Escribiendo en cristiano

18 mayo 2005

 

 

 

El amor al Papa

 


Es una realidad en personas de todo tipo y condición. Más o menos pías, e incluso no católicos, o católicos arrebujados más en el capricho que en la piedad. Desde Juan Pablo II esta cercanía con la figura del Papa, y el torbellino sobrenatural que la alumbra –sostén de su prestigio moral–, es sin duda mucho mayor. Es algo auténtico, puro, que para nada se ha de confundir con el sentimentalismo tetrabrik o con la efímera conmoción de lo mediático. El verdadero cariño lo es porque el hombre posee una cualidad a la que llamamos alma, algo que no se puede reducir a un comentario superficial, a mil documentales televisivos o a la recurrente estadística. Es como si el amor de los novios se quisiera fundamentar en el vídeo de la boda (lo cual no deja de ocurrir a veces). Y las cosas del querer no son así. Digo.


Ahora tenemos nuevo Papa, Benedicto XVI. Un concienzudo alemán, un intelectual de peso. Y ya, sobre él, se han abalanzado los prejuicios, las consignas y los estereotipos de rigor. Normal. No todo el mundo quiere al que hace cabeza en la Iglesia Católica. Al fin y al cabo es el sucesor de Pedro, el mismo que por humildad pidió ser crucificado cabeza abajo. Y a él, visto lo visto, le va a ir por un igual. Claro, que a nadie en su sano juicio se le ocurre decir que vivimos en la dictadura del relativismo. Por ejemplo. Ni aunque sea cierto. ¿No tiene asesores que le aconsejen? Mal vamos. Aunque, ¿desde cuándo la verdad es una cuestión de imagen? Se lo digo yo, va a ir de cabeza. Porque existen Satanás, y la descortesía, y la forma de vida epicúrea, y la blasfemia, y la fantasía teológica de algunos, y el toco mocho de la herejía.


El análisis más teológico y entrañable que he oído –o leído– se lo escuché a mi hijo de seis años. El chaval estaba viendo muy atento el primer saludo del Papa, sobre mis rodillas. De pronto dijo, con voz casi inaudible: "¡Qué bien!, ya no estamos solos". Y esas sencillas palabras pronunciadas por un niño me conmovieron, y me han hecho reflexionar sobre la entraña de lo vivido durante aquellas intensas jornadas vaticanas. Porque los hombres trivializamos lo más sagrado con extraordinaria desenvoltura. En efecto, ya no estamos solos. De eso se trata. Y sentí la orfandad en la que el hombre se encuentra si Dios no está en su vida. El vacío de tantas personas que se afanan con el aire. Pero sobre todo noté la ternura de Dios para con los hombres, el don inefable de su Amor, que se manifiesta en la poesía cotidiana, en la única felicidad duradera. Y precisamente el cariño inmediato de tantos millones de personas a Benedicto XVI tiene su raíz en saber que él es la convicción palpable de esa divina presencia. Palpable y papable.

 

Guillermo Urbizu

guilleurbizu@hotmail.com

Publicado en El Semanal Digital el 1 de mayo de 2005

 

 

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