Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

"Barioná, el hijo del trueno" (Voz de Papel)

 

 

Uno de los autores más anticristianos del siglo XX nos sorprende con su primera obra teatral, un clásico Misterio de la Navidad escrito en un campo de concentración.

Aunque a lo largo de la vida de Jean-Paul Sartre (París, 1905-1980) la mentira alcanzó un grado de alucinación intelectual colectiva evidente –recuerden por ejemplo cuando dijo que "en la URSS hay total libertad de crítica"–, su obra posee indudables muestras de genio. Y su prosa es, en ocasiones, de una extraordinaria factura, capaz de sugestionar hasta lo inaudito. Esto último es lo que más me atraía a mí del viejo Sartre. Sobre todo en su obra ¿Qué es la literatura? Pero su atroz egoísmo vital, su desquiciamiento marxista-existencialista con vocación de "viajante laicista", su concepción de lo intelectual como poder omnímodo, y la desmesura de su ateísmo militante, hicieron que siempre acabara viéndolo como un autor digamos poco de fiar. Por moralmente deshonesto y por sofista irredento –capaz de casi cualquier cosa por permanecer en el candelero–, pero también por blasfemo. Lo confieso, porque ésa y no otra es la verdad.

En primera instancia yo aconsejaría diferenciar en Sartre la persona en sí de su personaje, de la caricatura que de él y de su obra hicieron los acontecimientos, al vaivén de modas, fobias y entuertos varios, tan propensos a la mixtificación. Antony Beevor y Artemis Cooper en su libro París después de la liberación, 1944-1949 (Crítica) ya señalan el contraste del carácter sombrío de su filosofía frente a una personalidad atractiva: "Era siempre el primero en defender una buena causa y ayudar a los artistas con dificultades". Es un Jano bifronte, capaz de lo mejor y de lo más vil. ¿Quién diría que el mismo autor de Barioná, el hijo del trueno (1940) fue capaz de escribir en Comoedia, publicación colaboracionista con los nazis? También Paul Johnson, en su imprescindible libro Intelectuales (Ediciones B), desentraña con sagacidad y equilibrio esta constante y aparente contradicción, que en tantas ocasiones le hacía caer en la superchería. Charles Moeller lo señaló igualmente –eso sí, con más calado literario y teológico–, en su nunca suficientemente apreciada Literatura del siglo XX y Cristianismo (tomo II, Gredos), obra imprescindible para cualquier lector que se precie de tal.

Leyendo la obra de Sartre todos podemos constatar su negación de lo transcendente. Fuera de lo sensible no hay salvación, parece decirnos. ¿Cómo pues integrar una obra como Barioná en su vida, en su bibliografía? ¿Una incoherencia más? ¿Un mero dar gusto a los sacerdotes y demás prisioneros en el campo nazi Stalag 12D, en Tréveris? Lo que me lleva a otra pregunta, para mí esencial. ¿Quién es el hombre para juzgar a otro hombre? Si bien se piensa ser martillo de herejes es una actitud bastante irracional. Este delicado libro –Barioná–, por sí solo, justifica una vida y una obra, es una completa redención. Hacía tiempo que yo no leía un texto literario tan profundamente religioso, tan desconcertante, tan verdadero. Y la trayectoria posterior de su autor hace que el misterio sea todavía mayor. Todo un oasis espiritual al que tal vez volviera el autor de La náusea de cuando en cuando. Como nosotros a partir de ahora.

Se la podría considerar una obra teatral casi desconocida, pero el silencio no ha podido con ella (gracias, entre otros, a José Ángel Agejas, Pablo Cervera y Álex Rosal). Aunque a Barioná hiciera referencia Bernard-Henri Lévy en su libro El siglo de Sartre (Ediciones B, 2001). Lévy reconoce que hay un antes y un después tras esta obra, un cambio, una mutación. Las claves son las que serán quicio de todo lo que vendrá más tarde: el ansia de una libertad radical, y el anhelo de una esperanza que al hombre se le escapa. En mi modesta opinión esto último será precisamente el núcleo de este magistral y clásico Misterio de Navidad. Barioná lo dirá muy claro, y el coro de ancianos lo remarca: "¡La mayor locura del mundo es la esperanza!". Barioná es el mismo Sartre –un zelote existencialista–, y el personaje Baltasar (que paradójicamente fue el que él interpretara en la función habida en el campo nazi) es su contrapunto creyente.

Habla Baltasar: "Barioná, tú sufres. [Barioná se encoge de hombros.] Sufres y, sin embargo, tu deber es esperar. Tu deber de hombre. Cristo ha bajado a la tierra por ti". Por favor, pónganse en situación, intenten imaginar a Jean-Paul Sartre –el blasfemo, el ateo– pronunciando estas palabras, reflexionando sobre cada una de ellas. Sí, la obra alcanza en ocasiones el valor de un diálogo socrático con una carga lírica extraordinaria (himno y salmodia), pero sobre todo es una desgarrada oración, un querer creer en ese Dios-hombre al que volvió la espalda el resto de su vida. O quizá no. Porque nadie que escribe algo así permanece por siempre indiferente, como tampoco permanecerá indiferente ningún lector.

Benny Levy, secretario de Sartre desde 1974, decía de él: "Hay un interrogante al que permaneció fiel toda su vida: «¿Qué es el hombre?»". Y en una entrevista con Jorge Semprún (Cuadernos de Ruedo Ibérico, nº3, 1965), Sartre manifestaba claramente que "la filosofía es el hombre". El hombre, el hombre, el hombre. El hombre que añora una felicidad eterna, el hombre que rasga el tupido velo de lo visible con el cálamo de su escritura, que puede fuera su esperanza. El hombre es lo que espera. ¿Y qué es lo que esperaba Sartre? ¿Una revolución marxista, un humanismo existencialista, una cosmovisión materialista? Pienso que más allá de esos espejismos, esperaba la esperanza. Y Barioná, el hijo del trueno es un indicio de ello.

Un libro que es perfecto para regalar y leer durante estas fechas navideñas. Un deleite para el alma, como toda verdadera literatura.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 11 de diciembre de 2004

 

 

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