Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

2004 Y SU CONSECUENCIA

 

 

Un año que termina es mucho más que la imagen distorsionada de una mera sucesión de actos que ya conjugamos en pasado. Algunos de ellos competentes en historia, otros -la mayoría- unos perfectos desconocidos, actos vulgares y corrientes, dentro de esa excepcional costumbre que es la vida. El devenir del hombre sobre la tierra es la raíz de su propio pensamiento, de su inquietud, de su dolor, de su esperanza. Una esperanza que tiene en sí misma  la fuerza de toda verdadera resurrección, la convicción de una creencia que es por encima de todo travesía interior. Nada hay en el tiempo que nos resulte insignificante, carente de valor, porque nosotros mismos somos tiempo, pero también mucho más, infinitamente más. “Hay una gloria humilde en las cosas que en ser / lo que son se consumen”, escribió Amparo Amorós. Su efímera perspectiva nos proporciona una visión más nítida de aquello que trasciende nuestro ser por completo y nos impele a enfrentarnos cara a cara al amor.

 

2004 ha sido un año que todavía produce calambres en el alma y un desánimo considerable en el corazón. Un apocalipsis de terror se ha cernido sobre el mundo, inmovilizando la alegría a discreción. Este horror ha generado prevención, miedo, inseguridad, discordia. Pero el terrorismo, además de un mal en si mismo, es síntoma de unos perjuicios todavía peores. Uno de ellos es la deshumanización -el egoísmo más radical-, que ha sufrido un crecimiento exponencial considerable. Otro el desconocimiento, el desprecio de la inteligencia y de la memoria, de la sabiduría y del esfuerzo que presupone. Nadie parece estar a salvo de la estulticia fanática, de la idiotez más pormenorizada, de la mentira como tesis. Incluidos muchos gobiernos, compuestos por personas absolutamente inconcebibles. En España, por ejemplo, se ha producido -se está produciendo- un desguace moral a la carta, por capricho partidista y por una visceral aversión a lo católico, a lo cristiano. ¿Qué necesidad hay de ello? ¿Para qué tanto encono?

 

El año ha concluido, se ha precipitado en la historia. Y lo ha hecho en medio de una tragedia -otra más, esta vez un maremoto- ante la cual el hombre demuestra fehacientemente su impotencia. 230.000 muertos es sólo una cifra. Demasiado fría y variable. Sus vidas eran como las nuestras, con su rutina, con su ilusión, con su ansiedad, con su amor. Hay algo que está muy por encima del hombre, de su prosopopeya retórica o científica. Deberíamos sopesar más nuestros actos, contemplando las cosas como si fuera por última vez, con humildad, y con una cada vez más necesaria sagacidad espiritual. El poeta Saint-John Perse lo expresó muy bien: “No hay más historia que la historia del alma, ni hay más paz que la paz del alma”. Nunca es demasiado tarde para aprender, para recomenzar.

 

No puedo evitar el pensamiento de que estos sucesos son señales que forman parte de un mensaje muy claro de Dios. Un aviso más de su Providencia para nuestra conversión personal. Y recuerdo ahora el extraordinario mensaje -¡ay, esos diez secretos!- que la Virgen ha comunicado a los videntes de Medjugorje (pueblo de Herzegovina), a los que ya avisó en su momento de la terrible guerra que se cernía sobre Yugoslavia si las almas no cambiaban. Pero el hombre no hace caso, seguimos empecinados -aquí y allí- en un egoísmo sin límites, en una agresividad inaudita, en un materialismo soez.  En una de sus apariciones de Medjugorje, la Madre de Dios, Reina de la Paz, dijo: “Es necesario que la humanidad se convenza de una vez de la existencia de Satán y de su inmenso poder sobre las almas de los hombres. Se le debe temer mucho, con todo el corazón, pues desea robarle a mi Hijo todas las almas posibles, y los hombres no lo ven. Es demasiado sutil... Él está en vuestras peleas, discusiones, envidias y temores. Sólo él provoca desavenencias entre los hombres, pero de una manera tan disimulada que son incapaces de darse cuenta”.

 

La reflexión y la oración son una necesidad. Tengamos por seguro que el olvido de Dios es la mayor de las catástrofes. De ella derivan todas las demás. 

 

GUILLERMO URBIZU

 

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