Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Centenario de Lewis Wallace, autor de Ben-Hur: Una ley sin amor y un amor sin ley

 

 

 

No es el centenario de la muerte de Lewis Wallace (1827-1905), militar y político norteamericano, una de esas efemérides que llamen la atención de los medios. El autor de Ben-Hur es recordado, sobre todo, en su Indiana natal, en libros y sitios web en que se habla de la guerra entre nordistas y sudistas, en la que participó; o donde haya referencias a la crónica turbulenta del entonces territorio de Nuevo México, cuando el gobernador Wallace escribía su famosa novela en su residencia de Santa Fe y al mismo tiempo estaba preocupado por negociar la rendición del no menos célebre bandolero Billy the kid, tarea en la que no tuvo éxito aunque desde aquel 1880, sí obtendría el favor de varias generaciones de lectores con Ben-Hur.

 

Al hablar de Wallace, pesan poderosamente las imágenes de la infancia de muchas personas: libros de colecciones juveniles con profusión de ilustraciones, unas adaptaciones que eliminaban partes sustanciales de las inquietudes estéticas, filosóficas o religiosas del autor; y pesan sobre todo las imágenes del Ben-Hur cinematográfico identificado con Charlton Heston: la época dorada de los estudios romanos de Cinecittà con sus reconstrucciones interiores de la carrera de carros en el circo de Antioquía, de la Jerusalén de palacios fastuosos e intrincadas callejuelas, o de la gran batalla naval contra los piratas. La “historia de los tiempos de Cristo”, el subtítulo que dio Wallace a su libro, quedaba forzosamente en un segundo plano.

 

Años después hemos podido, sin embargo, tener acceso a versiones íntegras en castellano de Ben-Hur, en la cada vez más saturada sección de novelas históricas de las grandes superficies o de forma más cómoda entregando el cupón correspondiente al adquirir periódicos que nos anuncian colecciones “definitivas” de aquello o de lo otro. Al leer la novela, se puede comprobar que Wallace era hombre de inquietudes religiosas y éticas, alguien que creía que el ser humano ha de tomar decisiones en las que ha de reflexionar sobre el eterno dilema del bien y del mal, una cuestión que muchos hoy resuelven con la habitual muletilla de “mientras no haga daño a otros...”. De esto se infiere que lo único importante es lo que yo decido más o menos libremente: que mi decisión pueda hacerme daño a mí mismo en un futuro más o menos próximo, no es relevante. ¡Viva el presente! Nada de aguafiestas –sólo son una opinión más- para mi espontaneidad que identifico con la suprema felicidad.

 

El oscarizado Ben-Hur de William Wyler se olvidaba de los conflictos morales que se desataban en el protagonista, indeciso ante los dotes de seducción de Iras, la egipcia de ojos inquietantes y labios carnosos, que podían apartarle de la judía Esther, igualmente bella aunque más tierna e infantil. Iras sería eliminada del guión, al igual que la visita de Judá Ben-Hur al bosque de Dafne en Antioquía, lugar paradísiaco de la religión pagana, con sus sacerdotisas de Apolo, música de flauta y panderetas, olores de perfumes y especias... Miles de personas acuden en tropel a sus fiestas y allí se les invita a quedarse en nombre de la felicidad y, por supuesto, del amor, pues lo único que importa es el hoy. Llega un momento en que Lewis Wallace no puede contener su indignación e irrumpe en el relato con sus reflexiones. Es de los que reconocen que todo credo religioso merece un respeto, mas está persuadido de que en el bosque de Dafne no hay religión alguna, ni exaltación mística ni elevada filosofía y tampoco un sentido profundo del amor. Hace aflorar el temperamento de judío creyente de su personaje y le hace afirmar que allí sólo existe un amor sin ley. La irritación del autor es tan notoria como su desdén por el paganismo griego, de modo que en la Antigüedad sólo salvaría a los pueblos de la ley de Moisés y de la ley de Brahma, algo expresado en esta frase lapidaria: “Mejor una ley sin amor que un amor sin ley”.

 

Wallace se demuestra así indiscutible heredero de la tradición calvinista de su país, del puritanismo llegado de las costas de Nueva Inglaterra a territorios como su Indiana natal; y en este punto no debemos temer enmendarle la plana al autor de Ben-Hur. Una ley sin amor nos condena al terreno asfixiante de la religión de los preceptos en la que las cosas son buenas porque así lo ha dispuesto Dios, pero no es menos cierto que podía haber decidido lo contrario. La idea de un Dios que no es amado sino únicamente temido abre el camino al fatalismo, que tan enemigo se muestra de la libertad humana. Tampoco es cuestión de creer en el amor sin ley, por mucho que éste se revista de supuestos altruismos o de retóricas de “sencillez”, o lo que es peor: llegue a identificarse con el mismo Cristo. Cristo no suprime la Ley y los profetas, no sustituye el Antiguo por el Nuevo Testamento. Antes bien, le da plenitud por medio del amor. El amor y la ley divina no son incompatibles en el cristianismo. ¿Pueden serlo en una religión en la que Dios se presenta como Padre?

 

Antonio R. RUBIO PLO

  

 

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