Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

¡Al cole, al cole!

 

 

 

Por fin, ya era hora. No sé ustedes, pero este papá del montón ya iba entrando en ganas. Estoy agotado. Porque no es fácil encontrar durante todo el verano un constante acomodo lúdico a la pandilla de salvajes más o menos consentidos que tenemos por hijos. Serán los suyos, me dirá algún purista insigne, orgulloso de sus vástagos perfectos. Pues bueno, serán. El caso es que la sociedad antifamilia en la que vivimos parece que ha dado con el secreto para mantener callados a los críos y secuestrados a los padres (secuestrados por una inusitada comodidad mercantilista). Hay que comprarles cosas, satisfacer constantemente su apetito de aburridos caprichos. Así de sencillo. En tiendas fetén o en las de todo a cien, da lo mismo. Suministrarles la imaginación en masticadas dosis. Sin advertir quizá que la sobriedad es más divertida, que la fantasía anida en cualquier lugar menos en el dinero.

 

Sí, ya sé que los niños reclaman nuestra atención, que quieren que juguemos con ellos sin parar. Pero mantener la tensión durante más de dos meses de vacaciones es complicado. La situación se vuelve crítica por momentos. Sin querer claudicamos. Una vez y otra. “Toma hijo, te he comprado...” O “toma hijo, juega con el móvil un rato” (si el chaval todavía no tiene móvil propio claro). O “si haces los deberes papá te comprará esta tarde algo muy especial”. O lo que es peor: los desterramos al universo virtual de los videos, a los juegos de ordenador o a la sombría “play station” (y después queremos que lean, cuando su cerebro anda anestesiado en las musarañas hipnóticas de los efectos especiales). Todo por conseguir un poco de tranquilidad, o quizá una tarde entera de egoísta tranquilidad. Y es que al final pueden con uno. “Lo que sea, os doy lo que sea, pero dejadme en paz un rato”, clama el atribulado padre -o madre- presa ya del pánico.

 

Nadie se atreverá a rebatirme que llega un momento en que todos los padres deseamos fervientemente la vuelta a la normalidad, la vuelta a los colegios. A pesar de que en España sigamos sin poder llevar a los hijos al colegio que nos dé la gana, en igualdad de condiciones. Y para no perder la costumbre debemos seguir comprando vertiginosamente (los sueldos los mismos, no así los precios). Polícromos uniformes, zapatos todo terreno, coruscantes estuches, cuadernos personalizados, ingeniosas agendas, blocs de Pau Gasol, mochilas intrépidas... Sin olvidarnos de los intonsos y en ocasiones insulsos libros de texto, con ediciones que cambian de año en año, para así evitar la insolidaria argucia paterna de que los hermanos aprovechen los mismos libros.

 

Sin un euro en el bolsillo, extenuado, asisto al comienzo del curso. ¡Al cole, al cole! Los niños, felices, pegan su rostro sonriente a las ventanillas de los autobuses. Y yo, a pesar de todo, con un nudo en la garganta mientras se alejan. Hay que fastidiarse.

 

  

GUILLERMO URBIZU

 

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