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El amor al Papa
Es una realidad en personas de todo tipo y condición. Más o menos pías,
e incluso no católicos, o católicos arrebujados más en el capricho que
en la piedad. Desde Juan Pablo II esta cercanía con la figura del Papa,
y el torbellino sobrenatural que la alumbra –sostén de su prestigio
moral–, es sin duda mucho mayor. Es algo auténtico, puro, que para nada
se ha de confundir con el sentimentalismo tetrabrik o con la efímera
conmoción de lo mediático. El verdadero cariño lo es porque el hombre
posee una cualidad a la que llamamos alma, algo que no se puede reducir
a un comentario superficial, a mil documentales televisivos o a la
recurrente estadística. Es como si el amor de los novios se quisiera
fundamentar en el vídeo de la boda (lo cual no deja de ocurrir a veces).
Y las cosas del querer no son así. Digo.
Ahora tenemos nuevo Papa, Benedicto XVI. Un concienzudo alemán, un
intelectual de peso. Y ya, sobre él, se han abalanzado los prejuicios,
las consignas y los estereotipos de rigor. Normal. No todo el mundo
quiere al que hace cabeza en la Iglesia Católica. Al fin y al cabo es el
sucesor de Pedro, el mismo que por humildad pidió ser crucificado cabeza
abajo. Y a él, visto lo visto, le va a ir por un igual. Claro, que a
nadie en su sano juicio se le ocurre decir que vivimos en la dictadura
del relativismo. Por ejemplo. Ni aunque sea cierto. ¿No tiene asesores
que le aconsejen? Mal vamos. Aunque, ¿desde cuándo la verdad es una
cuestión de imagen? Se lo digo yo, va a ir de cabeza. Porque existen
Satanás, y la descortesía, y la forma de vida epicúrea, y la blasfemia,
y la fantasía teológica de algunos, y el toco mocho de la herejía.
El análisis más teológico y entrañable que he oído –o leído– se lo
escuché a mi hijo de seis años. El chaval estaba viendo muy atento el
primer saludo del Papa, sobre mis rodillas. De pronto dijo, con voz casi
inaudible: "¡Qué bien!, ya no estamos solos". Y esas sencillas palabras
pronunciadas por un niño me conmovieron, y me han hecho reflexionar
sobre la entraña de lo vivido durante aquellas intensas jornadas
vaticanas. Porque los hombres trivializamos lo más sagrado con
extraordinaria desenvoltura. En efecto, ya no estamos solos. De eso se
trata. Y sentí la orfandad en la que el hombre se encuentra si Dios no
está en su vida. El vacío de tantas personas que se afanan con el aire.
Pero sobre todo noté la ternura de Dios para con los hombres, el don
inefable de su Amor, que se manifiesta en la poesía cotidiana, en la
única felicidad duradera. Y precisamente el cariño inmediato de tantos
millones de personas a Benedicto XVI tiene su raíz en saber que él es la
convicción palpable de esa divina presencia. Palpable y papable.
Guillermo Urbizu
guilleurbizu@hotmail.com
Publicado en El Semanal Digital el 1 de mayo de 2005
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