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San Maximiliano María
Kolbe: por el camino de María
De san Maximiliano María Kolbe se recuerda, sobre todo, su sacrificio
que salvó la vida de Franciszek Gajowniczek, aquel prisionero
desesperado ante la idea de una muerte tan repentina como injusta que le
separaría de su mujer y sus hijos. Evocamos enseguida ante la mención de
este santo al propio Jesús cuando afirma que “Nadie tiene amor más
grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), pero
hay otra faceta de san Maximiliano que no debe pasarnos desapercibida,
pues su vida entera gira en torno a ella: el amor a la Inmaculada. A
pocos se les presentará la oportunidad del martirio, de la entrega de la
propia vida como consecuencia del amor a Cristo, pero a todos se nos
ofrece una misma y valiosa oportunidad en el camino hacia la santidad:
el trato con María. Un camino seguro para ser santo es ser muy mariano.
María es el camino más recto para llegar hasta Jesús, pues ser mariano
significa que se aspira a poner en práctica la recomendación de la Madre
en las bodas de Caná: “Haced lo que El os diga” (Jn 2, 5) .
No es casualidad que la existencia terrena de san Maximiliano se acabara
un 14 de agosto, el de 1941, cuando una inyección letal terminó con su
vida, tras ser condenado, con sus compañeros de Auschwitz, a morir lenta
e inexorablemente de hambre. Aquel enamorado de María salió al encuentro
de su Madre en la víspera de la Asunción. Se había cumplido así lo que
la Virgen, según testimonio del propio santo, le anunciara en una
aparición cuando tan sólo tenía diez años. La Señora le ofreció entonces
dos coronas, una blanca y otra roja, símbolos respectivos de la pureza y
del martirio. Raymond – todavía no había adoptado el nombre de
Maximiliano- aceptó las dos. El ofrecimiento de María se identifica con
la voluntad de su Hijo de dar a beber a sus discípulos más cercanos el
mismo cáliz que Él bebió: el de los padecimientos físicos o morales que
adquieren así un valor redentor que completa el sacrificio del Calvario.
Pero antes de que eso llegara, Maximiliano está muy próximo a la Madre
del Redentor. Cuando hace los votos solemnes como franciscano, añade el
nombre de María al de Maximiliano. Quiere ser enteramente de María,
estar consagrado a Ella, tal y como hiciera en el siglo XVII san Luis
María Grignon de Monfort. Desea que sus pensamientos, palabras y
acciones pertenezcan por completo a la Inmaculada. Pone sus intenciones
en sus manos para que María pueda acomodarlas a su voluntad que no es
otra que la de su divino Hijo. La vida, la muerte y la eternidad de san
Maximiliano giran en torno a María. Esta es la mejor opción que un
cristiano podría hacer: acogerse a Aquella de la que proceden todas las
gracias de Dios. Es un camino que no defrauda, que fortalece, un rumbo
seguro para navegantes. Optar por María es adherirse a una teología de
la humildad. María es el camino sencillo y de los sencillos. Hay
itinerarios espirituales que son abruptos y dificultosos. En cambio, el
itinerario de María es recto. No se le ahorran las dificultades a quien
quiera seguirlo, pero se camina por él con confianza, con la misma
confianza que un hijo pueda tener en su Madre.
Tampoco es casual que la devoción a la Madre del cielo sea promovida en
muchos cristianos por la madre terrena. La madre de san Maximiliano que,
por cierto se llamaba María, contribuyó a despertar en aquel niño el
amor por la Virgen de Czestochowa, faro seguro de tantas generaciones de
polacos. María Kolbe influyó decisivamente en que su hijo, un niño
inquieto y algo travieso, se acercara a la Virgen y abandonara en Ella
su destino. Eran los primeros años del siglo XX y a la nación polaca le
quedaba un duro camino que recorrer: los totalitarismos harían mella en
su carne pero no así en su espíritu. Mas, en medio de las tormentas, los
católicos polacos tenían siempre un punto de referencia: nuestra Señora
de Czestochowa. Era la Reina de la Paz que protegía a Polonia en medio
del fragor de las guerras y de las revueltas políticas y sociales. La
Virgen sería también un símbolo de victoria; la Mujer que aplastó la
cabeza de la serpiente, despertaría la confianza filial de san
Maximiliano que, a finales de la década de 1930, expresaba la convicción
profética de que un día se podría ver la estatua de la Inmaculada en el
centro de Moscú junto al Kremlin.
En los primeros años del siglo XXI hemos asistido a la esperanza que
supone el retorno de Polonia a Europa. No se trata tan sólo de entrar en
una organización como la UE sino sobre todo del reconocimiento de que
Polonia no es ya un lejano país del Este, pues está anclado, y no sólo
geográficamente, en el corazón de Europa. Muchos polacos del siglo XX
hicieron posible el reencuentro entre Polonia y Europa, comenzando por
Juan Pablo II. Fue elegido Papa en Roma un 16 de octubre de 1978, una
significativa coincidencia con otro 16 de octubre romano: el de 1917,
cuando en la Ciudad Eterna san Maximiliano y otros seis religiosos de su
Orden se consagraron a la Virgen como caballeros de la Inmaculada.
Surgía así la Milicia de la Inmaculada, instrumento de devoción
mariana que el santo y sus compañeros extenderían por el mundo desde
Polonia a Japón, pasando por la India.
San Maximiliano María Kolbe es también otro ejemplo para nuestro siglo,
una demostración con hechos de cómo la defensa de la dignidad de la
persona humana se construye más sólidamente si se hace desde el amor.
Ese amor, que no es otro que el amor de Cristo, supera con mucho todas
las aspiraciones del corazón humano. Mas no olvidemos que tenemos la
mejor Maestra en la escuela del amor: la Virgen Inmaculada, a la que san
Maximiliano consagró su vida entera.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales
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