguardar el derecho a la objeción de conciencia,
cada vez que los derechos humanos fundamentales sean violados”.
Es posible que muchos europeos actuales no quieran escuchar el mensaje
sobre la libertad de las conciencias que nos dejaron santos cristianos o
políticos romanos, pero al menos deberían prestar atención al mensaje de
Antígona que antepone su conciencia a las arbitrariedades del poder.
Esta muchacha griega debería ser proclamada también patrona de Europa.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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