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Dios

Y me quedo mirando fijamente esta palabra con la que nombramos tu
presencia. Tu ahí, arriba, encabezando el texto que voy escribiendo a lo
largo de mi vida. Un texto difuso, variado, enrevesado, nostálgico
tantas veces. Me obsesiona la pulcritud de su estilo, la apariencia, en
detrimento quizá de un contenido más profundo, más sencillo, más azul.
Son palabras que me gustaría configuraran –lo sabes– el sentido de tu
voluntad, y no la nulidad de mis actos. Mientras los años se precipitan
en la luz de la eternidad que me ofreces. Pero cuando escribo, es decir,
cuando respiro, la significación de las cosas toman a veces derroteros
imprevistos. No es que dude de ti, es más bien que dudo de mí, y siento
la indignidad, y cierta angustia color tierra. Comprende que es difícil
encontrar a veces la palabra apropiada para expresar el asombro de tu
misericordia. Y me cuesta escucharte entre tanta habladuría, entre la
espesura de la frágil prosa de mis días, por otra parte tan ordinarios.
Quisiera sentir más nítida tu voz, aunque fuera entre líneas, o en el
susurro de la hierba. Por eso he querido siempre ser poeta, y escribir
en vertical, y auparme sobre la escala de los versos, como una antena
espiritual que fuera capaz de sintonizar las distintas frecuencias de tu
silencio. Porque la poesía no está en los libros.
Garabateo en esta página que me ofrece el tiempo trazos de un lenguaje
que en ocasiones ni yo mismo entiendo. Sí, ya sé que tu alfabeto es
distinto. E intento traducir lo invisible de los innumerables signos que
a cada instante me ofreces, por insignificantes que parezcan. Sobre todo
la sonrisa de mis hijos, o el abrazo de un amigo, o el rumor de la brisa
entre las ramas de los chopos. Y cierro los ojos para ver mejor. Y veo.
O creo ver constelaciones de almas que esperan alivio entre carcajadas
blasfemas y rostros desvencijados por el tedio. Escribo a ciegas,
palpando el misterio con el que me conduces hasta el final de la página,
o de la vida. De cuando en cuando me asomo al balcón de la memoria, y
doy unas voces. Los recuerdos se arremolinan en el corazón, como el
zureo de unas cuantas palomas incandescentes. Pero es cierto, pienso
demasiado en mí. Es lo que hace que no acabe de comprender, afanado en
minúsculas trivialidades que a nada llevan. Y sin darme cuenta estas
líneas rezan por si solas, trenzan un significado que me hace un poco
más feliz de lo que era. Sé que estás aquí, Dios, entre estos exhaustos
fonemas. Y que me lees.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal
Digital el 4 de diciembre de 2004
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