Escribiendo en cristiano

14 febrero 2005

 

 

Cianuro por compasión


Hay que tener mucho aplomo para darle cianuro a un amigo, por muy disuelto en agua que esté el veneno, o por muy diluido en sentimientos aparentemente sinceros que se produzca el hecho. ¿Desde cuándo matar a alguien es un acto de amor? Aunque el amigo se encuentre en una situación extrema, como era el caso, y fuera el mismo amigo quien le fuera diciendo, paso a paso, las indicaciones suicidas para ello. "Después de que yo beba no me des un beso en los labios", concluyó previsor. En fin, esto es lo que dice que hizo Ramona Maneiro con Ramón Sampedro, su amigo, que en paz descanse, mientras filmaba en vídeo sus últimos momentos, para llevar por el mundo la mala nueva del homicidio por compasión. Lo ha contado en el programa televisivo de Ana Rosa Quintana. En la pantalla, un rótulo me ha parecido casi lo más triste de todo: "Exclusiva". ¿Qué nos está pasando? ¿Desde cuándo un sentimentalismo equívoco está por encima de la vida como valor supremo? Una confusión atroz preside nuestros actos, en un aquelarre relativista de intereses políticos inconfesables que deforman las conciencias hasta el extremo de defender el asesinato –aborto o eutanasia– como un gesto de caridad solidaria. ¡Coño! Y de fondo, ya digo, ese morbo lacrimoso, ese espectáculo mediático-forense que iba diseccionando con mimo el repelús de un acto indigno, contra natura.

Cada persona tiene al menos un don, algo que la perfecciona, distingue y dignifica. A sus familiares y amigos nos toca descubrirlo, con cariño, con amistad profunda. Y si el dolor hace mella en esa persona, todavía será mayor mi cariño, mi dedicación, procurando que descubra en el sufrimiento la fisura sobrenatural de la alegría. Pero lo que no puede ser es que lleguemos al absurdo de creer blanco lo que es negro. El asesinato no es un don precisamente, ni dignifica, distingue o perfecciona. Todo lo contrario. Es un baldón, una desgracia infinita. Y llegado a este punto de la escritura confieso que me he quedado pensativo un buen rato, tentándome las palabras, que es como decir el alma. La vida nunca ha sido fácil para nadie. Siento que muchos miedos zarandean al hombre contemporáneo. Sobre todo el miedo a la muerte, a desaparecer, a no dejar ni rastro. Y el miedo a sufrir. Sin esperanza, sin Dios.

Mientras escuchaba a Ramona –los devaneos de la memoria son inescrutables– me ha venido a la mente aquella entrevista de Jesús Hermida al psiquiatra y escritor Juan Antonio Vallejo-Nágera, poco días antes de que éste muriera a causa de un cáncer de páncreas. Recuerdo como si fuera ahora su serenidad, su optimismo, y la desolación de Hermida, y la de aquellos que estábamos frente al televisor. ¡Menudo guión cinematográfico sería el de su libro póstumo La puerta de la esperanza!

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 12 de enero de 2005

 

 

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