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El Código da Vinci
Debo confesar que lo leí en su primera edición. No se lo había dicho a
nadie hasta ahora. Y actué como si no lo hubiera leído. He escuchado de
todo sobre el libro de marras. Absolutamente de todo. La primera noticia
la tuve por un poeta, que me hizo partícipe de su entusiasmo. Pero ya se
sabe que los poetas son fácilmente impresionables, y más si son líricos.
Después de aquello procuré informarme más a conciencia. Los pareceres de
los demás son importantes. Es decir, le dije a mi mujer que leyera
algunos pasajes y me dijera su opinión. Su sentido común es apabullante.
A la semana tenía sobre la mesa el informe. Escueto y contundente, como
es ella. "No pierdas el tiempo en majaderías. No merece ni una línea. Se
trata de un montaje descabellado –medias verdades, morbo esotérico y una
pizca de escándalo– escrito para ganar dinero y para confundir a la
gente". Pensábamos lo mismo. Además, el criterio de mi mujer va a misa.
Y ahí se quedó el tema.
Pero no habían pasado muchos días cuando recibí la llamada de una amiga,
asimismo dedicada a esforzados menesteres literarios, que me contó el
siguiente sucedido. Fue con su familia a Nueva York. Allí les esperaban
varios matrimonios, más o menos conocidos, todos norteamericanos.
Durante una de esas inverosímiles conversaciones en las que se habla de
todo y de nada, una de las mujeres se enteró de que mi amiga y su
familia eran nada menos que católicos. Los únicos de los allí presentes.
Su extrañeza fue mayúscula, su pasmo gestual tomó proporciones
vitriólicas. Sus palabras textuales fueron: "¿Cómo es posible que
alguien pueda seguir siendo católico después de haber leído El código
da Vinci?". Se trataba de lo que podríamos tipificar como una
conversa literaria. Había asimilado todo lo escrito en esta novela como
verdad absoluta, como dogma histórico, sin plantearse mucho más. Hasta
esos extremos de papanatismo cultural estamos llegando. Gracias a una
bochornosa falta de formación y a una publicidad desaforada.
A mí la historia de este libro me recuerda un poco a la de El caballo
de Troya, de J.J. Benítez. Se trata de una añagaza de ficción con
visos de reportaje periodístico. Es un collage virtual, una
fantasía de proporciones golfas. Su verosimilitud se sustenta en la
ignorancia del personal, en la pasión por lo retorcido y sesgado, por
los secretismos paranoicos. Se comienza despreciando la asignatura de
Religión, y se termina adorando cualquier barullo petulante. Lo que son
las cosas.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el
26 de
marzo de 2005
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