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Oriente Medio visto por Benedicto XVI
En su discurso
al Cuerpo Diplomático ( 8 de enero de 2007), el Papa pasó revista a la
situación en Oriente Medio con un enfoque en el que se unen la esperanza
y la sensatez. Antonio R. Rubio Plo.
Es tradicional en el primer lunes
después de la Epifanía que el cuerpo diplomático acreditado ante la
Santa Sede sea recibido por el Papa y se intercambien mutuos saludos de
felicitación. Pero es además un momento para que el Pontífice pronuncie
un discurso en el que pasa revista a múltiples aspectos de la vida
internacional. Aunque sólo fuera por las imágenes televisivas, cualquier
analista de estos temas tendría motivos para el pesimismo en un panorama
cargado de violencias y tensiones que no ahorran ningún continente. La
diferencia es que las amenazas a la paz y a la seguridad son de índole
muy diversa: hay ataques contra la vida pero también contra las
conciencias o la dignidad del ser humano. Sin embargo, el mensaje de
Benedicto XVI no se deja llevar por el pesimismo. No ve el mundo desde
un prisma exclusivamente negativo, pues las situaciones que describe son
planteadas como un reto “consistente en promover y consolidar todo lo
que de positivo hay en el mundo y a superar con buena voluntad,
sabiduría y tenacidad, todo lo que hiere, degrada y mata al hombre”.
Seleccionaremos del discurso papal la exposición referente a Oriente
Medio, “fuente también de grandes inquietudes”. Cualquier
analista internacional coincidiría en que esa región, y en general el
arco arábigo-musulmán que iría desde Marruecos a Indonesia, constituye
la zona más conflictiva del mundo, la que puede desencadenar chispas
devastadoras a partir de acciones terroristas globales o de guerras
localizadas en las que podrían utilizarse armas de destrucción masiva.
Es una región en la que todo aparece estancado, en la que han fracasado
negociaciones de paz, métodos de guerra preventiva o espectaculares
operaciones contra la insurgencia. Benedicto XVI reconoce la existencia
de un “complejo tablero político en la región”, pero a pesar de
todo piensa en “un futuro de paz y fraternidad”, tal y como
señalaba en su reciente carta a los católicos de Oriente Medio con
motivo de la Navidad. El mensaje papal predica la sensatez porque
predicar una auténtica paz es la mayor sensatez. La paz nace de la
confianza, algo que no existe en esa región. De ahí que el Papa señale
algo lleno de cordura: “Si cada uno de los pueblos de la región ve
sus aspiraciones tomadas en consideración y se siente menos amenazado,
se reforzará la confianza mutua”. Los libros de historia están
llenos de tratados y paces, expresiones que son presentadas a menudo
como sinónimos cuando la realidad es que han abundado los “dictados” de
paz. Nada tiene que ver la paz con someterse a imposiciones arbitrarias
para vivir con“tranquilidad”, que nunca significará seguridad, o en
función de acomodaticios intereses de poder. La paz auténtica implica a
las dos partes y supone que no haya vencedores ni vencidos: no implica
que una parte tenga que ceder en todo. Desde estos planteamientos la
supuesta victoria de las armas se traduce en una ensoñación utópica: el
rencor de los vencidos o humillados alimentará siempre deseos de
violencia y revancha. La victoria completa de las armas es en nuestros
días un espejismo alimentado por la Historia. Hay políticos y analistas
que, por ejemplo, tratan de retrotraer a nuestra época la derrota del
nazismo y ven por doquier similitudes no del todo existentes. Olvidan
que los acontecimientos históricos nunca se repiten. Pueden tener
utilidad didáctica, pero los tiempos son diferentes. Una muestra
histórica: el fracaso de la expedición franco-británica contra Suez
(1956) fue, entre cosas, el resultado de asimilar a Nasser con Hitler y
Mussolini.
El camino a la paz en Oriente Medio pasa, entre otros aspectos, por el
respeto a “las aspiraciones y legítimos intereses de los distintos
pueblos implicados”. El Papa se refiere a libaneses, israelíes y
palestinos: todos ellos tienen derecho a vivir en un Estados libres y
soberanos y, sobre todo, a vivir en paz. No obstante, apenas hay en el
discurso papal una referencia a la que se está perfilando como la mayor
amenaza a la paz en Oriente Medio: las guerras civiles, o mejor dicho
los brutales actos de terrorismo, que sacuden al mundo islámico.
Nacionalismo e islamismo, sunismo y chiísmo, son algunas de las
denominaciones que están detrás de una violencia que salpica con brutal
intensidad a los propios musulmanes. Las cifras de víctimas de esa
violencia son mucho mayores que las de israelíes u occidentales
asesinados, e Irak es al respecto el caso más paradigmático. Mas sobre
particular el Pontífice ha hablado en diversas ocasiones para condenar
toda violencia ejercida en nombre de Dios, al igual que hiciera Juan
Pablo II. En todo caso, el terrorismo debe incluirse hoy en una agenda
global de la seguridad: “Las cuestiones de seguridad, agravadas por
el terrorismo que es necesario condenar firmemente, deben tratarse con
un enfoque global y clarividente”. Insiste, por tanto, el Papa en
algo subrayado en muchos foros internacionales en las últimas décadas:
la seguridad no equivale únicamente a la defensa, los medios militares
son uno de tantos medios, aunque no único y exclusivo, para hacer frente
a las amenazas a la seguridad. A algunos les parecerán utópicas las
palabras finales del discurso papal a los diplomáticos, pero el camino
hacia la paz pasa por “la construcción de un humanismo integral, el
único que puede garantizar un mundo pacífico, justo y solidario”.
Construir ese humanismo supone respetar a toda persona humana. En ese
respeto extensible a todos los tiempos y sociedades radica la paz
auténtica.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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