Escribiendo en cristiano

28 marzo 2005

 

 

El Código da Vinci

 


Debo confesar que lo leí en su primera edición. No se lo había dicho a nadie hasta ahora. Y actué como si no lo hubiera leído. He escuchado de todo sobre el libro de marras. Absolutamente de todo. La primera noticia la tuve por un poeta, que me hizo partícipe de su entusiasmo. Pero ya se sabe que los poetas son fácilmente impresionables, y más si son líricos. Después de aquello procuré informarme más a conciencia. Los pareceres de los demás son importantes. Es decir, le dije a mi mujer que leyera algunos pasajes y me dijera su opinión. Su sentido común es apabullante. A la semana tenía sobre la mesa el informe. Escueto y contundente, como es ella. "No pierdas el tiempo en majaderías. No merece ni una línea. Se trata de un montaje descabellado –medias verdades, morbo esotérico y una pizca de escándalo– escrito para ganar dinero y para confundir a la gente". Pensábamos lo mismo. Además, el criterio de mi mujer va a misa. Y ahí se quedó el tema.

Pero no habían pasado muchos días cuando recibí la llamada de una amiga, asimismo dedicada a esforzados menesteres literarios, que me contó el siguiente sucedido. Fue con su familia a Nueva York. Allí les esperaban varios matrimonios, más o menos conocidos, todos norteamericanos. Durante una de esas inverosímiles conversaciones en las que se habla de todo y de nada, una de las mujeres se enteró de que mi amiga y su familia eran nada menos que católicos. Los únicos de los allí presentes. Su extrañeza fue mayúscula, su pasmo gestual tomó proporciones vitriólicas. Sus palabras textuales fueron: "¿Cómo es posible que alguien pueda seguir siendo católico después de haber leído El código da Vinci?". Se trataba de lo que podríamos tipificar como una conversa literaria. Había asimilado todo lo escrito en esta novela como verdad absoluta, como dogma histórico, sin plantearse mucho más. Hasta esos extremos de papanatismo cultural estamos llegando. Gracias a una bochornosa falta de formación y a una publicidad desaforada.

A mí la historia de este libro me recuerda un poco a la de El caballo de Troya, de J.J. Benítez. Se trata de una añagaza de ficción con visos de reportaje periodístico. Es un collage virtual, una fantasía de proporciones golfas. Su verosimilitud se sustenta en la ignorancia del personal, en la pasión por lo retorcido y sesgado, por los secretismos paranoicos. Se comienza despreciando la asignatura de Religión, y se termina adorando cualquier barullo petulante. Lo que son las cosas.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 26 de marzo de 2005


 

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