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Creer y amar en Polonia
El viaje apostólico de Benedicto XVI a Polonia ha sido algo más que una
peregrinación emocionante a la tierra y al recuerdo de Juan Pablo II: ha
sido también una llamada a la confianza del actual Pedro a su grey de
Polonia. Hay quien piensa –aunque pocos lo digan en voz alta- que la
Polonia católica está entrando en la Historia, que las epopeyas de la
resistencia al nazismo y al comunismo pertenecen a otro siglo y que, por
una fatalista ley de un supuesto progreso, ha llegado ya el tiempo del
bienestar material ligado al oscurecimiento o a la pérdida de la fe
cristiana. Pero Benedicto XVI no ha hecho en sus intervenciones en
Polonia ninguna alusión directa a todo esto. El Papa de la sencillez y
la claridad huye de las comparaciones históricas, acaso porque él es el
representante del Señor de la historia, esa medida del tiempo que no
tiene rasgos divinos y no debería escribirse con mayúsculas a la manera
hegeliana, por no decir marxista. Por el contrario, el Papa ha hecho una
llamada a la fidelidad de los cristianos polacos, lo único importante en
cada momento histórico. Y la auténtica fidelidad pasa por las
coordenadas de creer y amar, inseparables en la existencia de cualquier
cristiano, pues ellas son el fundamento de su esperanza. Creer y amar
eran un mandato implícito contenido también en la despedida de Juan
Pablo II en su último viaje a su patria (agosto de 2002), cuando
exhortaba a sus compatriotas a dejarse siempre llevar de sentimientos de
misericordia, de solidaridad fraterna y dedicación al bien común
En nombre de la fidelidad al mensaje cristiano, el Papa criticó en
Varsovia, en su homilía de la plaza Pilsudski, el relativismo que pasa
la fe por la criba de “la situación histórica y la valoración humana”.
Puede que algunos cristianos se aferren en esa coyuntura a una mera
aceptación de las verdades de la fe: “los misterios de Dios, del hombre,
de la vida y la muerte, de las realidades futuras”. Mas se quedarían en
lo abstracto, en lo teórico; olvidarían que en el cristianismo la ley y
el amor van juntos. En el cristianismo la ley no puede reducirse a una
simple manifestación de poder o de autoridad, a algo que sólo sirviera
para marcar una distancia infranqueable entre Dios y los hombres. No
basta con creer: los hombres de la antigüedad clásica decían creer en
sus dioses, tenían una vida religiosa marcada por festividades,
ceremonias y ofrendas... Cumplían con lo dispuesto en sus leyes
religiosas, hacían de su credo una religión de los preceptos, pero en
realidad muchos no creían en aquellos dioses aunque pocos se atrevieran
a proclamarlo porque habrían sido considerados como peligrosos
perturbadores del orden social y político. Pero lo que fue
verdaderamente perturbador fue el surgimiento de una religión que exigía
la acomodación de la propia conducta a la fe, y se explica así la
persecución de los cristianos por las autoridades romanas. Cristo no se
conformaba con ser una divinidad más del panteón de Roma. Esta idea la
subrayó el escritor polaco Henryk Sienkiewicz en su novela Quo Vadis,
tan apreciada por Juan Pablo II.
Las verdades de la fe no son algo sólo para adherirse: hay que vivirlas.
Tras escuchar los mensajes del Papa en Polonia, habría que recordar que
lo importante no es ser un polaco católico sino un católico polaco. Esta
es la auténtica prioridad, y es algo aplicable al católico de cualquier
otro país. Después de escuchar a Benedicto XVI en la tierra del Papa
Wojtyla, no nos extrañará que algunos consideren la encíclica Deus
caritas est como un programa de su pontificado. De ahí que en la
homilía de Varsovia pusiera el acento en estas palabras evangélicas (Jn
14, 15): “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Y los mandamientos
que lo resumen todo son los del amor a Dios y al prójimo. Benedicto XVI
lo recordaba esta cita en la que hay que “amar a (Dios) con todo el
corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y a amar al
prójimo como a sí mismo” (Mc 12, 33). Habría que recordar en
estos tiempos cargados de tensiones en la vida política y social –en
países europeos como Polonia- que un cristiano fiel al mandato de Cristo
ama a los que le rodean: amigos y enemigos, creyentes y no creyentes...,
pues sabe que el trigo y la cizaña crecen juntos y que el recurso
aparentemente sencillo de arrancar la cizaña, puede llevar a arrancar
también el trigo (Mt 13, 29). Un cristiano fiel, “firme en la fe”
–como subrayaba Juan Pablo en la Polonia expectante de 1979- intentará
hacer realidad el mandato cristiano de creer y amar que hace visible el
rostro de Cristo. Lo señalaba el Papa Ratzinger en su homilía de
Cracovia: “haciendo bien al prójimo y mostrándoos solícitos por el bien
común, dais testimonio de que Dios es amor”.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de Relaciones Internacionales
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