Fe, Razón e Historia

21 mayo 2006

 

 

Eugenio Zolli, 50 años después:

una nostalgia de Dios

 

 

 

El 2 de marzo de 1956 fallecía en Roma Eugenio Zolli, el hombre que una década antes era conocido como Israel Zolli, el gran rabino de la sinagoga romana, y que se había bautizado con el nombre de Eugenio, en señal de gratitud hacia Pío XII, el Papa Pacelli, que contribuyó a salvar del nazismo a muchos judíos romanos y sobre cuya figura todavía no se habían desencadenado las fuertes tempestades de una sospecha y maledicencia que todavía perduran. La opción de Zolli por el cristianismo le acarrearía muchas amarguras e incomprensiones en los últimos años de su vida: había encontrado a Cristo pero con él le llegaba también la cruz. Como en los casos de otros judíos conversos, el nombre de Zolli pasó a ser innombrable para los que un día habían sido sus correligionarios. La posición del antiguo gran rabino no dejaba de ser incómoda: era un gran conocedor de las Escrituras, y había sido profesor de la universidad de Padua y rector del gran colegio rabínico italiano.

 

Aquel escudriñador del Antiguo Testamento, tanto en la forma como en el fondo, vivió el cristianismo como una plenitud del judaísmo, mas en la Italia de 1950, como en otros lugares del mundo católico, todo lo judío seguía siendo bastante desconocido para los cristianos. Siglos de incomprensión y hostilidades mutuas no habían transcurrido en vano. Si a esto se añade la ruptura de los lazos de Zolli con la comunidad judía, el resultado no podía ser otro que un tremendo camino de soledad en lo humano, aunque las esferas familiar e intelectual todavía pudieran ofrecerle algunos consuelos palpables. No viviría, sin embargo, esta última etapa vital desde la tristeza sino desde la serenidad, desde una profunda alegría del corazón, que está presente en su autobiografía, Before the dawn, publicada en 1954 en Estados Unidos, pero que ha tardado medio siglo en aparecer en Italia.

 

Mi encuentro con los textos de Zolli se produjo hace más de quince años, cuando descubrí en un puesto de libros antiguos la primera edición española de su obra Christus, publicada en 1948. De aquel libro lo que más me podía interesar no eran sus ensayos de filología bíblica sino la historia de su conversión, pero no había muchos detalles externos, ni mucho menos un relato continuado, sino unos esbozos de diario íntimo, de una profundidad intemporal en los que afloraba con toda energía un profundo deseo de Dios, traducido en una búsqueda de Cristo. Pocos años después, encontré en una revista italiana un artículo en el que se denunciaba la incomprensión y el olvido hacia la figura de Zolli, un convertido acaso incómodo, dados sus orígenes. No tuve ninguna referencia más del autor hace cuatro años, cuando apareció una biografía en francés que contaba con detalle la historia del rabino que se rindió a Cristo.

 

Fue la atracción definitiva, la que me llevó a convertirle en uno de los personajes de mi libro Vidas romanas. Treinta y tres personajes de la Roma eterna. Intenté –nunca sabré si con mucho acierto- meterme en la mentalidad de Zolli, con su eterna nostalgia de un Dios que se hace presente en Jesús.

 

Escribí un capítulo, en primera persona, en que le presentaba como un buscador insatisfecho con una visión de la fe basada en la tradición o en la costumbre. Esa fe termina siendo formalista y vacía de contenido, pues el formalismo es el mayor enemigo de un Dios personal y cercano al hombre. Después he podido leer su autobiografía y comprobar una vez más que en la crónica de toda conversión, la fe surge como un acto gratuito de la misericordia divina. Se puede pedir la fe para uno mismo o para otros, pero al final es cuando Dios quiere y, sobre todo, como Dios quiere. No siempre será una luz fulgurante en el camino de Damasco: bastará un soplo ligero o simplemente una acción divina que se apodera de la mente y del corazón, como dicen que le sucedió a Francisco de Asís, cuando regresaba de celebrar un banquete con sus amigos.

 

Eugenio Zolli nos ha transmitido que la experiencia religiosa no es el resultado de sesudas reflexiones, de pacientes búsquedas, ni mucho menos de la lógica humana. Surge de forma natural, por un deseo de buscar a Dios, por una indefinida nostalgia que hace al hombre trascender su propia realidad material. Zolli subraya que este anhelo es muy propio de la fe judía. Es cierto y no es difícil apreciarlo en los salmos, con toda su riqueza de expresivas imágenes de ciervos que buscan fuentes, de golondrinas que encuentran nidos o de tierras secas que esperan el agua. El monoteísmo de Israel –nos recuerda

Zolli- no es fruto de la mente sino de un corazón en llamas.

 

Cabe añadir que no dirían otra cosa diferentes grandes místicos cristianos como Juan de la Cruz o Edith Stein, dos carmelitas que beben en los limpios manatiales de las Escrituras. Se entiende también el profundo amor que siente Zolli por el judaísmo y por el cristianismo. ¿Qué auténtico cristiano se atrevería a abolir la Ley y los profetas, si el propio Jesús vino para darles plenitud (Mt 5, 17)?

 

Antonio R. Rubio Plo

 

 

Página principal

darfruto.com