Escribiendo en cristiano

28 marzo 2005

 

 

Es la guerra, dices

 

 

                                                      A todas las víctimas del terrorismo

 

 

Es la guerra, sí, pero una guerra que te permite conocer compañeros de trinchera extraordinarios, con los que hablas de libros y demás secretos cifrados entre contraataque y contraataque. Con los  que hablas e intimas, e intrigas, y comentas de lo humano y lo divino. Y entre batalla y batalla, entre el barro de los días y la pólvora de las horas, aprendes a gozar sobre todo del corazón humano, del misterio de la vida que sondean como nadie los poetas, convalecientes de lágrimas y belleza. Aprendes a pronunciar mejor la palabra cariño, a demorarte en el significado de un beso, a ser más educado con el odio, o a percibir que el dolor del prójimo es siempre el de uno mismo. Y pasan los lunes, y los chopos, y las noches, y la lluvia. Y acabamos intuyendo que en realidad el tiempo se mide en usos muy distintos a los acostumbrados. Pues son los sueños los que en realidad cronometra su pulso. Cada segundo es el latido de un amor imposible, o el de una visión desesperada de la alegría. O yo que sé que otra dulzura inconcebible. Algunas veces un pecho se abre de par en par a nuestro lado, y nos muestra el desgarro de una luz imprevista. Es la muerte. Y caemos de rodillas, deslumbrados por un puñetazo muy frío. Aspiramos palabras húmedas, mientras masticamos la tierra que es su losa. Es entonces cuando la vida se convierte en hospicio, y parece que el futuro es sólo un cadáver. Pero nos levantamos otra vez, precavidos, agarrándonos al vuelo de unas manos amadas y buscando de madrugada al amigo. Sabemos que está ahí porque escuchamos todavía la respiración de sus recuerdos, la voz y el desconcierto de su pregunta absoluta. “¿No tienes miedo?”. Todo es trepidación a nuestro alrededor, y tristeza, y soledad, y cansancio. Y mi respuesta muda palpó el temblor de mi propia alma. Es complicado dar con las palabras adecuadas. Quizá por eso mismo uno se dé a la lectura. Para aprender a querer, a confiar de nuevo. No, no es posible que el mundo haya dejado de ser infinito. 

 

 

GUILLERMO URBIZU

guilleurbizu@hotmail.com

Heraldo de Aragón, el lunes 21 de marzo.

 

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