Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 

El sarcasmo laicista

 

Lo impío causa furor, decididamente está de moda. Todo vale si la cuestión es ridiculizar al cristianismo. Su tradición, sus símbolos, su liturgia, sus costumbres. Lo que sea. Ni respeto ni mandingas. Es un auténtico festín, una orgía compulsiva que llena de satisfacción a los profetas del pedigrí progresista. La asnería ha llegado a tales términos en la actual legislatura que, cuanto más soez e irreverente te muestres, mayor será la recompensa y el condumio. Tal vez unos minutos de telediario, o quizá un puesto fetén en la administración (o en Prisa, que es todavía más grato), o un premio nacional de algo, o un “goya”, o una portada. ¡Quién sabe! La blasfemia, señores, es pieza cotizada hoy en día. El escándalo vende. La irreverencia se ha convertido ya en una vasta operación mercantil. E incluso electoral.

 

La deshumanización va haciendo sus deberes, y el corazón de las personas se va volviendo cada vez más inhóspito, refocilándose en el embeleso de la maldad. Hace unos días supe que en la página web “eBay” -dedicada a menesteres de almoneda- se había llegado a vender al mejor postor una hostia consagrada. Ahí es nada. El sacrílego suceso tuvo lugar en Estados Unidos, pero podría haber ocurrido perfectamente en España. El desprecio a lo más sagrado es consecuencia de un apagamiento intelectual. Es decir, espiritual. No sentimos la poesía de la vida, embobados en la última tontería que se pueda comprar, en la apariencia de una desganada paranoia relativista. Y si cunde lo intrascendente, lo abstruso y lo demencial es porque hemos dejado de creer en la felicidad. Así de claro.

 

Ejemplos de insultos a la religión cristiana no faltan a lo largo del último año, pues el talante socialista no deja de hacer estragos. Se ha llegado a convertir en una costumbre, en seña de identidad -casi la principal- de determinados grupos políticos radicales. Porque así conciben algunos el respeto y la democracia. Como antecedente, recuerdo con pena las cucamonas burlonas que en 1982 unos híspidos concejales del PSOE le iban haciendo por detrás a Juan Pablo II, mientras salían por la puerta alta de la basílica del Pilar, en Zaragoza. Por lo tanto, ante las cuchufletas de Carod, Maragall, y demás compinches  hacia la corona de espinas -signo de tortura y redención divina del eccehomo (¿se los imaginan bailando una sardana bajo las duchas de gas de Auschwich?)- uno reacciona con empacho. Son unos infelices, sin ninguna consistencia humana, política y moral para los puestos que ocupan. Su melopea mental no hay pócima que la remedie. Más que una glosa el episodio necesita un exorcismo. Que se vayan a su casa y nos dejen en paz.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

Publicado en El Semanal digital.com el 29 de mayo de 2005

 

 

 

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