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En la muerte de Henri
Troyat:
Rusos y otros seres
humanos
Reflexión sobre un
gran escritor francorruso que mira con ojos comprensivos a los
personajes de su universo histórico y literario que transcurre por los
caminos de la Rusia eterna.
Antonio R. Rubio
Plo.
A los noventa y cinco años, y sin
abandonar hasta el último momento su compulsiva labor creadora, ha
fallecido Henri Troyat, el seudónimo de Lev Tarassov, escritor ruso de
origen armenio que durante más de seis décadas ha sido una de las plumas
más valoradas por el público francés. Su vida personal se confunde no
sólo con la de Francia en el siglo XX sino sobre todo con la de su
patria de origen: una Rusia que va más allá de los límites espaciales y
temporales para hacerse eterna en la evocación histórica. Tarassov llegó
a Francia con tan sólo nueve años y en su infancia y adolescencia sacó a
flote el coraje necesario para empaparse de la historia y cultura de su
país de adopción, algo que no todos los exiliados rusos supieron hacer
pues se convirtieron en prisioneros de la nostalgia, en personas que
envejecieron pensando en que la próxima Pascua ortodoxa la celebrarían
en la tierra que abandonaron precipitadamente con el triunfo del
leninismo.
Pero la Rusia evocada por Troyat, seudónimo sugerido al escritor por un
directivo de las ediciones Plon, terminaría por formar un universo
enciclopédico de zares, zarinas, políticos, aristócratas, aventureros,
escritores, compositores.... Catalina la Grande, Alejandro I, Nicolás II,
Rasputin, Pushkin, Gogol, Dostoievski, Tolstoi, Gorki, Pasternak,
Tchaikovski... La lista de biografías no se agota en estos nombres ni
tampoco el de novelas históricas. Se diría que Troyat escribía y
escribía sin parar, siendo octogenario o nonagenario, para transmitir al
gran público el inmenso legado de la Rusia anterior a 1917 o incluso de
la posterior que no se resignaba a ser absorbida por la propaganda del
nuevo mesianismo materialista. Nunca volvió a Rusia, ni siquiera tras la
caída del comunismo. Acaso tuvo el temor de que la Rusia descrita en sus
libros ya no existiera o quizás pretendió perpetuar sus recuerdos de
niño que paseaba por su padre junto al Kremlin en su Moscú natal. Por
entonces los ecos de la gran guerra europea estaban lejanos y las
tormentas de 1917 aún no se habían desencadenado.
Troyat llego a escribir de sí mismo que su vida transcurría entre las
nubes rusas y la tierra firme francesa. Llegó a ser un cronista de Rusia
que se expresaba en francés, pero en ningún caso sus relatos eran
superficiales y distantes. El secreto de su éxito era el hacerse
cercano, meterse en la piel de sus personajes y procurar entender sus
sentimientos y reacciones. Adquiría así la capacidad de comprenderlos y
en cierto modo de disculparlos por muy turbulentas que hubieran sido sus
vidas. La clave para entender a muchas personalidades históricas –y
también a mucha gente corriente de todas las épocas- es su
desgarramiento, su incapacidad para aceptarse y asumir sus limitaciones.
Son muchos los que han caído –y siguen cayendo- en la misma trampa:
afirmar su poder imponiéndose sobre los demás de forma tiránica. Es una
dinámica que también se repite en nuestros días: muchos no se atreven a
ser buenos, a hacer aflorar sus buenos sentimientos... Se les ha vendido
la idea de que hay que ser frío e implacable; hay muchos malos de pose
que prefieren ir contra su propia conciencia porque es la única manera
de no ser rechazados. Lo vemos en bastantes personajes de Troyat pero
también lo recalcó un siglo antes el propio Dostoievski.
Henri Troyat pudo cultivar un estilo profundamente humanista gracias a
la tranquilidad de su refugio literario y al apoyo de su mujer. Su
tiempo era para el trabajo, la investigación, los ensueños... Atrás
quedaban sus primeros años de penurias y sufrimientos, y de los que sólo
pudo librarse por medio de la literatura. Pero su plácida vida de
escritor no le impidió hacer una reflexión que en nuestras sociedades
acomodadas tiende a olvidarse: en la existencia humana “la partida
nunca está ganada”, las situaciones en apariencia más sólidas pueden
derrumbarse como si se tratara de un castillo de naipes. Para uno, esto
es fatalismo; para otros, el testimonio de una sabiduría que no quiere
enquistarse en lo puramente material.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de
Relaciones Internacionales
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