Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

La reunión entre ZP y Rajoy importa una higa al ciudadano corriente

 

 

 

 

Da un poco de grima ponerse a hablar de estas cosas -política lo llaman, con enfática jactancia- cuando “del uno al otro confín” son tantas las penas y el sufrimiento, el abatimiento y la impotencia. El cara a cara con la muerte, en definitiva. Las tragedias parecen multiplicarse como plagas bíblicas ante el pasmo del hombre, acostumbrado como está a dominar cualquier situación de riesgo. En un mundo infestado de especialistas y tecnología. Pero resulta que no, que hay situaciones que siguen escapándose a nuestra soberbia, tan lerda como hace diez mil años.

 

Inmiscuirse ahora en la exégesis de las declaraciones de Zapatero y Rajoy, después de su última reunión para nada -“todavía no sé para qué me han llamado”, repetía éste último-, lo encuentro demasiado minúsculo. Diría que hasta grotesco. Con sus variables y conjeturas. Me cuesta, lo confieso. Porque son ya demasiadas las  veces en que la política deja de preocuparse por las personas. “El corazón nos pide quietud”, que diría Pushkin. Para pensar por ejemplo en Maite, una guapa y espigada amiga mía de ojos muy verdes, que ha sido violada hace unos días a punta de navaja por un inmigrante magrebí. ¡Dios! Eso sí que son consecuencias. De una política de inmigración disparatada. Espero que la luz de los ojos de Maite no se apague ni siquiera un poco, para que el alma que los abisma resista firme en el amor de los que la queremos.

 

También pienso mucho estos días en las diez mil víctimas del huracán “Katrina”, por tierras de Luisiana. Las palabras que escuchamos o leemos son un ininterrumpido funeral. Eran ciudadanos de los Estados Unidos de América, de la primera potencia del mundo. Todos muertos. Los vivos lloran en soledad su dolor, su desamparo. Deambulan sin apenas pertrechos, el rostro desencajado, roto el corazón, perdidos en la niebla de la sinrazón.  Otros, aprovechándose del caos, se precipitan en el saqueo o en el delirio de la lujuria. Pero la fuerza del huracán ha desatado sobre todo la fuerza omnipotente de la caridad -una fuerza que no depende de los gobiernos-, de la ayuda desinteresada, que reconstruirá sin duda lo más importante: la alegría de toda esa gente. Pese a los burócratas y a las epidemias.

 

El mundo vive demasiado engreído en su propia fascinación recalcitrante. Hasta que de pronto algo desbarata el tinglado. Algo inesperado. Una hecatombe de la naturaleza, unos atentados terroristas, una enfermedad, un avión que se precipita al suelo, unos incendios provocados, o la chapuza humana (recuerdo aquí a los vecinos de El Carmel, todavía esperando que el tripartito catalán se decida a gobernar en serio). Sin contar los avatares cotidianos de cada familia, las contrariedades de cada persona que está a nuestro lado. Llegar a final de mes es ya un hito. Y llegar entero, y contento, sin necesidad de orfidal que temple gaitas con la angustia.

 

Por todo esto me inclino a pensar que para la mayoría del personal la última entrevista del Presidente del Gobierno con Rajoy pasó sin pena ni gloria. Me baso en una suculenta encuesta a mi propio sentido común. Hay otras cosas en las que entretenerse para sobrellevar la vida y las subidas de impuestos. Los poemas de Gerard Manley Hopkins pongo por caso (“ante mí, el fragor del infierno”), o pasear despacio con alguno de nuestros hijos.

 

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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