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"Barioná, el hijo del trueno" (Voz de Papel)
Uno
de los autores más anticristianos del siglo XX nos sorprende con su
primera obra teatral, un clásico Misterio de la Navidad escrito en un
campo de concentración.
Aunque a lo largo de la vida de Jean-Paul Sartre (París, 1905-1980) la
mentira alcanzó un grado de alucinación intelectual colectiva evidente
–recuerden por ejemplo cuando dijo que "en la URSS hay total libertad de
crítica"–, su obra posee indudables muestras de genio. Y su prosa es, en
ocasiones, de una extraordinaria factura, capaz de sugestionar hasta lo
inaudito. Esto último es lo que más me atraía a mí del viejo Sartre.
Sobre todo en su obra ¿Qué es la literatura? Pero su atroz
egoísmo vital, su desquiciamiento marxista-existencialista con vocación
de "viajante laicista", su concepción de lo intelectual como poder
omnímodo, y la desmesura de su ateísmo militante, hicieron que siempre
acabara viéndolo como un autor digamos poco de fiar. Por moralmente
deshonesto y por sofista irredento –capaz de casi cualquier cosa por
permanecer en el candelero–, pero también por blasfemo. Lo confieso,
porque ésa y no otra es la verdad.
En primera instancia yo aconsejaría diferenciar en Sartre la persona en
sí de su personaje, de la caricatura que de él y de su obra hicieron los
acontecimientos, al vaivén de modas, fobias y entuertos varios, tan
propensos a la mixtificación. Antony Beevor y Artemis Cooper en su libro
París después de la liberación, 1944-1949 (Crítica) ya señalan el
contraste del carácter sombrío de su filosofía frente a una personalidad
atractiva: "Era siempre el primero en defender una buena causa y ayudar
a los artistas con dificultades". Es un Jano bifronte, capaz de lo mejor
y de lo más vil. ¿Quién diría que el mismo autor de Barioná, el hijo
del trueno (1940) fue capaz de escribir en Comoedia,
publicación colaboracionista con los nazis? También Paul Johnson, en su
imprescindible libro Intelectuales (Ediciones B), desentraña con
sagacidad y equilibrio esta constante y aparente contradicción, que en
tantas ocasiones le hacía caer en la superchería. Charles Moeller lo
señaló igualmente –eso sí, con más calado literario y teológico–, en su
nunca suficientemente apreciada Literatura del siglo XX y
Cristianismo (tomo II, Gredos), obra imprescindible para cualquier
lector que se precie de tal.
Leyendo la obra de Sartre todos podemos constatar su negación de lo
transcendente. Fuera de lo sensible no hay salvación, parece decirnos.
¿Cómo pues integrar una obra como Barioná en su vida, en su
bibliografía? ¿Una incoherencia más? ¿Un mero dar gusto a los sacerdotes
y demás prisioneros en el campo nazi Stalag 12D, en Tréveris? Lo que me
lleva a otra pregunta, para mí esencial. ¿Quién es el hombre para juzgar
a otro hombre? Si bien se piensa ser martillo de herejes es una actitud
bastante irracional. Este delicado libro –Barioná–, por sí solo,
justifica una vida y una obra, es una completa redención. Hacía tiempo
que yo no leía un texto literario tan profundamente religioso, tan
desconcertante, tan verdadero. Y la trayectoria posterior de su autor
hace que el misterio sea todavía mayor. Todo un oasis espiritual al que
tal vez volviera el autor de La náusea de cuando en cuando. Como
nosotros a partir de ahora.
Se la podría considerar una obra teatral casi desconocida, pero el
silencio no ha podido con ella (gracias, entre otros, a José Ángel
Agejas, Pablo Cervera y Álex Rosal). Aunque a Barioná hiciera
referencia Bernard-Henri Lévy en su libro El siglo de Sartre
(Ediciones B, 2001). Lévy reconoce que hay un antes y un después tras
esta obra, un cambio, una mutación. Las claves son las que serán quicio
de todo lo que vendrá más tarde: el ansia de una libertad radical, y el
anhelo de una esperanza que al hombre se le escapa. En mi modesta
opinión esto último será precisamente el núcleo de este magistral y
clásico Misterio de Navidad. Barioná lo dirá muy claro, y el coro de
ancianos lo remarca: "¡La mayor locura del mundo es la esperanza!".
Barioná es el mismo Sartre –un zelote existencialista–, y el personaje
Baltasar (que paradójicamente fue el que él interpretara en la función
habida en el campo nazi) es su contrapunto creyente.
Habla Baltasar: "Barioná, tú sufres. [Barioná se encoge de hombros.]
Sufres y, sin embargo, tu deber es esperar. Tu deber de hombre. Cristo
ha bajado a la tierra por ti". Por favor, pónganse en situación,
intenten imaginar a Jean-Paul Sartre –el blasfemo, el ateo– pronunciando
estas palabras, reflexionando sobre cada una de ellas. Sí, la obra
alcanza en ocasiones el valor de un diálogo socrático con una carga
lírica extraordinaria (himno y salmodia), pero sobre todo es una
desgarrada oración, un querer creer en ese Dios-hombre al que volvió la
espalda el resto de su vida. O quizá no. Porque nadie que escribe algo
así permanece por siempre indiferente, como tampoco permanecerá
indiferente ningún lector.
Benny Levy, secretario de Sartre desde 1974, decía de él: "Hay un
interrogante al que permaneció fiel toda su vida: «¿Qué es el hombre?»".
Y en una entrevista con Jorge Semprún (Cuadernos de Ruedo Ibérico,
nº3, 1965), Sartre manifestaba claramente que "la filosofía es el
hombre". El hombre, el hombre, el hombre. El hombre que añora una
felicidad eterna, el hombre que rasga el tupido velo de lo visible con
el cálamo de su escritura, que puede fuera su esperanza. El hombre es lo
que espera. ¿Y qué es lo que esperaba Sartre? ¿Una revolución marxista,
un humanismo existencialista, una cosmovisión materialista? Pienso que
más allá de esos espejismos, esperaba la esperanza. Y Barioná, el
hijo del trueno es un indicio de ello.
Un libro que es perfecto para regalar y leer durante estas fechas
navideñas. Un deleite para el alma, como toda verdadera literatura.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 11 de diciembre de 2004
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