Escribiendo en cristiano

04 junio 2006

 

 

 

Elogio de la enfermedad

 

 

                           Para María Pilar, mi hermana, que lucha contra el cáncer

 

 

 

Es algo tan imprevisible como el amor. Tal vez porque tenga mucho que ver con el amor mismo, en su ofrecimiento fértil, en su purificación paliativa. Es algo que llega de súbito, que se manifiesta sin haberlo planificado en ninguna agenda. Un buen día caemos enfermos. Incluso puede que hayamos perdido el sentido y no recordemos nada de lo que sucedió, en un vacío incomprensible. Tememos que en el análisis de la radiografía aparezca la sospecha, el punto, la sombra, el relieve acre de la afección. Un sudor frío empapa el rostro de la esperanza, mientras tomamos conciencia de que no sólo son los demás los que mueren. Ya la debilidad anida en nuestro cuerpo y somos hombres de otra manera. Quizá de una manera más interior. Una extraña congoja parece sofocar el alma. La misma congoja que puede llegar a ser raíz de nuestra fortaleza. En apenas un instante lo que considerábamos importante ha dejado de serlo. Somos los mismos, pero distintos. Nada es ya igual. Nuestra perspectiva de las cosas ha cambiado. El dolor, las molestias, nos transforman por completo. Es el comienzo de una revolución intangible, de un milagro, cuya repercusión nos resistimos en ocasiones a creer. Aprendemos a valorar el detalle más nimio. Por ejemplo esa voz que se acerca con cariño, que acaricia nuestra piel con su aliento y nos abraza el corazón con vocación de madre. Esa mano que recorre toda nuestra vida con un minucioso aplomo. O esas lágrimas que en silencio nos acompañan.

 

Sentimos los mareos y el vértigo, o las náuseas propias de una convalecencia obligada. ¿De qué extrañarnos? Es la vida, con su arquitectura de misterio. Siempre tan alterada, tan increíble, tan descoyuntada. Con su buena provisión de sorpresas, heridas y fisuras. Es la vida, que nos atenaza con su dialéctica inexacta y que nos arranca el tiempo a tiras. Los años pasan. Y los libros. Y cada vez son más las paradojas. Como la profunda alegría que trae consigo el dolor cuando el amor lo precede. La enfermedad, en esencia, es la reciprocidad de una plegaria, es el nacimiento a una visión completamente nueva. Es -o puede llegar a ser- nuestra misma redención de hombres necios engolados de caprichos. Lo accesorio se hace añicos. Comenzamos a percibir lo extraordinario de nuestra existencia, el fundamento sobrenatural de una realidad desconocida hasta entonces. Dice Guillermo Carnero, en uno de sus poemas, “que en el sufrimiento está la fuente de mil caños / de donde nacen los torrentes del conocimiento”. Un conocimiento que nos hace comprender la densidad de la poesía o la precisión de lo infinito. Sin ningún miedo, con una paz admirable.

 

 

GUILLERMO URBIZU

 

Publicado en El Semanal digital.com el 5 de junio de 2005


 

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