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Paz, vida y libertad religiosa
Paz, vida y
libertad religiosa.
El derecho a la vida y la libertad religiosa son premisas indispensables
para la paz, tal y como nos recordó Benedicto XVI en la Jornada Mundial
de la Paz de 2007. Antonio R. Rubio Plo.
La Jornada Mundial de la Paz de 2007 giró en torno al lema La persona
humana, corazón de la paz, y en el Mensaje del Papa se hace hincapié
en la idea de que “respetando a la persona se promueve la paz”.
En principio la inmensa mayoría de la gente, sea o no religiosa, estaría
de acuerdo con esta afirmación. Es sabido que desde que terminó la II
Guerra Mundial hemos entrado en la “era de los derechos”, en expresión
de Norberto Bobbio, y no son pocos los juristas –y sobre todo, los
políticos- que presumen de garantistas. Todo son apelaciones a los
derechos y libertades o a la tolerancia, término éste último que se
emplea con más frecuencia que respeto. Dadas estas premisas, lo lógico y
racional sería que nuestros sistemas políticos y sociedades tuvieran
mucho de idílico y de remanso de paz, pero la realidad demuestra cada
día que hay un acusado desfase entre teorías y realidades. Los marcos
legales pueden hablarnos de derechos y libertades, mas el primero de
todos los derechos –el derecho a la vida- se ve radicalmente cuestionado
por pragmatismo o conveniencias de un individualismo muy poco solidario.
La proclamación legal del derecho a la vida se entendería mejor si
llevara consigo adjetivos como “sana” o “útil”. En este contexto se
explica la denuncia de Benedicto XVI en el Mensaje: “Hay muertes
silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación
sobre los embriones y la eutanasia”. Pocos ven en estas situaciones
una amenaza para la paz y en el mejor de los casos, la admitirán en el
caso del hambre. En los otros casos, la mentalidad imperante es la de
afirmar que estamos ante “derechos de nueva generación” o que son una
manifestación del progreso técnico que se traducirá en mejoras de la
salud humana. Los positivistas y cientificistas del siglo XIX se
sentirían encantados ante este panorama actual en el que el último autor
de best-sellers, pretendidamente científicos, se está limitando a
copiar sus ideas.
Habría que detenerse, sin embargo, en otro aspecto del Mensaje de 2007:
la defensa de la libertad religiosa, sin la cual la paz también está
amenazada. Las constituciones recogen este derecho, incluso en los
sistemas políticos comunistas, pero el problema radica una vez más en lo
que se entiende por “libertad religiosa”. El problema es que estamos
asistiendo a una batalla por el control del significado de las palabras,
una batalla cultural de corte gramsciano mucho más decisiva que
todos los viejos debates sobre teorías económicas. En este sentido,
nuestro mundo es mucho más orwelliano de lo que el autor de
1984 pudo soñar. Sin catástrofes espectaculares ni asfixiantes
sistemas políticos con su parafernalia de robots y demás aparatos
electrónicos, el mundo está cayendo bajo la dictadura de los guardianes
de las palabras, que no son otra cosa que los ingenieros de almas a los
que se refería Lenin. Por cierto, en la antigua URSS cualquier titulado
técnico llevaba la denominación de ingeniero. En este sentido, el Papa
hace muy bien en referirse a “la libre expresión de la propia fe”.
Ahí reside la verdadera acepción de la libertad religiosa, no en un
derecho reducido a ocultar la fe en nombre de una supuesta tolerancia.
Según lo que algunos entienden por libertad, habría que ser religioso
únicamente en la intimidad, con el espíritu pero no con los sentidos. El
resultado sería esa espiritualidad difusa –que no es religiosidad- que
tanto triunfa en nuestros días.
Benedicto XVI pone de manifiesto “las dificultades que tanto los
cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo
para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas”.
Esas dificultades existen cuando hay Estados que se niegan a reconocer
que lo religioso no es un fenómeno aislado e individual, una ideología
entre tantas, sino que también requiere de presencia en la vida pública.
Es el caso del laicismo agresivo que no detiene su hostilidad ni
siquiera ante esta contradicción: predica tolerancia y se presenta como
gran defensor de la dignidad de la persona humana, pero está impregnado
de una fuerte carga mesiánica, por no decir maniquea; considera que su
misión es llevar el progreso a la humanidad y que debe remover todos los
obstáculos que se le opongan, entre ellos lo religioso que es una etapa
histórica superada. El laicismo ataca la religión con un fervor
religioso, con ínfulas de sentirse exclusivo depositario de una moral
que apela de continuo a la paz, la justicia o la igualdad. Quien conozca
algo la Historia, no podrá dejar de reconocer que esto es también una
amenaza a la paz.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales |