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Junto a la cruz de
Liébana
Belleza,
pintoresquismo, naturaleza... Estas expresiones son un vano intento de
describir los atractivos del valle de Liébana, en el sector cántabro de
los Picos de Europa, que se ven hoy acrecentados por la llegada de miles
de personas que valoran cada día más lo que se conoce como turismo
natural o rural, lejos de las estruendosas aglomeraciones urbanas del
invierno y del verano: las de las jornadas laborales sobredimensionadas
y las de las playas masificadas. Pero a Liébana y a su monasterio de
Santo Toribio también llegan peregrinos en un año jubilar que se celebra
cuando la festividad del santo cae en domingo, tal y como ha sucedido en
este 2006. El objeto de la peregrinación no es otro que un fragmento
original de la cruz de Cristo, el mayor de todos los conservados y que
pertenece al brazo izquierdo de la cruz, y en el que puede distinguirse
el agujero donde fue clavado Jesús. El fragmento se encuentra
actualmente en el interior de una cruz de plata dorada, realizada a
mediados del siglo XVI.
La visita al monasterio de Liébana traerá al viajero la evocación de un
brillante pasado religioso y cultural: santo Toribio, el evangelizador
de aquellos abruptos parajes en el siglo VI; Beato, el monje del siglo
VIII cuyos comentarios al Apocalipsis están asociados a bellos códices
ilustrados que preanuncian el románico... Mas todas aquellas
construcciones en las que se combinan estilos artísticos de siglos
diferentes, toda la brillante tradición de teología y cultura están
siempre en función de algo mucho más profundo. Son la presentación
externa, una de tantas en el devenir de los siglos, del mensaje
cristiano, que a los hombres de todas las épocas toca descubrir y
redescubrir. Sin embargo, desde una óptica alejada –o difusa- de la fe,
las reliquias no despiertan ningún entusiasmo. El racionalismo las
relega al apartado de la superstición; una cierta antropología se empeña
en buscar analogías con ritos precristianos; otros las consideran como
ejemplos de épocas superadas de la fe... En tales circunstancias
adversas, una peregrinación corre el riesgo de quedarse en aspectos
meramente formalistas, distanciados de la fe que venera las reliquias
como testimonio visible del mensaje de Cristo.
La peregrinación no será tal sino la anima un propósito de encuentro
personal con Cristo. A este respecto, Benedicto XVI, en su mensaje para
la apertura del Año Santo Lebaniego, hacía una exhortación “a vivir este
acontecimiento como un don singular de Dios y una ocasión propicia para
revitalizar la existencia cristiana personal y comunitariamente,
acercándose al misterio de la cruz redentora de Cristo, signo de vida
verdadera, fuente de perdón y ejemplo supremo del amor de Dios por los
hombres”. Estas palabras recogen, entre otros aspectos, la dimensión
personal y comunitaria de la existencia cristiana. Una doble dimensión
que a veces se olvida. Cuando llega un jubileo, muchos piensan sobre
todo en la indulgencia que conlleva, tras la recepción del sacramento de
la penitencia, un perdón personal. ¿Es sólo un borrón y cuenta nueva
individual? El cristianismo y su experiencia de conversión nunca pueden
ser individuales. Es vano el intento de circunscribirlo a un
individualismo más, una especie de afición instalada en uno de esos
compartimentos estancos que tanto abundan en nuestras sociedades. Mas el
cristiano no puede aspirar a vivir en una celda ni en una “arca de
Noé”.Ningún seguidor de Cristo vive su fe en soledad, porque quien lleva
consigo a Cristo nunca está solo, con independencia del ambiente en que
se encuentre, de que le rodeen muchos, pocos o ningún cristiano. De ahí
que una auténtica peregrinación deba aspirar a un encuentro personal con
Cristo, una experiencia capaz de transformar toda una vida, de arrojar
luz o de llevar a hacerse preguntas trascendentes en una sociedad en la
que la fe cristiana es débil y poco cultivada hasta agostarse. Todo un
contraste con un mundo que, obsesionado por la competitividad y el
progreso técnico, exige un cultivo continuo de los saberes
profesionales. ¿No habremos confundido algunas veces los cristianos la
sencillez con la ignorancia?
La cruz de Liébana es una invitación a poner la mirada en Cristo
crucificado, un Jesús que ha padecido por amor a los hombres, aunque a
muchos de ellos les siga turbando o escandalizado la imagen del
Crucificado, imagen del dolor en un mundo que pretende abolir u ocultar
el sufrimiento. Ante esa imagen, no es tanto ocasión de plantear
preguntas sino miradas, y recordar que una de esas miradas también la
dirigió Dimas, el buen ladrón. En esa mirada le llegaría la fe, el
instante de la conversión, que no es otra cosa que el reconocimiento del
Crucificado como salvador de los hombres. Esa mirada da la vuelta por
completo a la historia y a la lógica humanas: es la fe que penetra con
sorprendente audacia en la intimidad de un Dios que escribe con su
sangre el libro del amor . La respuesta de Jesús crucificado está llena
de seguridad y certeza, impensables en alguien que a los ojos de sus
ejecutores era un fracasado que había sido contado entre los
malhechores. Esa respuesta proclama: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo
en el Paraíso” (Lc 23, 43). En la cruz Dimas ha reconocido al Dios del
amor.
Reconozcámoslo nosotros, si somos peregrinos, en el fragmento de madera
de Liébana. Llamémoslo, como Dimas, por su nombre: Jesús (Lc 23, 42). La
familiaridad denota confianza, y la confianza se hace sólida con el
trato personal. La Eucaristía, memorial de aquel sacrificio de la cruz,
nos llevará a una unión más íntima con Él.
Antonio Rubio Plo
Historiador y Profesor de Relaciones Internacionales
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