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Ecos de Auguste Comte:
¿Orden y progreso en Brasil?
El 5 de septiembre de 1857 fallecía
en París Auguste Comte, el fundador del positivismo, el hombre que desde
un racionalismo cartesiano evolucionó a una metafísica seudoreligiosa,
extraña caricatura del cristianismo. Un ejemplo más de cómo adherirse a
filosofías mitificadoras del progreso puede desembocar en enormes dosis
de irracionalismo o fanatismo. Cuando se tienen fervores casi religiosos
por crear un mundo perfecto o mejor dicho, un hombre perfecto, los
resultados son tan decepcionantes como trágicos, por muy buenas que sean
las intenciones: los seres humanos son limitados. Recordarlo no es
oponerse al progreso sino tan sólo reiterar que la pasión por los
“perfeccionismos” lleva a veces a experimentos de ingeniería social
incompatibles con la libertad humana. Sin ir más lejos, Comte aprueba el
golpe de Estado de Napoleón III en 1851, que acaba con el régimen
parlamentario, por creer que así el progreso llega a Francia. ¿Quién se
lo iba a decir a un republicano como él? Las prisas siempre son malas
aunque sean para el advenimiento de la “perfección”.
El pensamiento de Comte influyó en el siglo XIX en corrientes muy
dispares como el pragmatismo de los países anglosajones o el krausismo
español, sin olvidar su arraigo en círculos políticos e intelectuales de
nuevos países de Sudamérica como Argentina, Chile o sobre todo Brasil.
En este último país la influencia positivista explica no pocas cosas
sobre su evolución histórica. Es llamativo el lema que figura en la
bandera, “Ordem e progresso”, una enseña adoptada el 19 de
noviembre de 1889, cuatro días después de la proclamación de la
República, consecuencia de un pronunciamiento militar que puso fin al
reinado del emperador Pedro II. Lo más curioso es que durante los cuatro
días anteriores la nueva bandera brasileña había sido una simple copia
en verde, amarillo y azul de las barras y estrellas estadounidenses.
Desapareció de un plumazo y fue sustituida por la actual enseña de la
esfera que representa estrellas y constelaciones que, según un artículo
de la presente Constitución, correspondían al cielo de Río de Janeiro en
el día en que triunfó la República. Se diría que los fundadores del
nuevo régimen miraban no tanto al coloso norteamericano, aunque las
estrellas simbolicen los veintisiete Estados, sino a las modas políticas
e ideológicas procedentes de Francia. No había surgido el sistema
republicano de la nada sino que había sido alumbrado en las academias
militares. Si en el siglo XIX la revolución industrial y científica
había perfeccionado como nunca los armamentos, era comprensible que en
algunas mentes militares arraigara el culto al progreso de la mano de la
técnica. Escuelas, instituciones o academias añadirían en muchos lugares
los calificativos de “politécnicas”, término cargado de magia y
simbolismo. El espíritu de Saint Simon, uno de los maestros de Comte, lo
invadía todo y proclamaba el fin de épocas oscuras de metafísicas,
religiones y filosofías. No es extraño, por tanto, que a partir de la
década de 1850 la fe positivista se fuera difundiendo entre profesores y
alumnos de diversas instituciones de Río de Janeiro: la Escuela Militar,
la Escuela de Marina, el Colegio Pedro II, la Escuela de Medicina, la
Escuela Politécnica... No es casual tampoco que uno de aquellos
profesores llamado Benjamin Constant Botelho de Magalhaes, nombre
bastante revelador de su francofilia y de sus propósitos, fuera uno de
los diseñadores de la bandera republicana brasileña. Al poco tiempo este
militar sería nombrado ministro de la Guerra. Pero sería simplista creer
que la República triunfó sólo por una minoría organizada y decisiva: la
burguesía brasileña, atenta también a las modas de París, había
abandonado desde hace tiempo al emperador. La caída del régimen
monárquico era cuestión de tiempo y en poco más de veinte años, otro
pronunciamiento militar, de similares objetivos, terminó también con la
monarquía en Portugal.
Pero volvamos al “orden y progreso”, insertos en la enseña de
Brasil. Es una versión simplificada de esta cita de Comte: “El amor
por principio, el orden por base y el progreso por fin”,
correspondiente a su Curso de filosofía positiva (1826). No deja
de ser curioso que el amor haya desaparecido del lema, a lo mejor por
falta de espacio o simplemente por no adaptarse del todo a la fe en un
Estado filantrópico y todopoderoso, consecuencia obligada del
positivismo supuestamente transformador del mundo. Por lo demás, la
filosofía de Comte y todos sus sucedáneos cientificistas se ajustan a
los experimentos de ingeniería social –y los países de Sudamérica los
han conocido y los siguen conociendo-, y son caldo de cultivo para los
populismos de todo signo. Cualquier fanático de la llamada filosofía del
progreso aborrecerá los parlamentos, las elecciones democráticas que
reducirá a pura formalidad, desconfiará de las iniciativas sociales que
no tengan la confianza del Estado benevolente... El pensamiento de Comte
aplicado a la política tiene mucho que ver con el jacobinismo o con una
concepción de la política que sitúa al presidente y a su pueblo en un
continuo diálogo sin intermediarios molestos. No puede extrañarnos esto
porque un Comte creía en el inevitable advenimiento de la edad positiva.
Por el bien de la humanidad, estaba permitido forzar la máquina de la
Historia y alcanzar el eterno presente de esa edad de oro. En este
sentido, la historia brasileña está llena de experimentos políticos como
el Estado Novo de Getulio Vargas (1930-1945), pero también el
régimen surgido del golpe militar de 1964, calificado de “revolución
anticomunista”. Todos ellos implantaron un orden con el que se quería
llegar al progreso.
Un economista brasileño, Stephen Kanitz, ha resaltado que el orden no
precede necesariamente al progreso, como señalaba la filosofía de Comte.
Antes bien, el orden puede suponer un reglamentarismo exagerado y una
coacción sobre las iniciativas individuales. Cabría añadir que un
determinado orden es la expresión de un Estado que pastorea “animales
pacíficos y laboriosos”, en expresión de Tocqueville. Por tanto, hay
órdenes que están claramente para el progreso porque inmovilizan las
energías sociales. De ahí que Kanitz considere que el error de Brasil –y
de otros países- ha sido invertir el proceso: es el orden el que sucede
al progreso, y no al revés.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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