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La segunda muerte de Robespierre
Un
libro muy recomendable para quienes quieran conocer las raíces
históricas de esta Europa poscristiana y posreligiosa, es Poder
terrenal del historiador británico Michael Burleigh, que aborda de
manera profusa, amena y documentada el período histórico que va desde la
Revolución Francesa a la I Guerra Mundial. Por si fuera poco, tras la
reciente presentación del libro en Madrid, el autor nos promete una
segunda parte. Esta obra nos permite comprender no sólo los procesos de
descristianización de las masas en distintos países europeos a partir de
la revolución industrial sino, sobre todo, el origen de las “religiones
políticas” que han llegado hasta nuestros días: son los “ismos” que se
presentan como superadores del cristianismo, aunque tanto los dirigentes
revolucionarios franceses como los nacionalistas o los socialistas se
apropiaron de no pocas ideas y símbolos cristianos en sus intentos de
construir “religiones”de la nación o de la humanidad.
Este libro me ha permitido arrojar un poco de luz a una
conversación mantenida hace tiempo con un amigo filósofo. Le manifesté
que en la última década del siglo pasado muchos se hicieron la ilusión
de que comenzaba una nueva era de paz en la historia humana, en la que
las estatuas de Hitler, Stalin o incluso las de Lenin, habían quedado
arrumbadas definitivamente. Asistiríamos a la segunda muerte –por
emplear un término del Apocalipsis- de estos personajes, es decir a que
sus ideologías terminarían en el basurero de la Historia, expresión
utilizada por Lenin. Sin embargo, me pregunté por qué Robespierre y sus
compañeros del Comité de Salud Pública, de acreditada experiencia en
terrorismo de Estado como los citados políticos del siglo XX, no
merecían la misma reprobación que los urdidores del Holocausto o del
Gulag. Es cierto que Robespierre apenas ha conservado su nombre en las
placas de las calles de Francia y que su reinado del Terror no suele
merecer hoy, como en otros tiempos, algún tipo de elogio en los libros
de texto, pero la segunda muerte de Robespierre no se está produciendo
porque él y sus compañeros jacobinos edificaron los cimientos de una
“religión política” aún vigente, de un laicismo declaradamente
antirreligioso. Y es que si lo pensamos bien, los discursos del
revolucionario francés encontrarían un perfecto encaje en intervenciones
de políticos, por ejemplo en algunos españoles de la República
proclamada en 1931, aunque también –y esto es lo preocupante- en la
España actual.
En el libro de Burleigh se transcriben detalles de un discurso de
Robespierre sobre la moralidad política, que no desentonaría en
estos tiempos, precisamente por su sentimentalismo, que tanto se lleva
en esta era posmoderna. Frases grandilocuentes, con ansias de conmover a
un auditorio con muchas ganas de aplaudir al orador, expresiones que
señalan de modo tan inapelable como unilateral, quiénes son los buenos y
los malos: “En nuestro país queremos que la ética sustituya al
egoísmo, la integridad al honor, el imperio de la razón a la tiranía del
gusto cambiante, el mérito a la intriga, el talento al ingenio, la
grandeza del hombre a la mezquindad de los “grandes”...”. Tras
escuchar estas palabras, se llega a la conclusión de que no cabe
disentir ante estos bellos ideales. Hacerlo, según Burleigh, es una
lepra moral. Se podría decir también que toda disidencia es expresión de
un miembro enfermo, que hay que amputar antes de que infecte a todo el
organismo. El empleo del bisturí se hace forzoso para que reinen las
supuestas paz y bondad universales. Al “malo” le corresponde probar que
es de los buenos, debe decir que sí a todo –bastará muchas veces con que
lo diga con sus labios para que sus jueces se sientan satisfechos-, pues
sí no lo hace comete una especie de crimen contra la humanidad. Lo
lamentable es que algunos de esos disidentes, que se proclaman
liberales, digan que esos discursos son angélicos, evangélicos u otra
expresión por el estilo. En todo caso, son maniqueos pero no cristianos.
Responden esas palabras a las ideas sobre la justicia y la virtud que
tenía Robespierre, que consideraba que el terror revolucionario era
justicia, una justicia severa e implacable, una emanación de la virtud.
No se convierte, sin embargo, en terrorista al estilo de Hitler o Stalin,
pues adorna su discurso de un sentimentalismo que aboga –hasta casi la
lágrima- por los inocentes, los débiles o la humanidad. Eso sí, los que
no entran dentro de estas categorías, no pueden esperar protección o
piedad.
¿Por qué no se produce la segunda muerte de Robesperre y de sus
compañeros jacobinos? Porque sigue habiendo continuadores que tienen la
exclusiva del “partido del bien”, que esgrimen la patente de la
bondadosidad con grandilocuencia y dramatismo.
Antonio R. Rubio Plo
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