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Benedicto XVI, sucesor de
Sajarov
Benedicto XVI,
sucesor de Sajarov.
Benedicto XVI es el sucesor de Andrei Sajarov en la Academia de Ciencias
Morales y Políticas de París, un gran sucesor de un científico que
también luchó por la dignidad del hombre y la libertad de las
conciencias. Antonio R. Rubio Plo.
En 1995 el entonces cardenal
Ratzinger fue admitido como miembro asociado extranjero en la Academia
de Ciencias Morales y Políticas de París. Ahora es el primer Papa que
forma parte de este foro académico. En este areópago de más de dos
siglos de existencia sería preciso subrayar un detalle que algunas veces
se olvida: la propia denominación de la Academia es un ejemplo de la
profunda interconexión entre ética y política, que tiende a diluirse
desde el momento en que triunfa una ética individualista que pone la
libertad del individuo como exclusiva medida de todas las cosas. El
vínculo entre ética y política pasa por la búsqueda de lo que
habitualmente se ha conocido como el bien común, que no es ni mucho
menos la agregación amorfa y carente de fundamento de un sinfín de
supuestos bienes individuales. Una institución académica como la
francesa puede ser un lugar de intercambios y debates dirigidos a los
ciudadanos y a los legisladores, tal y como recordara recientemente
Benedicto XVI a una delegación de la Academia que le visitó en el
Vaticano.
Si el Papa Ratzinger sucedió en la nave de la Iglesia a un Papa de la
talla de Juan Pablo II, en la Academia sustituyó a Andrei Sajarov, el
científico que prefirió remplazar la dudosa gloria de ser el padre de la
bomba atómica soviética por el de defensor de la dignidad de la persona
humana. Por eso Benedicto XVI alababa a este otro antecesor suyo en
estos términos: “Esta importante personalidad nos recuerda que, tanto
en la vida personal como en la pública, es necesario tener la valentía
de decir la verdad y de seguirla, de ser libres con respecto al mundo
que nos rodea, el cual tiende a menudo a imponer sus modos de ver y los
comportamientos que se han de adoptar”. A Sajarov se le brindó como
a tantos otros, la alternativa de la “especialización”, algo que no es
exclusivo de los regímenes comunistas sino de todos aquellos sistemas
que creen en las bondades sin límites de todo progreso material. En su
caso, el científico debía limitarse a desarrollar lo mejor posible su
labor. Estaba prohibido hacerse preguntas de carácter ético. Debía
“deshumanizarse” a mayor gloria del llamado progreso científico porque
ya en 1955, cuando Sajarov expresaba sus primeras dudas sobre las
pruebas nucleares, no era aceptable que un particular, por muy
prestigioso que fuera, pretendiera hacer juicios de valor sobre la
actuación del Estado. El uso del arma nuclear era competencia exclusiva
de los políticos y de nadie más. A este respecto, señalaba Ratzinger en
el elogio de su predecesor en la Academia: “Negar la capacidad humana
de juzgar en lo que concierne al hombre en cuanto hombre, es crear un
nuevo sistema de clases y envilecer así a todo el mundo, porque entonces
el hombre no existe como tal”. No es muy diferente la situación en
algunos países democráticos de la vieja Europa, que presumen incluso de
ser democracias avanzadas. En esas sociedades que defienden el
relativismo y el pragmatismo se impone un pensamiento dominante que
niega la existencia de una ética universal y objetiva. En consecuencia,
hay una negación de la libertad de las conciencias lo que, en
definitiva, una negación del propio hombre. No será extraño que personas
de una talla moral comparable a la de Sajarov se vean ridiculizados o
perseguidos, pero esta vez no en Oriente sino en Occidente, que
paradójicamente es cuna de libertades. La conciencia puede rebelarse
bajo todos los regímenes políticos. Estamos acostumbrados a ver esas
rebeliones en tiempos del nazismo y del comunismo pero lo llamativo será
verlas en regímenes que contienen en sus constituciones un largo elenco
de libertades formales. Mas esos regímenes pueden sentirse amenazados en
esos mismos fundamentos si en sus respectivas sociedades se extiende un
nihilismo banal, una expresión debida al filósofo americano
Richard Rhorty, cuyo ideal es una sociedad liberal en la que no existen
valores y criterios absolutos: el único objetivo a alcanzar es el
bienestar material.
Sajarov sigue siendo un ejemplo para el mundo de hoy. Benedicto XVI
recordaba su trayectoria a sus colegias de la Academia en estos
términos: “Bajo el régimen comunista, su libertad exterior estaba
limitada, su libertad interior, que nadie le podía quitar, lo autorizaba
a tomar la palabra para defender con firmeza a sus compatriotas, en
nombre del bien común”. Tendrán que sonar hoy también voces para
defender la auténtica libertad del hombre, no una caricatura de libertad
que se reduzca a hacer todo lo que es materialmente posible sin ningún
tipo de límites y sin criterios de valor. Entre esas voces sucesoras de
Sajarov se encontrará siempre en lugar destacado el Papa Benedicto XVI,
miembro asociado extranjero de la Academia de Ciencias Morales y
Políticas de París.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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