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Centenario de Enmanuel Levinas: el filósofo de los otros
Enmanuel Levinas, filósofo judío de nacionalidad francesa, aunque nacido
en Lituania en enero de 1906, está considerado como uno de los
principales representantes del personalismo, una corriente no exclusiva
de pensadores cristianos, tal y como demostrara el propio Juan Pablo II
al recibir a Levinas en su residencia veraniega de Castelgandolfo. La
obra de este autor es tan compleja como enciclopédica. Toda su vida se
moverá entre la razón y la revelación, pues el filósofo también se
sentía orgulloso de considerarse un fariseo, casi un doctor de la Ley y
un sobresaliente intérprete del Talmud en la lengua francesa. Al mismo
tiempo se interesará por el cristianismo, a partir de la lectura directa
del evangelio, y compartirá con los cristianos amistad y fraternidad. Le
unirán a ellos bastantes ideas, si bien reconocerá que no podía
compartir ninguna creencia.
Levinas se acerca al cristianismo, yendo más allá de esas imágenes de la
memoria colectiva que relacionan a esta religión con la persecución de
los hebreos. Este acercamiento es fruto, sin duda. de sus múltiples
lecturas. No olvidemos que su padre era librero. Su niñez y adolescencia
se vio trágicamente alterada, cuando tuvo que huir de Lituania con su
familia tras la ocupación de este territorio por los alemanes durante la
I Guerra Mundial. Se refugiarán en Ucrania; y Levinas estudiará en el
instituto de Jarkow, donde entró en contacto con las obras de los
grandes clásicos rusos del XIX: Pushkin, Turgueniev, Tolstoi o
Dostoievski, unos escritores en los que siempre hay un trasfondo
cristiano aunque sus grados de creencia o de ortodoxia sean muy
diversos. De Dostoievski siempre me ha impresionado una de sus
reflexiones, contenida en una conferencia sobre Pushkin que pronunció
meses antes de su muerte: “”¿Acaso puede una persona fundar su felicidad
sobre la desdicha de otra?”. Esta y otras cuestiones planteadas por el
novelista ruso debieron de influir en el pensamiento de Levinas, al que
bien podría llamarse el filósofo de los otros. Si para Sartre, estricto
contemporáneo del filósofo judío, el infierno son los otros, para
Levinas es la propia existencia humana la que no puede concebirse sin
los otros. Ve en el rostro del otro –porque el otro es un cuerpo
concreto, no una teoría abstracta- una llamada a salir de la cárcel no
sólo del egoísmo o de la indiferencia sino también de la identidad y la
subjetividad. Aquí las ideas de Levinas se dan de bruces con cierta
mentalidad hoy imperante: muchos compartirían su rechazo del nazismo y
asentirían sobre sus postulados altruistas, pero muy diferente es
aceptar la invitación del filosofo a salir de la identidad y la
subjetividad para ir al encuentro del otro... Incluso sería considerado
como un modo de alineación y de renuncia a la propia libertad, pues en
estos tiempos de globalización hay toda una pasión casi fanática por la
identidad, que no pocas veces contradice la tan cacareada solidaridad.
Ni que decir tiene que Levinas es un filósofo de la universalidad, no a
pesar de ser judío –como algunos pudieran pensar- sino precisamente por
su condición de hijo de Israel. De hecho, en uno de sus libros reprocha
a Spinoza, aquel influyente racionalista de origen judío, que hubiera
ocultado la dimensión universalista de la Biblia al reducir la imagen
del judaísmo a una religión tribal.
¿Levinas busca en el otro a Dios? En cierto modo, pero el rostro del
otro no es, en sus teorías, el de un Dios encarnado, como en el
cristianismo. Levinas confiesa haberse sentido impresionado por los
reproches del Dios Juez a aquellos que no supieron verle en los
hambrientos, indigentes o encarcelados (Mt 25, 42-43), algo que él
identifica con la tradición de los profetas de Israel que claman en
defensa del pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero. Sin embargo,
el filósofo afirma: “La verdadera correlación entre el hombre y Dios
depende de una relación de hombre a hombre, de la que el hombre asume la
plena responsabilidad como si Dios no contara”. Por tanto, lo importante
no es afirmar la propia identidad, interrogarse sobre el ser o no ser,
sino preocuparse por el otro. Sin embargo, con este planteamiento, el
Dios de Levinas termina por ser él, alguien que está distante del
hombre; no es el tú del cristianismo, una peculiaridad esencial que le
distingue de otros monoteísmos.
Antonio R. Rubio Plo
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