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En la Aljafería de Zaragoza:
nudo gordiano y prudencia política
Octubre es uno de los meses más indicados para visitar Zaragoza.
Festividades y aglomeraciones de gente encierran también una oportunidad
para detenerse en los variados monumentos de la capital aragonesa,
reflejo de un rico pasado romano, árabe, medieval, renacentista o
barroco, sin olvidar tampoco los indicios y perspectivas de futuro que
encierra la ciudad gracias a su privilegiada ubicación. Un edificio
aglutinador de historia es el palacio de la Aljafería, residencia de los
reyes musulmanes de Zaragoza en el siglo XI, y, sin duda, el monumento
árabe más antiguo de Europa Occidental. Construcción de variados estilos
y destinos: sede de la Inquisición y cuartel, pero también palacio de
monarcas medievales aragoneses que conocerá su mayor esplendor con los
Reyes Católicos, expresión del último gótico y primer renacimiento.
Esa parte del palacio, de los tiempos de Fernando e Isabel, tiene una
escalinata que sólo puede bajarse despacio y con una cierta
desenvoltura. En aquella época circulaba la creencia de que la
escalinata servía para distinguir a un noble de quien no lo era. En
cualquier caso, toda prisa imprudente nos asegura un traspiés, y esto
nos recuerda que también pueden darse tropiezos en otros aspectos de la
vida, privada o pública, si se omite la necesaria prudencia. Lo pensé
tras observar en los techos de la escalinata y en las salas contiguas
los bien conocidos símbolos de los haces de flechas y el yugo,
acompañados del nudo gordiano, un emblema ligado a la historia de
Alejandro Magno. Además aparecía la conocida divisa Tanto monta, que
muchos suponen una expresión de que los poderes de Fernando e Isabel
eran equivalentes. Idea equivocada, pues alude al nudo gordiano, que
debía desatar un futuro conquistador de Asia, pero Alejandro no pudo
hacerlo, y entonces no vaciló en cortarlo de un certero y único tajo de
su espada. De ahí que el Tanto monta signifique que tanto da cortar el
nudo como desatarlo.
Esta divisa nos recuerda que en 1492, y en gran parte de los
siglos venideros, que la Historia podía servir de materia prima para la
reflexión política. Con todo, el lema expresa ambigüedad y suele ser
tachado de maquiavélico. Pero no se trata de defender la razón de
Estado, la “razón de establo” de la que hablaba otro aragonés, Baltasar
Gracián, un admirador del Rey Católico. Antes bien, podríamos ver el
tanto monta como un ejemplo de determinación ante la alternativa de
deshacer el nudo o irse cabizbajo. La pasividad nunca es una opción
aunque en nuestros tiempos posmodernos se presente como tal. La medida
de las decisiones políticas ha de ser la prudencia, pues como decía
Gracián: “No fue afortunado Fernando sino prudente”. Sin embargo,
en política asistimos desde hace mucho tiempo a la aparición de
gobernantes que lo fían todo a la fortuna, el azar o la buena suerte,
aunque no necesariamente recurran a los astrólogos como hicieron algunos
presidentes franceses del siglo XX. Si se cree mucho en la fortuna, se
acaba cayendo en un cierto mesianismo al compás de la propia egolatría.
Se urden así grandes proyectos para cambiar la sociedad, el mundo o unos
cuantos kilómetros cuadrados, y no se sabe dónde empieza – o dónde
termina- el afán de poder o el gusto de pasar a la Historia.
Paradójicamente esos gobernantes no suelen conocer a fondo los hechos
del pasado, si acaso una versión mitificada o partidista de los mismos.
No aceptan la Historia –y se dan de bruces con la razón- porque en el
fondo piensan que eso atenta contra su propia libertad de decidir. Hacer
caso de los ejemplos históricos les resultarán siempre inaceptable
porque están convencidos que vivimos en la mejor de las épocas y... en
el mejor de los mundos.
¿Tendremos que pensar que la prudencia, tan alabada por Gracián, ha
huido de la acción política? ¿Habrá que pensar que la prudencia ha sido
sustituida por la astucia, tránsito obligado de engaños y
manipulaciones? A este respecto, decía Gracián: “Vulgar agravio de
la política es confundirla con la astucia, no tienen algunos por sabio
sino al engañoso, y por más sabio al que más bien supo fingir,
disimular, engañar, no advirtiendo que el castigo de los tales fue
siempre perecer en el engaño”. No es un buen camino la doblez
para abordar las grandes cuestiones políticas, sociales o de otro tipo.
Así no se deshacen –ni se cortan- los nudos gordianos.
Antonio R. Rubio Plo
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